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¿Querés ser mi mecenas?

Hace una semana, mi colega mexicano Edgar Chías contó en Berlín una historia asombrosa de un premio que le iban a dar pero le retiraron porque el tema de su obra (la convivencia con la violencia del narcotráfico) era demasiado fuerte como para ser avalado por un gobierno que “estaría tratando de lidiar con el problema”.

24-08-2026 | 10:00

Hace una semana, mi colega mexicano Edgar Chías contó en Berlín una historia asombrosa de unpremio que le iban a dar pero le retiraron porque el tema de su obra (la convivencia con laviolencia del narcotráfico) era demasiado fuerte como para ser avalado por un gobierno que“estaría tratando de lidiar con el problema”. Chías confiesa que ha vuelto en su teatro(contra toda moda) a temas sociales, porque el tratamiento que les dan los medios masivos es muydistorsivo. La puesta en escena de la violencia (su puesta en noticia) tiene para Chías el aspectode un oasis de distanciamiento: lo que se muestra, justamente por compartir los formatos de latevé, les estaría pasando a otros, a personas que sólo viven en la ficción de la TV, y no a loscorpóreos vecinos de –digamos– Tlatelolco.
Ahora voy a mi caso, de puro resentido: me presenté (como muchos colegas porteños) a la Leyde Mecenazgo para montar una obra. La ley prometía garantías: si tu proyecto es de interés, elGobierno porteño te aprueba, te abre cuenta en el Banco Ciudad, y ahí empezás a buscar empresas quete patrocinen. Con un porcentaje irrisorio de sus impuestos, estos mecenas garantizarían que laesquiva danza sobreviva, o que el teatro dé algún rédito en billete, todos asuntos en los que elEstado (en país pobre) estaría naufragando.
Pues me pasó un poco lo de Chías, con alguna variante escabrosa. Me dijeron que mi proyectoes de alto interés cultural. Pero un jurado (cuyo nombre –desde ahora asqueroso– mereservo) adujo que yo era muy reconocido y que podía solicitar plata afuera, y por otros medios.Tal vez muchos piensen así. Agradezco el reconocimiento. Los teatros estatales, que siempre me handado poca bola, admiten así cálidamente la verdadera lógica de su desinterés: mis obras no sonmalas; así que –por ello mismo– puedo hacérmelas financiar sin ellos. ¿Para qué va agastar el Estado su plata en obras buenas, si ya sabe que los buenos van a producir igual? Yotiendo a pensar modesta y tenazmente que mis obras son buenas: ¡gracias por estar de acuerdo!
Se deliberó un poco. Algunos promotores de la ley (cuyo espíritu era producir cultura en estaciudad, y no en otras) renunciaron ante la contradicción en este fallo. Me ofrecieron una soluciónincomprensible: el 60% de lo que necesito. Y endeudarme como pueda con el resto, total, ¡seguro quesoy famoso y lo consigo en Suiza! Una costumbre que –con la coartada de repartir lomagro– repiten el INT o Proteatro. Acá, el Estado no me daría un solo peso, sino que mehabilita a mendigar en su nombre y con mi firma a empresas petroleras o quioscos de barrio. ¿Seráasí esta ley? ¿Es mejorable? Por ahora, nobleza obliga: el ministro me acaba de ofrecer otroplan para esta obra.
No hacía falta que Mecenazgo me aclarara que en Berna se paga mejor por un Spregelburd; yo yalo sabía. Lo que pasa es que –caprichoso– tenía ganas de estrenar acá, que me encanta.Igual las ganas –como el enojo– se me pasan rápido. No me quejo más. Agradezco muchoeste premio y los consejitos financieros. Y le guiño un ojo cómplice al amigo Chías.

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