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Réquiem para un álamo

Los otros países son siempre de otros, pero a veces sirven para ver cómo funciona el nuestro. Son como escenografías, muy organizadas o terriblemente caóticas, algo así como maquetas temporarias para construir un mensaje. A lo mejor estoy viajando demasiado. Porque el mensaje que leo es siempre el mismo: qué mal vivimos.

23-08-2026 | 23:53

Los otros países son siempre de otros, pero a veces sirven para ver cómo funciona el nuestro.Son como escenografías, muy organizadas o terriblemente caóticas, algo así como maquetastemporarias para construir un mensaje. A lo mejor estoy viajando demasiado. Porque el mensaje queleo es siempre el mismo: qué mal vivimos.
Ahora estoy en Alemania. Mi mujer, tan lejos como está, trató de salvar un árbol, un álamogigantesco que crecía en la vía, al fondo de casa. No lo logró. Furtivos asesinos vegetales se locargaron. Fue un trámite lento y doloroso. Primero fue la amenaza del Corredor Verde del Oeste. Elplan de techar las vías para hacer un “parque” consistía en talar todo lo verde. Igual,el proyecto fue una estafa y se paró. No habrá parque de ningún tipo; ni verde, ni de brea. Luegovimos por la ventana cómo alguien secó el álamo (un gigante plateado de veinte metros de altura)inyectándole algo en la corteza. Mi mujer preguntó a los vecinos si sabían quién había sido, perotodos dijeron que no. Llamó a la Municipalidad, pero como no tienen jurisdicción sobre las vías, lamandaban a Once o Caballito a preguntar a mantenimiento del ferrocarril. Aunque no lo crean, lohizo. Ahí le dijeron que no sabían nada de ningún árbol, y que –en general– el“mantenimiento” consistía básicamente en no innovar. Es decir, en no hacer nada. Sinembargo, hace dos días, vio cómo unos insólitos hijos de puta lo cortaban, y a puro grito desde suventana les pudo sonsacar que los habían contratado los vecinos (sí, esos que dijeron no sabernada) y que las raíces le levantaban el piso a un señor del tercer piso (¿raíces que llegan hastael tercer piso?) y que, si quería, fuera a hacer la denuncia. La hizo. Vino un patrullero. Ledijeron que era ilegal cortar un árbol de la calle, pero como eso no era totalmente la calle,entonces quién sabe.

El árbol no está más, me dijo después, con esa tristeza y ese heroísmo derrotado que meenamoran. No está más el rumor de hojas que nos adormecía.
Yo guardo silencio y miro por la ventana de este hotel o no sé qué en el que estoy viviendo,en Karlsruhe. Afuera pulula un bosque generoso. Pienso en Händel, que compuso Ombra mai fu, lacanción más bella que un árbol pueda soñar. Pienso en cuánto amo a mi mujer, que canta esa canción.Me dicen que Karlsruhe fue reconstruida después de la guerra. La reconstruyeron para ser habitadapor personas, así es que, pese a su escasa fama, tiene bosques, espacios públicos, piscinasestatales, termas accesibles, teatros que funcionan, el espantoso mercadito navideño de rigor dondelos habitantes se toman su Glühwein al volver a casa. A mis temporarios vecinos, en este país másbien hostil, pienso, no se les ocurriría jamás cortar un árbol así, que regalaba su sombra en elverano y se pelaba en el invierno para dejar pasar el sol.

¿Por qué alguien querría cortar nuestro álamo? No lo sabemos. A lo mejor algún vecino que sóloescucha “seguridad, seguridad” cada vez que prende la tele pensó que se le iba a treparun asesino serial o un secuestrador express por la ventana (enrejada, sí). O alguien quiere vendersu casa, y piensa que tiene derecho a emparejarla un poco, privando a los demás vecinos del placerde ver un árbol en vez de una pared trasera mal revocada. En todo caso, estamos peor de lo quepensaba: allí donde fallan la Municipalidad, el Ferrocarril, la Policía, nunca deja de haber unvecino hijo de puta, educado en el desprecio, incapaz de distinguir lo vivo de lo muerto.
Plantemos otro, sugiero a mi mujer. Y esperemos 20 años a que crezca.

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