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Retrato de mujer con sonrisa

El encanto de la Presidenta reside, a mi entender, ante todo en su sonrisa. Presumo que ella lo sabe; porque es mujer, y es raro, o es imposible, que una mujer ignore en qué rasgo exactamente reside su mejor encanto.

Retrato de mujer con sonrisa
24-08-2026 | 04:06

El encanto de la Presidenta reside, a mi entender, ante todo en su sonrisa. Presumo que ella losabe; porque es mujer, y es raro, o es imposible, que una mujer ignore en qué rasgo exactamentereside su mejor encanto. A los compañeros, a los aliados, a los invitados del protocolo, lesdispensa con gracia esa sonrisa; pero a veces también se la ofrece a los adversarios. En ese casoel efecto buscado es distinto. Sus detractores (no me cuento entre ellos para nada) adivinan en esasonrisa la expresión inconfundible de la condescendencia. Acompañada por lo común con una miradacierta, una suave entonación explicativa y unos buenos gestos, tal sonrisa indica a las claras lacondición del que tiene razón y se dirige a los que no la tienen, el que comprende cómo son lascosas y se dirige a los que no comprenden.

Que tenga razón o no la tenga no es mi tema, sino lo que hace con esa razón cuando suponetenerla o cuando en efecto la tiene (y muchas veces, a mi entender, la tiene). Lo que hace es más omenos esto: exhibirla, ostentarla como puede hacerse precisamente con una sonrisa. No se trata paranada de la sonrisa confusa de las murmuraciones de Mauricio Macri, o de la sonrisa perturbadora yquieta de las revelaciones de Elisa Carrió; sino de una sonrisa segura, confiada, inteligente, queparece decir a su modo: “Yo sé que tengo razón”.

Otros presidentes procedían de otra manera con la razón que querían tener o con la verdad que seproponían validar. Alfonsín fue un verdadero paladín del intento de persuadir a los demás,generalmente con el recurso retórico de declararse él mismo persuadido de esto o de aquello. ACarlos Menem lo tenía sin cuidado quién tuviese razón o no, su fe no era otra que pasardirectamente a los hechos. De la Rúa desencontró largamente su verdad, la suya o bien cualquierotra. Y Néstor Kirchner, por fin, suele vociferar sus verdades, con la idea, muy propia de ciertaoratoria, de que la fuerza de la verdad y la fuerza de la entonación pueden y deben coincidir.

Cristina sonríe. Sonríe porque sabe (no está persuadida: está segura) que tiene razón. Leimporta tenerla, porque sin ese aval no actuaría. Y no le importa demasiado vociferarla, porquevociferar en su registro implicaría desentonar. La manera en que tiende a enlazar el final de cadaoración con el principio de la siguiente, dejando las pausas para los tramos discursivos sinremate, indica hasta qué punto prefiere no verse interrumpida, ni siquiera por una ovación. Porquelas verdades que postula y la razón que invoca no requieren a sus ojos la sanción de lasaclamaciones; su mejor coronación es otra: su propia sonrisa. Que señala una razón que simplementese manifiesta, existe, es. Que acompaña una verdad que simplemente se manifiesta, existe, es.

A mucha gente la cae mal esa clase de seguridad. Puede que Aníbal Ibarra, como jefe de Gobiernode la Ciudad de Buenos Aires, enfrentara en su momento una dificultad semejante, también con unasonrisa muy suya, nada exenta de displicencia. Estaba tan seguro de que tenía razón (y tiendo apensar también que muchas veces la tenía), que parecía bastarle con eso. Como confiando en que larazón ha de prevalecer por sí misma, no menos que la verdad; confiando en que ellas solas se lasvan a arreglar siempre y siempre van a preservar a sus legítimos poseedores.

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