Todo ese jazz

En 1959, Julio Cortázar publica El perseguidor, su célebre cuento sobre Charlie Parker. El comienzo (“Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel”) anticipa un festival del pretérito perfecto y el lugar que tendrá el narrador, el crítico y biógrafo que admira y desprecia al músico, que lo ayuda y explota su amistad.

23-08-2026 | 06:32

En 1959, Julio Cortázar publica El perseguidor, su célebre cuento sobre Charlie Parker. Elcomienzo (“Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido enseguida al hotel”) anticipa un festival del pretérito perfecto y el lugar que tendrá elnarrador, el crítico y biógrafo que admira y desprecia al músico, que lo ayuda y explota suamistad. Es un cuento pastoso y un poco raro, que condensa episodios de la vida de Parker, aunquepor razones incomprensibles se lo convierte en adicto a la marihuana y no a la heroína, con laconsecuencia de que el cannabis termina teniendo efectos sobre la salud que ni las más ferocescampañas de moralidad le imaginaron.


En 1988, César Aira escribe su mucho menos célebre cuento Cecil Taylor. Publicado años mástarde en antologías colectivas, es uno de los primeros textos de un autor que casi no escribiócuentos. Aira vio siempre en Cortázar un antimodelo literario y su músico de jazz le sirve paraplantear una idea alternativa o antagónica del arte y los artistas. El Parker de Cortázar encarnacierto cliché romántico al que no fue tampoco ajeno Clint Eastwood en Bird: el músico intuitivo ydemente que no alcanza a comprender el alcance de su propio genio y vive obsesionado por labúsqueda de un absoluto mientras el narrador, condescendiente y burgués, lo pinta como un tipoirracional capaz de decir: “Yo empiezo a entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajomejor entiendo”.
Johnny no es más que un saxofonista tonto con un don, que en su primitivismo se maravilladurante los viajes en subte de que el tiempo pensado no coincida con el tiempo vivido. El pianistade Aira, en cambio, es lúcido y cultivado. En los trenes piensa en las paradojas de Zenón que lepermiten deducir que no será reconocido porque “nunca llegará a actuar ante un público cuyocoeficiente de sensibilidad e inteligencia haya superado un umbral”. Taylor es perfectamenteconsciente de lo que hace y descubre que ni siquiera el esnobismo logrará transformar su virtuosaexcentricidad en una mercadería vendible. Mientras Cortázar exalta a sus cronopios bohemios y a sushéroes revolucionarios, Aira ve en su personaje una excusa para coquetear con su propio destino,del que se conduele con elegancia: “En realidad el fracaso es infinito, porque esinfinitamente divisible, cosa que no sucede con el éxito.”


Tal vez convenga mirar esta cuestión desde otra perspectiva. En Green card, una película dePeter Weir de 1990, Gérard Depardieu hace de un pianista marginal cuyos oyentes piensan que laprofusión de notas disonantes que toca son una broma pesada. Algo parecido le ocurrió siempre aCecil Taylor, que necesitó muchos años para que el radicalismo de su free-jazz fuera al menostolerado. Pero no fueron solamente los críticos populistas los que lo defenestraban, sino colegascomo el idolatrado Miles Davis, un continuador de Parker cuya deriva hacia la innovación permanentelo llevó también a conocer el abucheo de los reaccionarios.
Pero Davis no es un vanguardista como Taylor –quien se estableció de entrada en uncamino personal y definitivo– sino otro romántico genial, modernista y ansioso. En suestridente Autobiografía, Davis liquida a Taylor con esta frase: “No me gustaron susplanteamientos. Era sólo un montón de notas tocadas por las notas mismas, porque sí”. Másallá de que la respuesta del pianista fue muy fina (“Davis toca bastante bien para ser unmillonario”), la música es un asunto complicado. Para un lego es muy difícil pararse frente aun disco de Cecil Taylor. Disfrutarlo requiere acaso de elementos adicionales a la mera escucha.Aunque Aira se pensaba de joven como Taylor, con el tiempo resultó un artista más fácil. A simplevista nos encanta y hasta nos damos cuenta de que es un escritor superior a Cortázar. Cecil Taylorno se reedita desde 1997, pero se consigue en Internet.

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