Hay algo tenebroso en las notas sobre los premios Nobel: se parecen mucho a un obituario, aunqueel sujeto pueda hacer declaraciones. Para ponernos en contexto, tal vez una diferencia sea que sien lugar de ganar el Nobel Vargas Llosa se hubiera muerto, el humor en el pabellón argentino enFrankfurt habría sido mucho más alegre. De todos modos, funcionarios y escritores oficiales handeclarado que Vargas Llosa es un grande, que el premio enaltece a América Latina y que sus méritosartísticos no tienen nada que ver con sus ideas reaccionarias. Lo gracioso es que lo dicensinceramente: el laureado encarna la idea que tienen de la literatura y sólo lamentan que hayadejado de ser un progresista para transformarse en un liberal, en un enemigo de las dictaduras y delos gobiernos populistas, que hoy siguen lastimando a la región. Si se le aplicara la jergapresidencial, Vargas Llosa sería un golpista destituyente empleado de los monopolios, aunque elflamante Nobel siga denunciando el colonialismo o se oponga a las políticas autoritarias de Israelen Palestina, además de hablar pestes de los Castro y de los Kirchner.
En política no hay nada más noble que un experimento nunca realizado y Vargas Llosa tuvo unagran suerte en la vida: en 1990 se salvó de ser presidente del Perú. En buena medida, porque suscompatriotas, asustados por su arrogancia de intelectual, eligieron nada menos que a Fujimori. Laderrota le significó, a la larga un doble éxito personal: hoy está claro que el escritor era unmejor candidato pero no tuvo que ensuciarse las manos llevando a la práctica sus ideas sobre lasbondades del capitalismo en pleno auge de la globalización. Tuvo, además, el tino de no insistir enese tipo de aventuras.
Tengo mis reservas sobre la estatura de Vargas Llosa como escritor, aunque no me parece peor quealgunos Nobel recientes. Es un artesano laborioso, documentado, pulido, de una gran ambición, quese propuso pintar un gran fresco social e histórico y cuya obra atrasa un siglo. Para poner aprueba la hipótesis, releo Conversación en La Catedral, un libro que me deslumbró hace cuarentaaños, cuando yo era joven y me deslumbraban también García Márquez, Cortázar, Fuentes, Carpentier yotros integrantes del boom. Vargas Llosa envejeció un poco mejor que esos colegas y hoy tiene,además, la perspicacia y la modestia de reconocer en Onetti al mejor de sus contemporáneos. Perolas 750 páginas de Conversación en La Catedral son abrumadoras, aplastantes, rancias. Balzaciana ysartreana, cruel y sórdida, poblada de hijos en conflicto con sus padres, precisa a la hora dedescribir la corrupción en las bambalinas del poder, la novela mezcla vidas destinadas a terminarirremediablemente en catástrofes espantosas. El autor comparte con sus detractores de izquierda ycon sus panegiristas de derecha la visión de la literatura como un deporte de alta competencia cuyatorneo máximo es el Nobel y que para ganarlo se debe construir una obra esforzada, que dé cuenta deun número suficiente de desgracias. Las víctimas de esas desgracias son débiles, malignas ydespreciables, están construidas con el mismo barro que las dictaduras que les tocan y a las que elescritor denuncia para cerrar el círculo de su creación. “¿En qué momento se había jodido elPerú?”, se pregunta en la primera página el narrador de Conversación en La Catedral. Másinteresante sería averiguar en qué momento los escritores empezaron a creer que su trabajo debepartir de problemas cuya solución es alguna forma de dogmatismo. Comunista o liberal, lo mismo da,y por eso tantos enemigos políticos de Vargas Llosa no pueden evitar admirarlo. Comparten además,con él, la solemnidad y la hipocresía propias de una cultura que se organiza en torno a ferias,premios y ministerios.





