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Turismo horror

24-08-2026 | 17:32

La representación de la catástrofe es –más allá de toda moral– irresistible a losapetitos del alma, siempre confundida. Porque en la catástrofe, a diferencia de la tragedia, losacontecimientos suceden a una velocidad tal que entierran sus causas, y devienen puro efecto. Yesto fascina al ojo: saltar la valla de la razón y enfrentarse a las cosas como si éstas notuvieran propósito.

La puesta en escena de lo catastrófico nace junto con la idea de representar. Si bien losgriegos se disfrazaron el procedimiento bajo la coartada de la tragedia, en los clásicos yacoexisten elementos trágicos y catastróficos. En la tragedia, las cosas avanzan hacia su propiadestrucción, merced a una flaqueza de espíritu del protagonista, algo a lo que no puede poner frenoy que lo destruirá: su ambición (Macbeth), su resentimiento (Ricardo III), sus celos (Otello),incluso su amor (Julieta). Tal clasificación supone un ingrediente moral: la “flaqueza deespíritu” dependerá de cuáles sean nuestras mejores creencias. En la catástrofe, en cambio,la moral está anulada. Las cosas desbarrancan porque sí, sin que nadie haya flaqueado.

Si la representación de la catástrofe es muy gozosa (sobre todo en tanto sea“representación”), me quedan más dudas acerca de la espectacularización de lacatástrofe.

Vean por caso: los mineros chilenos siguen bajo tierra. Me corre un frío por la espalda cuandoescribo “vean por caso”. ¿Es moral que esas vidas sean un “caso” en unacolumna sabática? Además de intentar rescatarlos en unas cápsulas diseñadas ad hoc, levantarles lamoral o darles esperanzas, otras actividades comienzan a mostrar cuán compleja es el alma. Pareceque en cercanías de las minas (si hemos de creer el mito que corre) organizan excursiones paramostrar al público cómo es estar enterrado en los túneles. Esto, que podría darnos asco, es tambiénmuy fascinante. Estuve una vez en Gales, y la excursión más memorable fue la de Pwll Mawr, lalegendaria mina de carbón de Blaenavon, que la Thatcher cerró en los 80 para dejar a millares demineros en la calle. La excursión consiste en bajar por los túneles y escuchar de boca de losguías-mineros cientos de maneras distintas de morir en horas de trabajo. Te obligan a dejarencendedores, relojes, celulares, esperanzas, cualquier cosa que pueda hacer chispa. En las minaspuede haber fugas de gas, derrumbes, inundaciones, falta de oxígeno (un canario en una jaula oficiade testigo) y más calamidades que hacen las delicias de los turistas.

No dudo del valor de estas delicias. Después de todo, en las ficciones y en el turismo queremossuprimir la razón. La vocación de minero es inexplicable. Los desempleados galeses añoran el pasadode riesgo, de coraje, de vida miserable que dejaron con el cierre. Hablan con lágrimas en los ojosde sus abuelos y padres mineros, todos muertos de manera escandalosa. Tal vez sean esas mismaslágrimas, emanaciones inexplicables de la ignota sustancia de la que está hecha el alma humana, lasque vierten mineros y familiares chilenos. Y ahora –también– turistas.

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