Política y sentido común

En la página 83 de Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina, escribe Juan José Becerra: “La verdad es que no me interesa en absoluto defender a Kirchner, que lo defiendan sus abogados o que se defienda solo”.

Política y sentido común
24-08-2026 | 09:20

En la página 83 de Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina, escribe JuanJosé Becerra: “La verdad es que no me interesa en absoluto defender a Kirchner, que lodefiendan sus abogados o que se defienda solo”. Sin embargo, he leído alguna entrevista–e incluso recibido algún comentario en privado de amigos en común– en la que se loacusa de haberse vuelto oficialista (el estado de violencia mediática es tal, que hoy por hoy, serkirchnerista se ha vuelto una acusación). ¿Qué contiene el libro que puede prestarse a esainterpretación? En realidad la pregunta pertinente es la inversa: no qué contiene, sino qué nocontiene, o mejor dicho, qué no hace. ¿Qué no hace Juan José Becerra? Becerra no piensa la políticaen los términos tradicionales, según los cuales “los enemigos de mis enemigos son misamigos”. Esa razón –entre muchas, muchas otras– formó parte del fracaso históricode la izquierda, y sigue formando parte. Veamos un ejemplo, casi del orden del silogismo:“Estados Unidos es mi enemigo. Irán se opone a Estados Unidos. Pues, Irán es mi amigo”.Y allí va la izquierda (o algo que se le parece a ella, que habla en su nombre, qué se yo…) adefender a un régimen teocrático, retrógrado con las mujeres, negacionista, absolutamente carentede cualquier deseo de igualdad social, tan sólo por la aplicación dogmática del silogismo. Becerra,en cambio, se detiene en ese momento en que el pensamiento se vuelve negativo. No da jamás esesalto, el pasaje a un alineamiento con el enemigo del enemigo. Y si el libro pudo ser leído comokirchnerista es porque aquel que lo lee así pertenece también a la ortodoxia política, alsilogismo, a la falta de sutileza en la interpretación.

¿De qué habla Patriotas? De algunos enemigos de Kirchner. Allí están el Rabino Bergman, JoaquínMorales Solá, Alfredo De Angeli, Marcos Aguinis, y varios más. La prosa de Becerra, como decostumbre, es elegante, inteligente, irónica. Su mirada es crítica, pero nunca despiadada(despiadados son justamente ellos, los discursos reales de los personajes de los que se ocupa ellibro). Para muchos, que Kirchner haya acumulado semejante galería de enemigos podría señalarsecomo su gran mérito. Algo bueno habrá hecho. Pero a Becerra no le importa tanto esa línea, porquesu objeto de admiración no sólo no es Kirchner, sino que podría decirse que a Becerra Kirchner leresulta casi indiferente. Y entonces el interés del libro reside, como ya ha sido dicho,precisamente en instalarse en esa negatividad. En el riesgo de criticar al enemigo del enemigo, sinhacerse amigo de nadie.

De hecho, Becerra casi nunca utiliza la palabra “derecha”, término tan usado en ellenguaje de los intelectuales que piensan con relativa simpatía hacia el gobierno (losintelectuales que son “acusados” de ser oficialistas). Y si no utiliza esa categoría–me atrevo a señalar yo, ya que él no lo enuncia– es porque quizás sea difícil entenderqué no tiene de derecha, por dar un ejemplo, De Vido, y qué hace que Alberto Fernández antes no loera y ahora se haya vuelto de derecha. Para rebatir esas preguntas, podría decirse que lo quevuelve una política de derecha no son los nombres, sino los actos, las políticas concretas, laestrategia general de un gobierno. Pues: ¿El kirchernismo es progresista? ¿Es de derecha? Becerra–más hábil que yo– se ahorra esas preguntas metafísicas, y discute no con la derechasino con el “sentido común”, siguiendo la confesión del Rabino Bergman, proferida en elprograma de Nelson Castro luego de una movilización a Plaza de Mayo, en la que oró por una nacióncon más seguridad: “somos los voceros de sentido común”. Nada más lejos de la reflexiónque el sentido común, responde Becerra, con la misma razón que recorre el resto del libro.

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