•EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

Superávit fiscal: un pilar derrumbado

El “modelo” económico que comenzó a construirse tras los escombros de la convertibilidad, a principios de 2002, sentó las bases macroeconómicas para el inicio de un sendero sostenido de crecimiento y redistribución que debía sustentarse en permanentes ganancias de productividad agregada.

28-07-2026 | 13:16

El “modelo” económico que comenzó a construirse tras los escombros de laconvertibilidad, a principios de 2002, sentó las bases macroeconómicas para el inicio de un senderosostenido de crecimiento y redistribución que debía sustentarse en permanentes ganancias deproductividad agregada.

Las condiciones estuvieron dadas, pero la falta de visión estratégica del actual gobiernofrustró, o al menos postergó, la histórica oportunidad heredada. Hoy, a más de un período y mediode gestión, no sólo lamentamos la permanencia en esta especie de “itinerarioinconcluso” de la Argentina, sino que observamos que los tres pilares básicos de ese“modelo” han iniciado un proceso de marcado deterioro.

El imprudente e ineficiente manejo del gasto público ha hecho perder la disciplina fiscal y conella el superávit existente; la elevada y creciente inflación con insuficiente inversión productivadeteriora la competitividad del tipo de cambio. Este deterioro, sumado a una inexplicable políticacomercial, plantea un interrogante sobre la situación futura de la balanza comercial que–aunque aún robusta– hoy sólo financia la fuga de capitales. En síntesis, ya no existenlos superávits “gemelos” y el tipo de cambio no es tan alto.

No caben dudas de que la solución a los desajustes macroeconómicos que hoy enfrentamos, y quetienen en la inflación, la falta de inversiones y la injusta distribución del ingreso su expresiónmás contundente, exigen un conjunto de políticas e incentivos de diseño y ejecución coordinados. Noobstante, y a riesgo de caer en una trampa reduccionista, en lo que sigue de estas reflexionesquisiera poner énfasis en el tema fiscal, porque lo considero el primer pilar derrumbado.

El gobierno nacional ha construido y ejercido poder mediante un sistema de concentración derecursos fiscales en su propia caja. Bien conocidas eran las permanentes consultas efectuadas desdela máxima conducción del Estado sobre la situación del Tesoro nacional. Inicialmente, esta conductaconfundió a los analistas, quienes entendían que se trataba de un acto de responsabilidad fiscal.El tiempo y las circunstancias han puesto en claro que la preocupación era de índole política, yque aquello que se entendía como una virtud pasó a ser la causa principal de los desaciertos en lamateria.

Como se verá, la mayoría de estos errores fueron la resultante de pretender mantener –congasto siempre en crecimiento– un importante y concentrado nivel de caja, cualquiera fuera elcontexto. Se trataba, sin más, de una cuestión de poder político y no de disciplina fiscal.

Sin pretender hacer una enumeración taxativa de los desaciertos que convirtieron en déficit loque fuera superávit, mencionaré los que considero de mayor relevancia: No se comprendió lanecesidad de mantener un alto nivel de superávit como una estrategia para reducir la deuda ymantener elevado el tipo de cambio sin generar tensiones sobre la política monetaria que debíainstrumentar el Banco Central. El costo aproximado de este error fue una pérdida equivalente acinco puntos del PIB en seis años. El superávit financiero en 2004 era 2,6%, y el déficit estimado–con prudencia– para este año supera el 2,5%.

No se manejó el gasto público con un criterio anticíclico. En los años de alto crecimiento de laactividad económica y de la recaudación debió constituirse un fondo de reserva fiscal (anticíclico)que permitiera financiar, alternativamente, una reforma tributaria o el Presupuesto en los años dedesaceleración en los ingresos. Contrariamente, en los últimos cinco años el gasto real creció el16% más que el PIB y los recursos.

No se impulsó una política tributaria en favor de la inversión y una mejor distribución delingreso. Se consolidaron impuestos distorsivos, tales como el impuesto a los débitos y créditosbancarios; se aumentaron gravámenes –como las retenciones a las exportaciones– que,administrados sin criterio de eficiencia económica y con exclusivo objetivo recaudatorio, sóloconsiguieron desincentivar la producción y las inversiones. Tampoco se hicieron modificaciones aexenciones largamente postergadas en el impuesto a las ganancias.

Se regresó a la vieja y mala práctica de financiar gasto público con impuesto inflacionario altransferir al Tesoro nacional –en concepto de ingreso corriente– utilidades norealizadas del Banco Central. Los giros que por este concepto pueden realizarse durante este añoson equivalentes a un nuevo “Fondo del Bicentenario”.

Se ha creado una forma de imposición sobre los trabajadores y los jubilados. El Tesoro nacionaltoma como ingreso corriente las utilidades que genera el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de laAnses que deberían capitalizarlo. Esta es una apropiación indebida, ya que este fondo se sustenta–además de los impuestos afectados– de los aportes y contribuciones de lostrabajadores, y su finalidad es hacer frente a los compromisos que demandan las futurasjubilaciones.

Finalmente, al no tener –por propios desaciertos– acceso a los mercados voluntariosde capitales, se acude a los peores mecanismos de financiamiento: las reservas del Banco Central,excedentes de la Anses, del PAMI, de los depósitos privados en el Banco Nación y de toda otra cajacon liquidez dentro del sector público.

Sobran muestras en nuestra historia sobre las consecuencias de un erróneo manejo fiscal yabundan las recomendaciones de destacados economistas al respecto. Vale citar, como ejemplo, lasafirmaciones del Nobel Joseph Stiglitz, quien en Economía del sector público, sin ignorar lasconsecuencias negativas de los ajustes fiscales, destaca que “la financiación mediantedéficit provoca una reducción de la inversión y, a largo plazo, de la producción y elconsumo”.

Más recientemente, y a propósito de la eurocrisis, el economista Nouriel Roubini considera que“si no se abordan los desequilibrios fiscales mediante reducciones de gastos y aumentos deingresos, sólo quedan dos opciones: la inflación para los países que pueden monetizar sus déficits;o la quiebra para los países que se endeudan en divisa extranjera”.

Si el Gobierno pusiera el mismo énfasis que utiliza al criticar ajustes ajenos en evitar lascausas que, tarde o temprano, provocan el propio, podríamos avizorar mejores perspectivas. Si no lohace, es hora de que la oposición política que tenga vocación de sucederlo vaya tomando cuenta delas actuales inconsistencias para consensuar la agenda futura.

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