Un hombre de campo no puede creer “que un ex presidente diga tantas pelotudeces”. Unpresidenciable regala su candidatura para que sus enemigos “se la recontra metan en el mediodel culo”. Una anciana acusa a una ex integrante de la Comisión Nacional sobre laDesaparición de Personas de “rata predadora” (extraña especie hasta hoy desconocida),porque desacuerda con las estadísticas que maneja.
Más fina, una presidenta latinoamericana se entrega a analogías exquisitamente disparatadas:“Secuestran los goles hasta el domingo aunque pagues igual, como te secuestran la palabra ote secuestran las imágenes, como antes secuestraron y desaparecieron a 30 mil argentinos”. Ycomo cree que le va bien por esa vía, a la semana siguiente insiste: “No se debe confundirlibertad de expresión con libertad de extorsión” y se considera víctima de“fusilamiento mediático”.
En el marco de una reunión de consorcio convocada para discutir temas de seguridad ytelevisada en directo por expreso pedido de uno de los copropietarios menos querido por los demás,la misma presidenta anuncia “la llegada de la televisión digital” promovida por elcopropietario más poderoso de la vecindad, como si se tratara de la colonización de un planetoidedistante por parte de la menguante inteligencia argentina y no de la mera multiplicación de lasfrecuencias aptas para la difusión de la abominable tortilla publicitaria.
No quiero darle largas al asunto: prefiero el desenfreno del lenguaje a la “formapuritana” de la crítica lingüística. Me conmueve hasta el tuétano la circulación loca, librey desenfadada de discursos totalmente impropios de actores políticos (todos ellos, siempre y pordefinición, obligados a medir sus dichos según las recomendaciones de asesores de imagen,encuestadores y corrientes partidarias internas). Es mejor que todos digan lo primero que a suslabios acuda para saber con qué imágenes lidiamos.
Se me objetará que nuestros niños, de ese modo, jamás conseguirán dominar diferentesregistros de expresión. Sea. Pero como es probable que esos mismos niños, gracias a la dilatada ysistemática acción de gobierno en ese sentido ya no sepan multiplicar ni escribir sin faltas deortografía, me parece un problema menor (casi como una broma más en la infinita llanura de loschistes).
Alguien supondrá que tales dichos se justifican por “el vértigo anómalo de la luchapolítica diaria y de sus exigencias desmesuradas”, como si viviéramos en la épicarevolucionaria de 1810 y no los atónitos años del Bicentenario, en los que la única premisa essalvar las empresas propias y hundir las ajenas.
Otros sugerirán que cuando no hay nada para decir (cuando las palabras carecen de toda fuerzacomo para desarrollar acciones), lo mejor es llenar ese vacío con palabras grandilocuentes quemantendrán entretenidos a los comentadores de palacio, una semana tras otra, tratando de desenredarla madeja que explique cada desatino y cada anacronismo.
Yo prefiero pensar que lo dicho (no importa lo que sea) no tiene el sentido del exceso(hipótesis oficialista) ni el de la falta (hipótesis opositora). Lo dicho tiene el sentidoinmanente a la frase y al lenguaje (incluido el exceso y la falta, que son sus caracteresdistintivos). Dejemos a los poetas y a los profesores de retórica el finísimo análisis de las cosasdichas y concentrémonos por un momento en los efectos de las cosas hechas (cada ley es, finalmente,un acto de lenguaje mucho más grave que los deslices terminológicos de las figuras más públicas dela Corte).
Ley de Servicios Audiovisuales: extorsión estatal en relación con los consumos de lossectores culturalmente más vulnerables (los otros no miran televisión y, si lo hacen, es parareírse). Sistema de televisión digital: transferencia de recursos a las fábricas de Manaos(Brasil), donde se fabricará el hardware necesario para la conversión. Proyecto de “leyGiorgi” de imposición impositiva a los artículos electrónicos que no se fabriquen en Tierradel Fuego (donde se producen los televisores y microondas más caros de América latina): exclusiónde los sectores populares del uso de tecnología.
O sea: secuestro de información (como antes secuestro de personas), fusilamientosinformáticos, extorsión popular, fortalecimiento de los aparatos de censura y un festín para loslobbys industriales más poderosos del continente.
Si la Ley de Servicios Audiovisuales incluyera el peritaje lingüístico entre las prioridadesdel Estado... Pero no sostengamos falsas esperanzas. Mientras tanto: tudo bom, tudo legal.

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