•las peleas del kirchnerismo

Revolución permanente

La renovación dialéctica de los enemigos del oficialismo es constante, pero sólo se trata de una estrategia K para mantener la hegemonía.

24-08-2026 | 18:04

Casi la revolución permanente contra lo establecido o convencional, semana tras semana. Al menosde palabra y sólo con palabras. Aunque siempre lo establecido, en estos casos, es lo que se opone alos intereses oficiales. El resto de lo establecido, si no afecta esos propósitos, puede subsistirsin complicaciones. Otro tipo de revolución permanente a la que imaginó Trotsky.

El crescendo último ha irritado hasta a los que parecían más pacientes seguidores de NéstorKirchner, que ahora se arrebatan, por ejemplo, en la defensa de la púdica Corte Suprema, antesinstituto ejemplar según el gobierno que la designó, hasta que peregrinamente se le ocurrió noconsentir una exigencia de la Casa Rosada (obligar a ciertos grupos de comunicación aldesapoderamiento de algunas empresas en un lapso perentorio de un año, negativa que le otorgaoxígeno a Clarín para aguardar los resultados electorales del año próximo y eventualmente reponersedel castigo actual).

Por este desvío de la Corte empezaron los mandobles desde lo personal a lo grupal a través delariete encarnado en Hebe de Bonafini más una claque que desfila con pancartas amenazantes. Hastaallí habían aguantado fieles personeros, pero los excesos orales obligaron a cambiar de bando: labarrera del rubor. Y el sonrojamiento aparece cuando las barras asedian con implícita violencia ala Corte y el emblema de las Madres asegura que los ministros del cuerpo reciben sobres con dinero,sugiere negocios en esos estrados, los denuncia obedientes a otros poderes y, por lo tanto, derivaal reclamo para que renuncien y, en su lugar, la dulce algarada del pueblo ocupe esos sitiales.Azote porque no han cumplido los siete ministros el requerimiento ya mencionado según los dichosdel dilecto consejero del matrimonio, Carlos Zannini: la Corte fue elegida para “otracosa”. Y esa “otra cosa”, a simple vista, parece la obligación de que Clarínvenda ya parte de sus activos empresarios.

Curiosa la deserción puntual de ciertos adictos en horas recientes. Ni mosquearon cuando elGobierno se negó a cumplir un fallo de la Corte –la reposición del fiscal de SantaCruz–, pero sí se escandalizan con las palabras de la Bonafini. En toda la región, de Cháveza Evo, de Fujimori a Correa, a ningún mandatario se le ocurrió desobedecer un fallo de la Corte.Aun cuando ésta no hubiera sido designada por ellos mismos. Aceptaron sus fallos. El gambito, entodo caso, fue instalar más tarde otra Corte por medio de elecciones constituyentes (situación queno podría ejercer el Gobierno argentino debido a que, seguramente, hoy perdería esos comicios).Curiosa entonces la actitud de rebelarse por una compraventa y no por una cuestión de conceptoscuando –claramente– se trata de gente que sólo habla de fundamentos. Es que, además, sepodía ir contra la Iglesia (contra Bergoglio como el más infame, por el matrimonio gay y quizás porla legalidad del aborto). Se debía ir contra los militares, aun contra aquellos vástagos que sóloportaban un apellido indigesto. También se podía sitiar a los empresarios, pararles las fábricas enalianza con Hugo Moyano, agraviarlos, expropiarlos si llegara el caso, aceptar alguna prisióntransitoria de renegados, díscolos o enemigos, también el escrache como método disuasorio. O girarnoventa grados en la historia y aceptar ahora que Lorenzo Miguel e Isabelita no fueron en sumomento comprendidos. Infinita la lista infinita de concesiones intelectuales a las jugadas delGobierno, siempre amparadas en dogmas superiores, hasta que ha llegado la Bonafini, mandó pararcomo el comandante y, directa vocera oficial, lanza la blitzkrieg contra la Corte, operativo deGrand Guignol que podía convertir en Mefistos a los hasta ahora mudos testigos placenteros. Hastaallí llegó el amor, aunque de hecho muchos piensen que Clarín es el beneficiado. Y se arrancan lacamiseta para no permitir comparaciones con la Corte de Menem, aunque dos de sus miembros siguen enel cuerpo actual, asegurando además que Argibay, Zaffaroni, Lorenzetti –por dar algúnnombre– no hubieran compartido honores con Moliné O’Connor, Nazareno o Vázquez sientonces los hubieran llamado. Cuando, se sabe, son excepciones históricas aquellos que noaceptaron cargos de esa envergadura, son especímenes en extinción los que se negaron a“salvar a la patria”. ¿O Fayt es menos noble que la Highton por haber jurado antes?Sólo para cándidos, otra interpretación.

