•en la frontera

Tachame el Nobel

Tachame el Nobel
24-08-2026 | 19:24

Escribo al día siguiente, en un ciber con pool en San Ignacio, provincia de Misiones. Estoytrabajando para un programa de televisión sobre libros; vinimos un equipo de cuatro personas agrabar el capítulo sobre Horacio Quiroga. Tengo que actuar de mí mismo, lo cual es bastante difícilporque nunca supe bien quién soy. En este capítulo me pierdo en la selva, sufro algunas peripeciasmisioneras, paso por las ruinas jesuíticas y desemboco en la casa de Quiroga. Mi única condición,cuando acepté el trabajo, fue: yo no me disfrazo. Pobre iluso. Ahora tengo que embarrarme porque sesupone que me perdí en la selva, me dormí en el suelo entre víboras y hormigas carnívoras, y almenos tengo que estar sucio. No lo puedo hacer a medias, ya estoy metido en el baile, así que voy aun sendero entre las cañas detrás de la casa-museo y, pensando que es el fin de mi carrera deescritor, me zambullo en la tierra colorada, hago cuerpo a tierra, boca abajo, boca arriba, acá sevan más de diez años de reputación en el campo cultural, me digo, tachame el Nobel por favor. Hagocomo una especie de crol en la tierra, me enfango, entregado a la nostalgie de la boue. Soy uncomunicador, me repito, me debo a mi público y me sigo enterrando solo. O casi solo, porque degolpe, cuando parece que me estoy rascando el lomo en el piso como un perro pulguiento, veo que unaparejita de turistas culturales me está mirando. Hola. Hola, me dicen asustados.

Cuando me levanto ya soy otro. Una especie de Rambo famélico, camuflado, confundido con elfollaje, compenetrado con la naturaleza. Telúrico, selvático. Un porteño embarrado, un ex escritorque actúa de escritor. Sólo espero que la voz en off de la posproducción me dignifique. De todasformas, el programa sale el año que viene, las consecuencias vendrán a destiempo, cuando ya estépensando en otra cosa. Primero hacemos las tomas en las que llego, me dan agua, hablo con eldirector Néstor Ríos, que me dice algo interesante: acá Quiroga fue feliz. Ríos desarma la leyendaoscura de Quiroga y su cadena de suicidios familiares. Si acá Quiroga fue feliz, se puede entenderpor qué. La casa está sobre una barranca del Paraná. En la orilla de enfrente, lejos, se ve elParaguay. Hay algo majestuoso en el paisaje lleno de árboles y pájaros. Algo en el aire entusiasmay enloquece un poco, como se enloquece de a ratos el celular proponiendo promociones de telefoníaparaguaya. Estamos en la frontera. Después nuestra remisera platinada, Marilú o Mariluz (no oíbien) no para de hablar, nos cuenta que van a hacer una isla flotante en el río, habla de latranquilidad del pueblo, y nos va llevando al atardecer de vuelta al hotel, a la directora, a laproductora, al camarógrafo y a mí, rebotando en los baches del camino de tierra, con las ventanasbajas, entre mariposas amarillas que pasan altas arriba en el calor del verano que ya se hacesentir. Me deslizo un poco en el asiento. Estoy roñoso y contento, me hace bien ensuciarme, metranquiliza el espíritu.

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