Si robar es quedarse con lo ajeno, ¿a quién pretendieron robar los cacos el cartel de Auschwitz,que la policía polaca acaba de encontrar desguazado en tres para el envío? ¿Vale la penarestaurarlo? ¿Se trata de una preciosa obra de arte? ¿Es patrimonio?
Ni Adorno ni Benjamin vienen a mi ayuda.
Este pedazo de hierro forjado en el que se lee “Arbeit macht frei” (“Eltrabajo os hará libres”) y que cuelga en la entrada del campo de exterminio más emblemáticodel nazismo ha querido convertirse –con el tiempo y la sombría imaginación de los turistas deAuschwitz– en la mejor ironía de Hitler y sus secuaces, diseñadores tan tenaces y cultorestan consecuentes de la muerte que siguen despertando fanatismos. Los chorros parecen haberdescubierto lo evidente: que el cartel tiene un valor como producto (único e irrepetible) quesupera cualquier ñoña teoría de la representación. ¿Sería un potencial coleccionista comprador tanpsicópata o tan pro-nazi como pretende el sentido común? Después de todo, la pieza robada seconvierte para siempre y para todos en objeto dilecto de la contemplación, artefacto y gestor de lainacabable curiosidad del ojo.
La historia verdadera del robo resultó no ser la mejor de las historias posibles, todasbarajadas esta semana. ¿O sí? ¿No es ésta la historia de un robo que, como cruel fábricapostmarxista, transforma en objeto de deseo, en mercancía pura, lo que antes era paisaje, cartel,hierro oxidado? Tal vez ya nació como lo que es ahora: tótem, antena, capaz de conjugar, simbolizarun tema tan ajeno a la comprensión humana que no cabe en las palabras, pero sí en un pedazo dehierro forjado, retorcido, y –ahora– rubricado por el acto final del deseo consumista:el robo. Un objeto ya jodidamente eterno.