Hasta la posible aparición de un León Arslanian entre los ministros, si se cumplen lasescrituras de que hay futuros vientos de cambio con fuerte injerencia de jóvenes –sobre todoen el área de las responsabilidades electorales o en la Jefatura de Gabinete–, será difícilrecuperar a los réprobos momentáneos que confían en ese nombramiento para “otra cosa”,el aceitamiento con la Corte sin duda que los salve de la perplejidad. Y los devuelva a laestabilidad burguesa que siempre objetaron. Aunque, de acuerdo a las tradiciones, quizás persistael furioso derrotero de Néstor que multiplica y detalla el compendio crítico de Bonafini. No reparael Gobierno ni en su propia historia, cuando borró parte de la Corte anterior atacando uno por unoa sus miembros, al revés de Eduardo Duhalde, que por intentar eliminarla en bloque terminófrustrado y sin nafta. Después de la ofensiva general de esta semana, quizás comiencen lasdiferencias: ella, la Bonafini, podrá disponer de datos para imputarle al titular de la Corte,Ricardo Lorenzetti, reuniones y encuentros con directivos de Clarín –extraño y tenebroso paísen el que se difunden comunicados para aclarar que cierta gente no se reunió con otra gente, comosi fuera un oprobio cualquier relación social–, además de aceptar la tentación a diversosconvites del grupo mediático, entre ellos seminarios judiciales que auspiciaba la Fundación Nobleen tiempos más idílicos con el Gobierno. A nadie molestaba ese tráfico: la Corte era una suerte deobservatorio de la Argentina, pensaba como los alemanes o los suizos, en su burbuja se pronunciabasobre la droga o la ecología, más bien evitaba otro tipo de conflictos. “No noscorresponde”, se justificaban, fuimos –parecían decir– elegidos para otra cosa.Hasta que, claro, incurrieron primero en la obligación de reponer a un funcionario en Santa Cruz–medida que no podían evitar, apenas demorar– y, sin que todavía se conozca elpronunciamiento, mantener la cautelar que permite demorar la aplicación de la Ley de Medios, almenos en relación con el desapoderamiento vertiginoso y obligado de empresas. Sorprende que hace unmes, aproximadamente, el periodismo advirtió que la Corte ya había votado al respecto (seis a unoel resultado), pero todavía nadie pudo ver las actas.

Algo en el foro está frenado por más que los miembros del cuerpo aseguran que no reciben niaceptan presiones.

Volviendo a las invitaciones a Lorenzetti, a los nombres y apellidos de interlocutores querevelaría la Bonafini, también a sus apariciones de columnista en el diario corresponde añadir queesos espacios codiciados se abrían a otros magistrados. ¿Quién podía negarse a esos eventos siClarín, se supone, sólo pretendía contribuir en esos ciclos de intercambio cultural a mejorar laJusticia? No a abonar influencias, ya que esas ideas conspirativas no deben figurar supuestamenteen su código de ética. En todo caso, si alguien piensa así, le corresponde al kirchnerismo ladenuncia. De ahí que para la suspicaz Bonafini ese vínculo pasado resulta espurio o sugestivo, delmismo modo que se pregunta por otros negocios, fallos demorados o rápidamente ejecutados en laCorte; en suma, las actividades paralelas –tal vez non sanctas– de abogados o estudiosjurídicos que ingresan con más habitualidad que otros a la Corte, como en los tiempos de Menem, conla singularidad de que en general se trata de profesionales simpáticos para el Gobierno. Osimpáticos en otros momentos, cuando se designaba a los ministros del cuerpo con la arquitectura deAlberto Fernández, el visto bueno de los Kirchner y la atención expresa del procurador Righi.Parecían castillos inviolables, amados por los que hoy se intimidan con la Bonafini, aunqueentonces distraídamente callaron la boca cuando un ministro de origen santafecino, Horacio Rosatti,debió partir por incongruencias entre lo que se decía y se hacía en el Gobierno. Nadie, ni la Cortemisma, quiso ver ese alerta. Parte de ese esquema hoy se ha derrumbado; Clarín, en lugar de apoyar,ataca y los mediadores son de una tibieza inaceptable para la pareja oficial: sólo resta elcombate, la fricción, ese ruido de todas las semanas, siempre con un adversario o enemigo a renovary otro eterno a conservar: para sostener la hegemonía más que para realizar la revoluciónpermanente.

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