El conflicto con el campo instalado a partir de la Resolución 125 y, particularmente, el voto deesa norma en el Congreso el año pasado aceleraron un proceso que ya estaba gestándose latentementeal interior de la coalición oficialista: desacuerdos fundamentales, de fondo y de forma, setradujeron en un paulatino desgranamiento de miembros de la coalición. Dirigentes de distintosgrupos políticos que integraban la coalición comenzaron a emigrar a otros espacios. El problema delagro precipitó la partida de una gran parte de los radicales K, de justicialistas que apoyaron aKirchner desde un principio pero fueron marcando esos desacuerdos posteriormente, de justicialistasmás independientes que –en muchos casos, por razones tácticas antes que por sintonía profundacon Kirchner– también le habían dado su apoyo y, finalmente, se fueron además algunosultrakirchneristas de la primera hora. También se alejaron, pero por diferentes razones, algunossocios de la coalición que sostenían posturas más de izquierda.
En aquella votación en el Senado cupo a Julio Cleto Cobos –ciertamente, sin que él lohubiese buscado– el papel del votante marginalmente decisivo. Es posible que la historia nosería la que fue si la votación en el Senado se hubiera definido sin necesidad del desempate. Eltema sobre el cual el Senado estaba empatado era importante para la sociedad argentina. Eso, y sóloeso, catapultó a Cobos al estrellato. Antes de ese día, el perfil de Cobos era más bien bajo y suimagen pública no particularmente destacada; en las encuestas de opinión, su imagen medía pordebajo del 20 por ciento, y aquellos hechos lo llevaron a una aprobación del orden del 70 porciento. Ahora bien, no hay duda de que para que un hecho puntual produzca un efecto de tal magnitudes necesario, además, que exista en la sociedad un vacío. El lugar existía, había un vacío en lasdemandas insatisfechas de la sociedad y Cobos lo ocupó. Lo que Cobos representa hoy en la políticaargentina es el producto de una circunstancia hasta cierto punto fortuita, sumado a una demandainsatisfecha de cierto tipo de liderazgos.
En aquel momento, dirigentes opositores ya había, tanto como hoy. La demanda de liderazgosopositores no era mayor que hoy; era más bien menor, si se piensa que la imagen positiva delGobierno, al desencadenarse el conflicto en marzo de 2007, estaba en el entorno del 50 por ciento yse encuentra ahora en el entorno del 30. Menos gente demandaba en aquel entonces opcionesalternativas al Gobierno. Lo que se demandaba, antes que más oposición, eran opciones con maticesdiferenciados del Gobierno, porque éste ya estaba declinando en la confianza del público y unhorizonte no feliz ya parecía preanunciarse en el ambiente.
En otras palabras, el vacío que Cobos llenó no era exactamente el de liderazgos opositoressino el de líderes dialoguistas, conciliadores, artífices de consensos. Cobos no es el único en eseespacio. Hay dirigentes que militan en el oficialismo y tienen algunos de esos atributos –porejemplo, Daniel Scioli–; también los tienen algunos que militan en la oposición –porejemplo, Macri–. Pero si Cobos no es el único en ese espacio, sí es el primero. El perfil deatributos de Cobos resulta ser, en las circunstancias actuales, atractivo para mucha gente, porquesuma distintos aspectos todos ellos positivos: no rompió abiertamente con el Gobierno sino que másbien fue expulsado unilateralmente de la coalición en castigo por haber obrado con independencia.También pesa el hecho de que Cobos fuera un kirchnerista radical. Hasta ese momento, el radicalismollamado K recogía casi todo el voto radical del país. Contra lo que predicaban –y todavíapredican en alguna medida– dirigentes radicales que no adhirieron al proyecto de Kirchner ydirigentes de otros diversos grupos opositores, la sociedad argentina no veía mal, sino en todocaso bien, que miembros de un partido no afín a un Gobierno lo apoyen cuando éste encarna unaoportunidad de cambios. Cobos, por su apoyo a Kirchner, fue expulsado de su partido, y eso, lejosde dañar la imagen pública de Cobos, hizo mal a la imagen del partido. Que luego el Gobierno loexpulsase de su coalición sólo por haber procedido de acuerdo con sus principios nuevamente fue afavor de la imagen de Cobos, no de la del Gobierno ni de la del partido radical.
Lo cierto es que Julio Cobos pasó hace un año al primer rango entre los dirigentes que estánexpresando la posibilidad de un liderazgo político sustentado en el diálogo y la búsqueda desíntesis. Y ahí sigue estando, hasta ahora.
Si Cobos persiste en su actitud dialoguista y no conflictiva, sus mayores competidores entérminos de un perfil de liderazgos políticos nacionales con proyección presidencial no serán losdirigentes de los espacios confrontativos, ya sean estos del oficialismo o de la oposición; seránotros dirigentes que hoy ocupan el espacio de la moderación donde él se situó. Para mencionar aalgunos de ellos, hay quienes siguen en el oficialismo –por ejemplo, Scioli–, otros quenunca estuvieron –como Macri– y otros que estuvieron y dejaron de estar–Reutemann, Solá, Schiaretti, Binner, muchos radicales K–.
La ventaja de Cobos es su índice de aceptación más alto en la opinión pública. Es una ventajaque puede desaparecer súbitamente, de la noche a la mañana; requiere un trabajo permanente para sersostenida en el tiempo.
