Las elecciones de 2009 produjeron un cambio en el comportamiento del Congreso, sobre todo en laCámara de Diputados. Asumidos los nuevos legisladores, en diciembre se formó una nueva mayoría, el“Grupo A”, que tomó control de las comisiones a partir de una alianza entre bloquesmedianos y pequeños. En una primera etapa, esta experiencia resultó mal, porque la audacia de lajugada creó una expectativa social de poder que los opositores coaligados luego no pudieronrespaldar. Más bien, se los vio descoordinados, rejuntados y sin libreto. No fue casual que, apartir de ese momento, la imagen de los Kirchner comenzara a recuperarse.
Pero los bloques opositores fueron acumulando horas de vuelo y desarrollando una práctica devinculación que no debe subestimarse.
El ahora minoritario Frente para la Victoria y sus aliados conforman un interbloque cohesionadoy alineado con las directivas. El Grupo A, por su parte, tuvo que escribir su protocolo defuncionamiento interno. Y desde ese lugar, se fueron sellando los ligamentos de un conjuntoheterogéneo de partidos que, por necesidad y por aprendizaje de los fracasos históricos (léaseAlianza), realiza un experimento novedoso.
Si el futuro presidente surge de la actual oposición, el Congreso parece condenado a tener unprotagonismo mayor al que nos hemos acostumbrado desde 1983. En primer lugar, porque el Congreso seconvirtió en una fuente de legitimidad para la oposición. Ideológicamente, viene siendo ensalzadopara los opositores “republicanos” que hicieron del presidencialismo kirchnerista unblanco privilegiado de crítica. El consenso deliberativo y los acuerdos parlamentarios sonpresentados, más allá de sus contenidos, como fines en sí mismos. Desde la creación del Grupo A, laoposición quedó comprometida con un reposicionamiento del Congreso en el juego político; unpresidente opositor que pretenda gobernar de espaldas a él perdería credibilidad.
A ello habría que agregar que, más allá de la reivindicación ideológica del Congreso que hanhecho los referentes opositores en estos años –casi todos ellos desde el Legislativo,incluido Cobos como presidente del Senado–, la experiencia aglutinadora que significó elCongreso en este período hizo de él un ámbito casi fundacional de la “oposiciónpolítica” que hoy conocemos.
Por el otro, todo indica que cualquier presidente a partir de 2011 no controlará el Congreso através de su partido, y esto se aplica especialmente a las hipótesis presidenciables no peronistas.El sistema partidario seguirá fragmentado y ello volverá a reflejarse en la composición de lasCámaras. El bloque mayoritario del próximo período seguramente volverá a ser un interbloque quetomará la experiencia del actual Grupo A como modelo. Y este escenario se dará con una presidenciacon menos atribuciones por el trabajo de la oposición antikirchnerista, que busca limitar su poderpresupuestario, sus facultades delegadas y la legislación de emergencia.
La Argentina seguirá con un sistema de gobierno presidencialista y, frente a las crisis, elpresidente tendrá como alternativas un amplio conjunto de facultades. Para el peronismo, que siguey seguirá reivindicando este modelo institucional, nada habrá cambiado. Pero la oposición noperonista se comprometió con un congresismo que impone límites de diversa índole–institucionales, políticos, culturales– a la presidencia que aspira a ocupar. En esecongresismo también reside su fuerza, porque es un valor que la une y que necesitará para loscomplejos procesos de negociación parlamentaria que afrontará si gana las eleccionespresidenciales. Todo esto está por verse: la memoria plástica del presidencialismo siempre es másfuerte.
*Director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidadde Belgrano.




