La Argentina exuda un insoportable aroma de senilidad y no sólo porque nuestras respuestas seanantiguas o levemente obsoletas. Lo peor es que nuestros problemas no son abordados de manerainteresante.
Apasionados por aplacar urgencias, no sabemos cómo generar lo que falta o escasea. Convencidosde que sólo se trata de disponer de generosos corazones, la mayor parte de los argentinos estánconvencidos de que un mejor reparto de los bienes existentes resolvería todos los dramas. Volveríanlos “días felices”, ese retorno a la alegría primordial, cuando la Argentina habríasido solidaria, justa y generosa.
¿Fue así? ¿Este país creció a partir de Caseros y, sobre todo, desde las ultimas dos décadas delsiglo XIX, porque derramó riqueza el cuerno de la abundancia? Claro que no: la Argentina a la quemigraron millones de europeos desesperados no proveía subsidios y dádivas. Sólo ofrecía, sí, unhumus feraz, extensiones infinitas de praderas fértiles y virginales, y la paz rota por lasincesantes guerras europeas.
Prevalecen vientos de melancolía estéril. Hay gente dedicada a demostrar que este país sedesgració cuando se extendieron las fronteras y cundió el alambrado. Una pastoril nostalgiaencarnada en ideologías obsoletas recoge el mismo ánimo aislacionista, neurótico y sanguinario quedominaba al país-fortín de la era de Rosas, indómito pero miserable y –sobre todo–vacío.
La Argentina no se afiebra por ser más inteligente, atractiva y moderna, valores repudiados eidentificados torpemente con malvados espíritus retardatarios. El pasado es ponderado y soñar unfuturo más venturoso es estigmatizado.
Las ideas son casi inaudibles en el debate cotidiano, tapado por un coro airado y altisonante.No hay condena más maciza e inexorable al atraso que la incapacidad nacional de invertir en laformación de nuevas capacidades de conocimiento, derrota social que produce una generaciónperdida.
¿Qué impide a provincias o ciudades inscribirse en magnas empresas cívicas que les podríancambiar sus vidas? Con su federalismo puramente escenográfico, la Argentina casi nunca sorprendecon realidades locales que alteren la letanía aburrida de las continuidades eternas. Soninimaginables en estas latitudes las competencias sanas y energizantes que se advierten en otrasexperiencias mundiales.
En los Estados Unidos, la gran mayoría de los 50 estados compiten como laboratorios de políticaspúblicas. En su edad de oro, por ejemplo, California desarrolló una formidable excelenciaeducacional, con universidades que le aportaron prestigio, capacitación de alto nivel y nuevasoportunidades. El estado de Texas no grava los ingresos personales: la inexistencia del impuesto alas ganancias individuales lo convierte en imán de miles de emprendedores electrizantes y osadosque se instalan, invierten y arriesgan para progresar y crear riqueza. Aquí apasionan los impuestosaltos y las regulaciones poco inteligentes e intrusivas, que anestesian a las fuerzas creativas delmercado.
Aun cuando muchos sectores sociales entienden el desafío acuciante del aumento exponencial delconocimiento disponible hoy en el mundo, todo siempre gira en torno a esquemas o planes faraónicos.En la Argentina es improbable que se piensen y ejecuten ideas desde pequeñas unidades geográficas.Hay casos aislados (San Luis como la plataforma digital más extendida del país), pero en otrosnichos regionales los éxitos suelen ir de la mano de lúcidos inversores extranjeros con recursosnecesarios como para sobreponerse a perennes lamentos domésticos y encarar proyectos con energía demercado.
Los sindicatos del sector público, poderosos, culturalmente conservadores e inmovilistas,defienden redundancias, ineficiencia, baja productividad, prebendas y privilegios vitalicios.Padecen una notoria incapacidad para reinventarse.
Esta Argentina fragmentada y desigual podría valerse de una hoy ausente competencia para buscarlo que funciona mejor y descartar lo fracasado, como ejemplifica la transformación de la producciónagrícola en los últimos años. Corresponde preservar una firme conciencia ambiental, pero anchostrozos de la sociedad argentina se entusiasman con causas ecológicas no siempre claras y ciertas,cruzadas bucólicas que seducen mucho más que generar trabajo, oportunidades, aperturas einnovaciones. La innovación es repudiada o sospechada de ser un veneno.
Un país moderno, ansioso y audaz en 1909, hoy es conservador, receloso y ensimismado, en alertapermanente ante las conspiraciones mundiales para llevarse el agua, el petróleo, el oro, el uranioy hasta el aire. El genio argentino es hoy huraño y desconfiado. La creatividad individual resultatóxica y todo nuevo emprendimiento se propone saquearnos.
El gigante demográfico argentino exhibe un asfixiado ingreso a Buenos Aires donde millares deinmigrantes apiñados a los costados de las autopistas secan su ropa, pero interminables tierras declima apacible, donde podrían alzarse grandes y soleados hogares, siguen vacías. País abigarrado yconfuso que se precipita tontamente sobre una Capital teóricamente ubérrima, estamos llenos dedesiertos artificiales.
Ciudades y provincias agarrotadas por miedo al cambio deberían abrirse a la inmigración internay foránea, pero se enclaustran en miserias ancestrales. En la Argentina no sobresalen ciudadesentusiastamente cosmopolitas, pero en los tres grandes conglomerados urbanos, sectores socialesinmovilizados viven sin cobertura médica, en la pobreza, plagados por los embarazos adolescentes yla criminalidad. Víctimas de una distribución muy regresiva del ingreso, su baja proporción degraduados en la educación media los condena al atraso crónico.
No asumimos vivir en un planeta orientado ya a sistemas de producción conocimiento-intensivos,eje de una nueva economía global con protagonismo esencial de emprendedores, superioridad de lasabiduría y aliento directo y desprejuiciado a los innovadores. Chapoteamos en nuestras aldeanaspesadillas, mientras la vida pasa.
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