Siempre el mismo

Siempre el mismo
24-08-2026 | 16:43

Qué fulero eso de perder a un colega y compañero de página. Sabe una que siempre habrá, aunqueno se note, un espacio en blanco en esta parte del diario. Allí, si su ángel de la guarda le dapermiso, Fogwill podrá escribirnos alguna de sus notas, algo que se le ocurrió al pasar de estelado al otro lado, no sé, algo que nos haga decir como lo hacíamos leyendo su contribución a lapágina de Escritores, “¡este Fogwill siempre el mismo!”. Y sí, había un sello muypersonal en todos sus textos. Cortante, como sacándose de encima todas las pelusas que perturban untexto. Necesario.
Absoluto también (supongo que eso fue lo que le dio esa fama de provocador). Lo vamos aextrañar. Me doy cuenta de que estoy haciendo algo que no debo al hablar por todos, pero es que laspáginas éstas en las que participamos desde hace ciento cincuenta y seis semanas me dieron desdemuy temprano la sensación de que era un todo al que contribuíamos y con lo que habíamos logradoalgo como una unidad con sus altos, sus bajos, sus aciertos, sus errores, su gracia, su seriedad,eso que tiene toda antología, toda reunión de textos de varios autores. (No es que yo haya andadocontando los sábados: lo hizo ella solita la computadora mediante la carpeta llamada“Artículos Perfil”, aunque quizá haya una exageración en tres puntos puesto que algunaque otra vez escribí para PERFIL artículos que no iban a ser publicados en la secciónEscritores.)

Lo conocí poco. Casi puedo decir que no lo conocí. Yo sabía bastantes cosas de él; es posibleque él no supiera casi nada, si es que algo, de mí. Una sola vez hablamos. Había llegado lademocracia, la dictadura era cosa del pasado reciente, y Fogwill, que entonces era Rodolfo Fogwill,y yo, nos encontramos haciendo antesala en el despacho del amigo Divinsky, que en ese momento eradirector de radio Belgrano. Fui yo la que lo saludó y le dijo que le había encantado LosPichiciegos y por qué. Le gustó que se lo dijera y me parece bien. Una, y él también, escribe ensoledad y no hay eco ni voz que le responda. Si de pronto, después de un tiempo, alguien trae esavoz, ese eco, quien ha escrito siente gratitud. Y un poco de orgullo también, por qué no. Eso fuetodo. No volvimos a encontrarnos, aunque yo leí más cosas de él porque si aquella novela me habíaencantado, seguí buscándolo en algunos de sus otros textos. Quizá no los haya recorrido todos, perosí lo bastante como para decir eso de “¡este Fogwill siempre el mismo!”.

Qué lástima, Fogwill, qué lástima que se le haya ocurrido morirse justo ahora que han llegadolas golondrinas. De no haberle dado a usted por ese lado, yo lo hubiera invitado a Rosario: hanvenido, ellas, las golondrinas, desde California, y bailan presurosas y alegres por sobre elparque. Me parece que atraídas especialmente por las aguas danzantes del estanque de La Enamoradade la Luna. Tal vez hablan con la mujer acostada sobre el césped ahora tan verde: “No vinoFogwill”, dirán. “¿Seguro que no?” “Seguro.” “Este Fogwillsiempre el mismo.” Y no por llevar la contra, sino por no haber calibrado bien laoportunidad. Porque el haberse ido para el otro lado siendo siempre el mismo tiene sus ventajas: sedicen tantas cosas, se han dicho siempre tantas cosas que una puede suponer que algo de verdad debede haber en alguna parte o, mejor dicho, que alguna parte debe responder a la verdad. Y entonces,¿por qué no las golondrinas? Lo que tiene más prestigio es el asunto ese de la nada. Pero lo maloes que nadie tiene experiencia alguna sobre la nada (recordar la descripción de la nada enContrapunto, de Aldous Huxley) de modo que persona alguna puede afirmar ni refutar la posibilidad.Qué bueno.

Y ahora que lo pienso tampoco se puede refutar ni afirmar las otras posibilidades, empezando poralgo parecido al Jardín del Edén, pasando por el Paraíso del señor Alighieri, para terminar en uninmenso banquete plagado de huríes y panderetas y narguile. Bueno, ahora usted que estará pensandotambién “¡este Fogwill siempre el mismo!”, piense en qué clase de paraíso le habrátocado. A mí se me ocurre que uno en el cual hay una sala décimonónica toda forrada en lamé... Ay,no, disculpe, eso es del tango, no, toda forrada en terciopelo púrpura, en donde hay una jarra convino oscuro, una computadora, sillones magníficos, una ventana y un balcón que dan al Río de laPlata y un jarrón con los florones amarillos del señor Van Gogh. No me diga que no, porque ustedtampoco sabe. Y yo digo: con razón que no quiere venir a ver las golondrinas, este Fogwill, siempreel mismo.

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