Tristes trópicos

Los argentinos, que cultivamos la milonga en contra del sambódromo, oscilamos entre dos terrores simétricos (e igualmente falsos), la inminente revolución o el golpismo en ciernes.

Tristes trópicos
23-08-2026 | 15:46

Los argentinos, que cultivamos la milonga en contra del sambódromo, oscilamos entre dos terroressimétricos (e igualmente falsos), la inminente revolución o el golpismo en ciernes (de lo cual,sospechamos, cada ley y resolución ministerial que se discute es un indicio claro). Ninguno de esosdos finales de la historia, sin embargo, nos tocará con sus pálidos dedos. Si preferimos sentirnosal borde de cualquiera de esos abismos y ponernos a gritar con toda la fuerza de la que son capaceslas aves de advertencia (los teros, por ejemplo) es para que no se note dónde están y dónde no loshuevos.

Un amigo que participa del entusiasmo por el balompié con una pasión inversamente proporcional ala que yo soy capaz de desarrollar por ese espectáculo de masas, se quejaba amargamente nochesatrás (en un restaurante croata al que habíamos ido para despedir el invierno) sobre la decisión delos organismos internacionales de deporte, que no sólo establecieron a Brasil como sede del mundialde fútbol 2014 sino que, además, consagraron a Río de Janeiro como la sede de los Juegos Olímpicosde 2016. Otro amigo, igualmente amargado, desdeña la existencia misma del gigante sudamericanodiciendo que eso no es un país sino una mera ocurrencia de los Braganza (la casa imperialluso-brasileña).

Yo recordé los años en los que se discutía si Buenos Aires debía aceptar o no la instalación deuna sucursal del Museo Guggenheim, que se resolvió (naturalmente) cuando los responsables delproyecto decidieron favorecer (o perjudicar, según se prefiera) a los cariocas, como un argumentomás a favor de la constatación abrumadora de que Brasil, esa entelequia, es capaz de quedarse concuanta cosa suelta ande dando vueltas por el mundo. Cité también las estancias de Lévi-Strauss enSan Pablo y las conferencias de Foucault en Río. Pensé en la cantidad de veces que me senté en laterraza del Hotel Gloria para ver aterrizar los avioncitos del puente aéreo en la Bahía deGuanabara y, como tantas personas en estos días de brasileñización del mundo, me pregunté cómo ypor qué habíamos llegado a ser tan pálido reflejo de aquéllos que siempre, en toda circunstancia,nos parecieron personajes simpáticos y mononeuronales que jamás podrían competir con nosotros enotra cosa que la organización de fastos carnavalescos. Algo debe de haber sucedido para que hoy nosestén vendiendo aviones o decodificadores digitales y organizando programas de formación doctoralbinacionales para los que nos contratan por el único talento que, comparativamente, todavía podemosarrogarnos: el atrevimiento (correlativo de una cierta capacidad de grito).

En uno de sus libros más notables, Tristes trópicos, Lévi-Strauss comparó la tropicaliaamericana (Brasil) con la asiática (India). El creyó ver que el costado americano de esa franja delujo representaba el futuro de la humanidad (es decir, de Europa), mientras que la India era encambio el pasado agónico de la especie, hundida bajo su propio peso y su miseria, directaconsecuencia de una relación invasiva con el territorio. Lévi-Strauss creyó ver en el delicadoequilibrio entre habitantes y kilómetros propios de la Amazonia y sus zonas aledañas un modelo demundo.

La burguesía brasileña (o los herederos de los Braganza, si nos ponemos muy conspirativos) nopensaba, con seguridad, del mismo modo, y por eso se entregó a estimular el crecimiento descomunaldel mercado interno de Brasil, país que en pocos años (los que dura una vida) multiplicó variasveces su población y, consecuentemente, sus industrias.

Hoy Brasil está lanzado a convertirse en la quinta economía mundial en pocos años, a desterrarlos escandalosos índices de desigualdad que caracterizaron su proceso de desarrollo (el“modelo” brasileño) y a mejorar la calidad de su sistema educativo que, a diferenciadel nuestro, se preocupó antes por la educación superior que por la educación universal.

Mejor nos iría si, de cara al Bicentenario, reconociéramos de una vez por todas que la historia,lejos de terminársenos (de un modo o de otro), nos pasó por encima ya varias veces y que no haynidos ni huevos que esconder con tanto escándalo.

Vuelvo a proponer, como años atrás, la consigna “Agora anexao” y a suplicarsecretamente que los Braganza decidan considerar a nuestra triste patria como “O Estado doRio da Prata do Sul”. Después de todo, si las naciones son construcciones históricas, lanuestra ha demostrado ya suficientemente su incapacidad para lidiar con nuestrasimposibilidades.

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