Yo no sé si seré un iluso, me dice. Sus ojos, atravesados por una pátina acuo-sa apenasperceptible, me sostienen fijamente la mirada. ¿Por qué iluso? me le atrevo, y levanto la voz,quizá porque la de él suena ya un poco apagada, aunque todavía vigorosa.
Me dice que ignora ser, con respecto a ciertos deseos, “un hombre especial”. Devuelta, le digo: ¿pero por qué? Porque yo no le deseo que le vaya mal al Gobierno, porque si le vamal al Gobierno, le va mal al país, replica y me deja mudo.
A él, en cambio, sí le desearon, y mucho, que le fuera mal, pero incluso en la derrotaaparente, en el repliegue, al margen de la escena protagonizada por victoriosos arrogantes, élsabía que luego del dolor, sería escuchado. Y lo que se vio esta semana, lo que yo mismo pudeverificar en los rostros de esos millares de desconsolados compatriotas huérfanos e inconsolables,fue redescubrir que la historia y las vidas tienen secretos y sorpresas insondables, puertas que seabren imprevistamente y llevan a senderos imprevisibles.
Como en 1983, de nuevo pareció que ahora sucedía lo que nadie había previsto y que este paísya no sería igual, luego del océano de lágrimas con que fue despedido y amado Raúl Alfonsín esteabril de 2009. En ese último reportaje, que se vuelve a publicar hoy en este mismo diario, que melo pidió cuando ya sabíamos que el ex presidente no se recuperaría de su enfermedad, Alfonsín hizoalgo que me conmovió, más todavía de lo habitual. Le pidió a Margarita Ronco que yo pasara a sudormitorio y la entrevista me la dio desde su cama.
Le confié que, abajo, en la puerta, me esperaba el fotógrafo de PERFIL, pero que, la verdad,haríamos como a él le pareciera y me dijo, no, por favor, fotos hoy no. Claro, respondí,naturalmente. Me acerqué más a él, con mi silla muy pegada a la cama, advertí el importante rosarioque pendía del cabezal de la cama, encendí mi grabador y comenzamos a conversar. Fue la última vez.Hace pocos días le hice llegar mi nuevo libro y tuvo el enorme gesto de agradecérmelo de inmediato,de su puño y letra, cuando le quedaban menos de dos semanas de vida. El mensaje me lo sé de memoriay me llegó por mail. Estaba fechado el miércoles 18 de marzo a las 13.45: “Querido Pepe:Muchas gracias por su libro. Está en mi segunda mesa de noche, la otra con los elementos necesariosa mi circunstancia. En cuanto tenga más ánimo, prometo que será el primero que lea. Y gracias enparticular por la dedicatoria. Un abrazo muy grande, Raúl”.
“Mi circunstancia”, así llamaba él, con ironía, finura y entereza, a su largaagonía, a la que encaraba con esa espontánea tozudez que fue su marca propia.
Una vez subrayadas las gigantescas diferencias de escala entre el estadista mundial y elcronista que firma esto, me gusta decir que estuvimos juntos desde y en la indigencia. Nunca meofreció nada. Nunca le pedí nada. Jamás entré a la Quinta de Olivos, ni con él, ni con nadie.
Lo conocí personalmente, cuando la agria intemperie argentina lo había convertido en unparia, en aquellos meses duros e inclementes que van de mediados de 1989 a fines de 1990, cuandoMenem iniciaba su larga década. Por eso, su bonhomía generosa, su predisposición para respetar mismercuriales críticas de los años ochenta, me regocijaban especialmente.
Me acompañó en las presentaciones de mis libros, en el casamiento de uno de mis hijos, ollamándome, como cuando arreció el huracán de la venganza oficial. Era dueño de un vozarróninconfundible y a la vez entrañable. Imposible no sentirse cobijado y ennoblecido al lado suyo.Desde esos hoy remotos días de hace veinte años, hasta esta semana de muerte y gloria póstuma, meimpresiona y alucina advertir ese encuentro misterioso y único, esa combinación fenomenal.Apasionado y enfático, Alfonsín nunca dejó de ser expresión profunda del ánimo componedor.
Cuando compartía con él mis acritudes ante la soberbia revanchista del kirchnerismo, dealguna manera se las ingeniaba para llevarme por senderos de razonamiento más amplio y menosvirulento. Desde luego, le daba mucha bronca que voces que él quería fuesen silenciadas, pero noles daría el gusto de enojarse a los autoritarios, que no le permitieron entrar el 28 de junio de2006 a la Casa Rosada de Kirchner para homenajear a Illia, a 40 años de su derrocamiento. Meconsternaba cuando él no ocultaba sus profundas angustias. Un día antes de que Fernando de la Rúanombrara ministro a Cavallo, Alfonsín vino a mi programa en Radio Nacional. Estaba desolado. Perome lo dijo al oído, cuando se iba del estudio, luego de la entrevista. Es cierto, él cultivaba ladiscreción y las maneras contenidas. Todo en él lo llevaba a proteger sus opiniones y movimientospor temor a hacer daño. También es posible que haya sido, quizá sin proponérselo, una de esaspersonalidades singulares que encaran causas en solitario y recién después las explican. Es posibleque estas maneras contradigan el evangelio democrático, pero quienes desde la izquierda lerecriminaron esos rasgos, los admiraron en condottieri y comandantes guerrilleros que nuncaconsultaron nada con nadie para tomar decisiones centrales. Pude alguna vez decirle que, porrazones generacionales, yo no padecía como una carga obsesionante el temor de ser llamado gorila,porque no me consideraba radical. Yo pasé brevemente por ahí en los setenta, doctor, en la Jotapé,le explicaba, no me convenza de algo en lo que no siento culpa. Y, sin pausas, arremetía con mimirada más dura y dolida por los abusos y los desplantes de ese peronismo que él conocía y habíasufrido, pero en el que privilegiaba lo social, para aventar los fantasmas de la desunión nacional.Ante dirigentes políticos nacionales manifiestamente iletrados, toscos y hasta de pésima dicción,en él me deleitaba su pasión por los libros, su respeto sacro a la cultura, su propia y conmovedorahumildad cuando se quemaba las pestañas preparando sus cursos, leyendo a los clásicos, dando clasesde Derecho Político. Eso me fascinaba sin límites: este hombre les rendía culto a las ideas y semanejaba con una modestia demasiado brutal como para ser artificial.
Hay intrincados vericuetos en los meandros zigzagueantes de la historia de las naciones.Eduardo Fellner en el Congreso y Antonio Cafiero en la Recoleta se asumieron, en delicadas notas dedespedida, como dos peronistas arrasados de admiración por el espectáculo popular del homenajeespontáneo a Alfonsín.
Un tipo complicado este Alfonsín: el cáncer le sacó tarjeta roja. El se fue, o hizo que seiba. Guiñaba un ojo al retirarse, como quien sabe que no está muerto quien pelea. Por culpa de él,quise mucho más a la Argentina esa tarde fulera, cuando lo dejamos a Raúl en la Recoleta.

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