¿Lo favorece no ser candidato en esta extraña elección legislativa de 2009? Difícilevaluarlo, hay pros y contras. Correr en esta carrera en cancha embarrada y en un contexto donde laoferta es tan desordenada y la demanda tan vaga posiblemente lleva al desgaste a los dirigentes ycandidatos. Estos tienen que hacer campaña electoral para instalarse en la ciudadanía y, a la vez,tienen que lidiar con sus adversarios, que –como es obvio– procuran desgastarlos, perotienen que lidiar también con sus aliados o potenciales aliados –esos a los que cabe el viejoadagio “líbrame, Señor, de mis amigos...”–. Promover y consolidar alianzas enmedio de continuas peleas que sorprendentemente se ventilan en los medios de prensa y no en ámbitosreservados de deliberación, candidatearse y descandidatearse día tras día, decidir esas cosas comosi fueran asuntos personales, casi íntimos, y no decisiones estratégicas que comprometen a muchos,pelearse unos y otros por las candidaturas, todo eso confunde a la ciudadanía mucho más de lo quela orienta. Lo esperable es que esas cosas desgasten a cualquiera. Cobos no está en esa situación.En Mendoza protagonizó un acuerdo electoral con su antiguo partido que se concretó rápida ysimplemente. Ahora, el hombre espera que la UCR decida qué quiere hacer con él –y denota quelo espera tranquilo–.
El radicalismo oscila entre distintas posibilidades. Una es aceptarlo de regreso como al hijopródigo. Otra es aceptarlo refunfuñando, como se recibe al hijo que partió sin permiso, se portómal y vuelve al hogar. Otra es no aceptarlo y tratarlo como a un aliado externo, sin amor. Como laopción, y la discusión que lleva a ella, es de los radicales, a Cobos esa espera no parece estardesgastándolo. A los ojos del público, hoy, él no necesita a su partido, es el partido el que lonecesita a él.
Cobos, por lo tanto, no sufre el desgaste de la competencia electoral presente. Lo que podríadesgastarlo es la ausencia en estas lides. Por ahora, de algún modo campea como el héroe de unaguerra que ya pasó y es tratado como tal por las poblaciones que quieren más paz, menos batallas ymás dirigentes que se no engolosinen con sus triunfos marciales. Cobos da con ese perfil. Pero, apartir de ahí, debe enfrentar el riesgo de mantenerse en un primer plano en la vida pública delpaís sin ser candidato, cuando algunos de los otros lo son y otros están ejerciendo funcionesejecutivas en sus respectivos gobiernos locales. La exigencia que se le presenta es dura: deberevalidar continuamente el lugar que alcanzó en esa oportunidad única que él supo aprovechar.
La sociedad acepta símbolos y testimonios tanto como acepta ofertas programáticas ypropuestas sustantivas. No hay un único camino para llegar a instalarse en el lugar de larepresentación genuina de sectores de la ciudadanía. El problema crítico para Cobos no es cuánconsistentes o vagas, o hasta desconocidas, son sus propuestas, o cuánto sus atributos de liderazgoson meros destellos fugaces. Esos aspectos son riesgos ciertos, porque cabe esperar que tarde otemprano la ciudadanía demande propuestas sustantivos y no tan sólo símbolos. Pero hay un problemamayor, que es el desafío de todo mercado: cómo hace alguien que dispone de una oferta paraposicionarse –posicionar lo que está ofreciendo– en el lugar que los demandantesesperan, y consolidarse en ese lugar. Esas cosas no dependen de los oferentes, dependen de loscompradores, de sus percepciones. Julio Cobos tiene el desafío de entender a su público en estostiempos difíciles y cambiantes, y tiene que descubrir los caminos para ofrecer las respuestas.Otros competidores están en esa carrera. Julio Cobos no es un general enfurecido, y eso cae bien.Por el lugar donde se encontraba cuando se destacó ante la opinión pública, bien podía ni siquierahaber sido un general de la política. Hoy es más bien un general pacífico, tal vez podría ser unpacificador. O podría, al cabo de estos procesos políticos enrevesados que sobrevuelan a lasociedad argentina, terminar cayendo en la irrelevancia.
Sabemos, sí, que está demandando la sociedad. Sabemos quiénes parecen ser, en esta hora, losdirigentes políticos con los atributos más adecuados para responder a esas demandas.
Hay algo más que algunos creemos saber pero acerca de lo cual no todos los argentinos estánconvencidos: para que esa oferta política se torne sustentable y se transforme en una opción ciertade gobernabilidad y liderazgos para una masa significativa de la población, hace falta unaestructura organizada. Siempre existe la idea de que ese tipo de estructura es sustituible porliderazgos personalistas y por comunicación televisiva.
La realidad parece desmentir esa idea. Si esto es así, Cobos necesita la estructura. Si laencuentra en su antiguo partido, deberá avenirse a convivir y conciliar con otros dirigentes. Asíeran las cosas cuando los partidos pesaban en la política nacional, y así es bueno que sean paraque la política se despoje en alguna medida del mesianismo que hoy la aqueja y recupere lacapacidad de representación democrática de la ciudadanía.
No está dicho que haya un solo camino, pero se advierte un desafío mayúsculo para dirigentescomo lo es hoy para el país Julio Cobos: no se trata solamente de descubrir las oportunidades queel destino a veces ofrece, además hay que construir laboriosamente un vínculo productivo entre ellugar de la práctica de la política y la sociedad, que, a la vez que la demanda y la necesita, lasustenta. Cuando la gente sale a las calles enarbolando el mensaje de mejor institucionalidad–como ocurrió hace pocos días con la muerte de Raúl Alfonsín– está señalando que algode eso le está faltando a la sociedad.
*Sociólogo.





