Revolución en la Piazza

24-08-2026 | 16:29

Hubo un tiempo en que el Ticino –único cantón suizo de habla italiana– era unaregión muy pobre. Cuentan que hasta la Segunda Guerra, las familias campesinas alquilaban a sushijos pequeños, quienes morían enfermos y hambrientos trabajando de deshollinadores dentro de laschimeneas francesas. Estos horrores se atenuaron con los años, cuando los suizo-alemanes comenzarona venir de vacaciones, los banqueros se establecieron en Lugano, los millonarios en Ascona,floreció la industria local del vino y el Ticino se convirtió en un reducto de prosperidad, ocio yvida saludable.


El Festival Internacional de Cine de Locarno –un balneario de 15 mil habitantes aorillas del Lago Maggiore– es un excelente símbolo del nivel de vida alcanzado en estos añospor los suizo-italianos. El festival es uno de los más importantes del mundo y recibe cada agosto aun público entusiasta, dispuesto a disfrutar del verano y de las películas que se proyectan encolmados escenarios cuyo centro es la Piazza Grande, que acoge cada noche al aire libre a 8 milespectadores frente a una pantalla de dimensiones descomunales.
La sensación de placer y de distensión aumenta si a uno le toca ser miembro de uno de losjurados y se hace acreedor así a una vida regalada cuyas obligaciones son nadar, comer, beber yconversar, más dos películas al día. La discusión sobre si la vida del festivalero VIP en Locarnoes puro lujo o simplemente una incursión pasajera en la calidad de vida que todos nos merecemos esbizantina, aunque Sabeline, espléndida madrina del jurado y nativa del Ticino nos reta diciendo quelujo –lujo inútil y obsceno– es el que vio cuando le tocó trabajar en el festival deAbu Dhabi, con sus hoteles de siete estrellas y sus prestaciones faraónicas; lo de Locarno,sostiene, es democrático a pesar de que el programa doble de la plaza cueste unos 35 dólares. Lomismo opina el presidente (del festival, porque nadie sabe si Suiza tiene un presidente), el SignorSolari, que sigue manifestando su orgullo porque Locarno –creado en 1946– fue siempreun festival libre mientras que su rival, Venecia, nació bajo el régimen de Mussolini.


El defecto de Locarno en los últimos años era que su agradable discurrir se veía empañado poruna programación orientada hacia lo mediocre y lo sórdido. Revertir esa tradición es el objetivodel francés Olivier Père, nuevo director artístico del festival. Es una tarea difícil, aunque porrazones distintas de las que se suelen esgrimir. El problema no es que Cannes y Venecia se llevenlas mejores películas ni que el cine esté lejos de su mejor momento. Lo que en verdad ocurre es quequienes crean la opinión cinematográfica (productores, distribuidores, críticos, programadoresinternacionales) están atrasados respecto del público, aun de un público tan poco calificado, enprincipio, como el de los turistas de Locarno.
En los últimos años, la ingente masa de dinero de las coproducciones ha hecho circular porlos festivales una calesita de películas narcisistas e irrelevantes, preparadas para ser objeto delos dos deportes que más se practican entre los profesionales del cine: la caza del joven talentoinflado y la simultánea descalificación de lo que no responda a parámetros rígidamente establecidospara satisfacer a los comités que deciden dónde va el dinero (en el Incaa o en la televisiónbúlgara, el fenómeno es mundial). Así, la idea de sentarse a ver una película con curiosidad yalegría choca contra un sistema destinado a crear frustración y aburrimiento serial. Como paraexorcizar estos males, Père empezó su gestión con una gran retrospectiva de Ernst Lubitsch–santo patrono del placer– y la rodeó de películas que, al menos, no se propusierantraicionarlo. Lo que se dice un buen comienzo.

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