Permítaseme recordar aquellas sabias palabras de Fernando Savater a propósito del que a sujuicio debía ser el comportamiento ideal del público ante la entrega del Nobel de Literatura:“No le leído ni una puñetera línea de X, no me siento particularmente disminuido por eso y nopienso leerlo ni aunque le den un Nobel dos veces por semana”. Para el caso de Vargas Llosala cita es anacrónica y sobre todo mentirosa, porque lo he leído y disfrutado y, como si eso fuerapoco, si le dieran un Nobel dos veces por semana no me sentiría particularmente feliz pero tampocome daría igual. Cabe suponer que un escritor en pleno ejercicio de sus facultades intelectuales, yen tanto y en cuanto goza de su máquina de detectar mierda (escrita) en perfecto estado defuncionamiento, puede seguir escribiendo ahora sin la necesidad imperiosa de publicar artículos odictar cursos y seminarios en universidades ignotas para ganarse el puchero. Desconozco la economíapersonal del señor Vargas Llosa, pero quiero creer que sus problemas se han acabado y que a partirde ahora su vida entera, cada minuto de su existencia, estará dedicada a prodigarnos placeresinsospechados, personajes encantadores y aventuras inigualables.
Porque ¿qué otra razón podría llevarme a sentir algún tipo de orgullo por el premio que acabande otorgarle? Suelo considerar al Premio Nobel de lo que sea como una ventana al otro lado, al másallá o al más acá, pero en cualquier caso del otro lado. Permanecí incólume cuando el año pasado selo llevó Herta Müller, la peor escritora de lengua germana que recuerdo haber leído en muchos años;me sentí de algún modo retribuido cuando lo obtuvo poco antes Jean-Marie Le Clézio, alguien porquien hubiera apostado mi fortuna en juventud, y reconozco haber experimentado cierta satisfaccióncuando se lo dieron a Dario Fo, por la sencilla razón que lo amo, y haber creído que existía lajusticia cuando se alzó con el cetro Claude Simon. Pero en el caso de Mario Vargas Llosa, auncorriendo el riesgo de pasar por pedante, debo confesar que no era necesario.
¿Y cuándo fue necesario? Bueno, hubo casos en que el Nobel de Literatura tuvo el efecto de unaexplosión benéfica, como cuando se lo llevó Joseph Brodsky, o como cuando permitió que empezara acircular y sonar el nombre de una poeta polaca que hasta ese día bendito era absolutamentedesconocida por mí: Wislawa Szymborska. Pero no hay que ser egoísta y ampliar el campo de visión.Tal vez Vargas Llosa sea, para muchos lectores europeos o australianos que aún confunden Brasil conla Argentina, un descubrimiento inolvidable.
Además tengo una pequeña deuda con Vargas Llosa. Cuando a comienzos de los 90 trabajaba enMilán, de ayudante de cocina en un restaurante mexicano, un camarero, rumiando cierta sospecha,vino a preguntarme si Vargas Llosa era argentino. Le dije que no, que era peruano. “Hay unitaliano en aquella mesa que dice que es argentino.” Me lavé las manos y fui a hablar con él.Estaba tan convencido de lo que decía que apostó dinero, mucho dinero. Y gané la apuesta. Siemprequise agradecerte por eso, querido Mario.




