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Recuerdos de Afganistán

Recuerdos de Afganistán
24-08-2026 | 15:25

Una publicidad en el New York Review of Books del libro recientemente editado My life with theTaliban de Abdul Salam Zaeef llamó mi atención por los comentarios elogiosos y las entusiastasrecomendaciones de sus primeros lectores. Una vez encargado y recibido comencé a leer el libro dequien fue embajador talibán en Pakistán en el año 2000, y prisionero en Guantánamo de 2002 a 2005.Zaeef hoy vive en Kabul, retirado de la vida política, reinvindica su condición de talibán deKandahar, cree que los norteamericanos están haciendo un desastre en su país, está en contra de laguerra, de la violencia, del fanatismo religioso, pero sigue siendo un musulmán devoto y fiel a suhistoria. Hombre joven, nacido en 1968, comenzó su acción militar a los quince años en laresistencia contra la invasión soviética. Fue liberado de la cárcel de Guantánamo por ser declaradoinocente de crímenes de terrorismo y a pesar de no haber firmado una declaración en la que debíaconfesar su militancia en Al Qaeda, organización a la que dice nunca haber pertenecido.

Conservo como un ejemplar incunable un número de la revista Le Temps Modernes, fundada por J.P.Sartre, del bimestre junio-julio de 1980, dedicada a Afganistán. Una serie de trabajos sobre lainvasión soviética se suman a aquellos que informan al público lector sobre la historia del país,sus costumbres, lengua y economía. El editorial que lo presenta dice: “Los acontecimientos deKabul vienen a confirmarnos con crueldad la muerte de nuestras ilusiones. Han sido enterradosdefinitivamente los después de todo que protegían aún con fragilidad nuestras esperanzas: la URSS,era después de todo socialista, nos era necesario después de todo llamar socialista a ese monstruoque se devoraba a sí mismo”.

Afganistán que seguía a Camboya y anunciaba a Polonia en el despedazamiento moral del socialismode Estado y de las esperanzas comunistas que lo sostenían, se anunciaba como el nuevo Vietnam. Estose decía hace treinta años.

En los comienzos de la década del setenta cruzo la frontera entre Irán y Afganistán paradescubrir lo que se llama Medio Oriente. Conocía Israel, Marruecos, había viajado meses por Turquíae Irán, pero el perfume de las mil y una noches recién aparece en Herat. Ancianos sentados bajo eltecho de una pequeña tienda fumando una enorme pipa de agua. Turbantes y barbas. Olores. Silencio ymúsica lejana. Calles de tierra. El tiempo es el del misterio. Se interrumpe la aceleración quemide el ritmo urbano. La ciudad de Teherán del régimen del Sha mezclaba Occidente con arcaísmo,Turquía era un borbotón caótico de gritos y bocinas, aquí, en esta primera ciudad de Afganistán, lacortina temporal se abría a otro mundo. Un mercado sucio, con más moscas que carne, una habitaciónsin muebles de paredes blancas y ventanas atentas al salmo religioso. Hashish. Corderos,perros.

La noche se interrumpía con la luz tenue de un fuego. La media luna y la estrella eran reales.Con pasos sigilosos y rápidos caminaban las mujeres cubiertas totalmente con su burka. Una rejillaa la altura de los ojos era el único contacto permitido entre el interior velado y el exterior. Nisiquiera se podían ver los ojos negros, brillantes e inquietos de otras tradiciones árabes. Creoque es la mirada de la gente lo que marca el corte de esta cultura con la otra, la nuestra, la quellegaba hasta este borde geográfico. No hay curiosidad, hay secreto, no se busca lo nuevo, seoculta lo propio. Los ojos no preguntan, se abisman hacia adentro.

La ruta a Kabul estaba dividida en dos. La primera parte era de un asfalto gris oscuro,construida por los norteamericanos, la segunda mitad era de una piedra clara, fabricaciónsoviética. La furgoneta se me quedó varada en el camino, de noche. Me habían advertido que de lasladeras de la montaña bajaban bandidos a caballo. Ya en Dogu Bayazit, en la frontera entre Turquíae Irán, no pude salir del pueblo un par de semanas porque estaba rodeado por bandidos–palabra extraña, infantil–.

Kabul ya era diferente, vivía el caos de un sitio de encuentros apurados, todo el mundo recorrela ciudad polvorienta para cualquier lado. Un café central parecido a los que conocemos en lasrutas argentinas al lado de estaciones de servicio. Disentería, hospitales con pasillos repletos degente sin atender. El líquido de la Coca-Cola era verde. Mucho kebab en la calle, pinchitos decarne oscura y diminuta. Vendí la camioneta por doscientos dólares a un señor pakistaní luego devarias reuniones en la que participaban personajes con aires de importancia que oficiaban deintermediarios. Fue una negociación lenta que duró quince días.

Se compraba cocaína en las farmacias. Nunca entendí por qué en las casas de cambio del mercadonegro el valor del dólar era inferior al oficial. Todavía había un rey. Salam Azeef habla de unaépoca feliz, de un Afganistán vivible, visitado por turistas jóvenes, como yo.

Hoy el país está en vísperas de una guerra civil. EE.UU. no tiene una estrategia respecto de sufuturo accionar en la región. La cambia de acuerdo a sus fracasos. Envía nuevas tropas a la vez queanuncia futuros retiros de efectivos. Hay además una guerra cultural que no favorece lasnegociaciones políticas. Occidente tiene una ofensiva de predicadores de los derechos humanos quecreen que la libertad se logra con bombas, insultos y arrogancia. Se desconocen las tradiciones ylos tiempos de cambio social en las otras regiones. No se toman en cuenta que en lugares en los quedominan fundamentalismos crueles se llevan a cabo resistencias de hombres y mujeres de la mismacultura que no por eso comparten los valores de raíz europea. Además, en la favorecida ArabiaSaudita las mujeres no viven más libres que en la condenada Irán.

Nuestra civilización vive su propio desafío. Desde la revolución gloriosa inglesa, a lanorteamericana y francesa, nuestra visión se apoya sobre una idea de lo que define la célulasocial: el individuo. Desde el hábeas corpus a la libertad de conciencia, los ideales desolidaridad y fraternidad, descansan sobre la sacralidad del individuo. La mayoría de las culturastienen otra tradición. Etnias, clanes, tribus, familias, jerarquías, tienen característicasdiferentes a la nuestra. Su posibilidad de cambio y de liberación respecto a la opresión de susminorías y géneros, no transitan por nuestros carriles. En Irán, Afganistán, Irak, existe unadiversidad de grupos que buscan su espacio. Por lo general, no tienen mucho que agradecerle a esteOccidente que los ha usado, abusado, explotado y robado.

Afganistán fue el enclave para que rusos, ingleses, turcos y ahora norteamericanos, masacraran asu pueblo. La ignorancia no ayuda. Zbigniew Brzezinski –el consejero en políticainternacional de Jimmy Carter– dice en la revista Foreign Affairs de enero de este año:“Entre los países democráticos, EE.UU tiene uno de los públicos menos informados en lorelativo a los asuntos globales. Muchos norteamericanos, como lo muestran los artículos sobre eltema de The National Geographic, no están familiarizados con lo más básico de la geografía mundial.Tampoco lo están con la cultura y la historia de otros pueblos. ¿Cómo pueden tener la más elementalcomprensión de lo que pasa en Afganistán y Pakistán y de los dilemas que afrontan los EE.UU. consemejante desconocimiento de lo que sucede allí?”


*Filósofo www.tomasabraham.com.ar

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