Algo está pasando en Córdoba. Primero fue la aparición de una novela extraña y sofocante comoBajo este sol tremendo de Carlos Busqued, que terminó finalista del premio Anagrama en 2008 ysorprendió a todo el mundo (salvo, claro, a algunos narradores cordobeses). Más cerca en el tiempo,la publicación del notable La hora de los monos, de Federico Falco (primer paréntesis: alguna vezaseguramos que el libro de relatos de Falco, junto a 76, de Félix Bruzzone, eran las doscolecciones de cuentos más destacables de los últimos años en la Argentina. Falco fue seleccionadohace un par de semanas por la revista Granta como uno de los veinte narradores más promisorios dela literatura latinoamericana actual; Bruzzone acaba de ganar el prestigioso premio literarioalemán Anna Seghers, “por sus cuentos densos e irónicos”, según subrayó el jurado). Y,ahora, acaba de editarse otro gran libro de relatos de un joven escritor cordobés: El asesino dechanchos, de Luciano Lamberti (San Francisco, 1978). Busqued, Falco y Lamberti no sólo se conocenentre sí, sino que trabajan un universo narrativo que tiene varios puntos en común. Debido a lohondo que supo calar una parte de la literatura estadounidense del siglo XX (desde las historias deFlannery O’Connor y John Cheever a los cuentos de Raymond Carver) en ciertos círculosliterarios cordobeses, un observador no muy avezado podría tomar a estos tres escritores como unasuerte de avanzada de la actualización del realismo norteamericano, algunas décadas después y en laArgentina. Pero precisamente lo más atractivo de la obra de cada uno de ellos es lo que hacen paradifuminar, para agrietar los límites de representación impuestos por una corriente que parecíaagotada hacía muchos años.
Con apenas nueve cuentos en menos de cien páginas (cinco de ellos, “El asesino dechanchos”, “El arquero”, “Agua viva”, “Monocigótico” y“La tortuga”, de un atractivo indudable), Lamberti abandona el campo de la poesía ydebuta en el de la narrativa de la mejor manera posible: ahí están sus personajes, envueltos enpenas sentimentales sin remedio, viviendo como parásitos de sus familias disfuncionales, saltandode un trabajo miserable a otro, tomando cerveza en largas y pesadas noches de verano, hablandohasta quedarse sin ideas, ni energías, ni anécdotas, y sabiendo que cuando el sol salga al díasiguiente nada habrá cambiado (segundo y último paréntesis: las editoriales independientes queapuestan por dar a conocer a buena parte de estos autores tienen una deuda con los lectores. Serindependientes no los exime de responsabilizarse de las múltiples erratas que un trabajo de ediciónmás atento podría remediar).
Los cuentos de Lamberti tienen algo del mal llamado realismo sucio americano, pero señalar esoes ya un lugar común: de la misma manera podrían ser leídos en relación a los ambientes extraños yoscuros que suelen tener los relatos de Patricia Highsmith. Porque si bien la verosimilitud, uno delos dictados del realismo, es sostenida a lo largo del libro, lo cierto es que las historias de Elasesino de chanchos se revelan mejor cuando son vistas desde cierta distancia. Como el espejo quedibuja el sol cuando cae recto sobre el asfalto de la ruta, o como cualquier objeto admirado através de las llamas del fuego: levemente borroneadas.






