•la contraofensiva montonera

Recuerdos de Thelma

24-08-2026 | 16:29

Aunque ya no estaba en la Organización, Elvio Vitali, el ex compañero de mi hermano en laconducción de la JUP de Derecho, supo en México lo que se estaba gestando y viajó a Madrid para darla discusión: “Se había creado un microclima muy místico. Se jugaba mucho con la culpa de loscompañeros que estaban en el exilio en relación con los que estaban muertos, todas marranadas quefueron planificadas por la conducción.”

Elvio admite que cada vez que lo piensa se le revuelve el estómago: “Fue un momento demierda, porque lo vivimos con una doble angustia. Casi todos los días nos enterábamos de algunanueva caída, y a eso ahora se agregaban los que iban a volver para morir. La contraofensiva estabatoda infiltrada, todos sabían que nadie tenía chance de sobrevivir, que era una muerte anunciada.No había ningún tipo de explicación sensata, racional para lo que hicieron. Lo único lógico hubierasido preservar lo que quedaba de la fuerza.” Todavía le duele haber llegado tarde paraconvencer a mi hermano, y en el análisis recupera la indignación que lo invadió en “el fragorde ese momento”: “En la suma de irresponsabilidades de la conducción, la contraofensivafue una de las más flagrantes. Era una grosería. Firmenich después dijo con todo descaro en unaconferencia de prensa que ‘perdimos el 70% de la fuerza, y estaba previsto’. La conchade su madre, estaba previsto. ¿O estaba previsto que él estuviera tomando café en Roma en esemomento?”

Justamente desde Roma, también vino por esos días a nuestra casa Thelma Jara de Cabezas, una delas primeras en inaugurar la Plaza de Mayo, pidiendo la aparición con vida de su hijo Gustavo,secuestrado a los diecisiete años. Thelma había estado en México, más precisamente en Puebla,reclamando por los desaparecidos ante el Celam, donde fue recibida con fría diplomacia por monseñorPío Laghi, un eclesiástico convencido de la misión redentora de la dictadura. Después había viajadoa Roma para participar del cónclave presuntamente secreto que presidió el comandante Mario EduardoFirmenich en su carácter de secretario general del Movimiento Peronista Montonero, mientras Thelmaparticipaba en calidad de secretaria de la Comisión de Familiares de Desaparecidos y Detenidos porRazones Políticas. Hubo dos temas que coparon el encuentro: el desgaste de la dictadura militar yel inminente lanzamiento de la contraofensiva.

No bien llegó, se convirtió por unos días en la madre que todos necesitábamos. Era tan dulce queno vacilé en agasajarla, preparando un chupe a la peruana repleto de langostinos. Durante la cena,ella contaba algunas anécdotas de su comprometido periplo, con la inocencia de quien sale porprimera vez del país sólo para cumplir con un irrenunciable deber. Una vez cumplido, estaba ansiosapor retornar junto a su marido, a quien acababan de descubrirle un cáncer en el pulmón.

No llegaría a verlo morir. Poco después de su regreso de Madrid, saliendo del Hospital Español,donde estaba internado su compañero de toda la vida, fue secuestrada por la patota de la ESMA.Thelma, a quien yo le ponía los ruleros para que se viera linda durante esos días que paró ennuestra casa de la calle Camarena, era esa cara contraída por el miedo y el dolor que apareció enun reportaje de la revista Gente. “Habla una madre de un subversivo muerto”, fue eltítulo de la nota armada con la obvia complicidad del director ejecutivo de Editorial Atlántida,Aníbal Vigil, sus sumisos escribas y mucha picana. Thelma representaba el papel de una madredesengañada por la actitud perversa de los Montoneros y de los organismos de derechos humanos. Nomucho después sería liberada.

*Autora de El tren de la victoria, cuya reedición ampliada fue publicada este mes por Del NuevoExtremo.

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