Un escritor serbio

Cómo llegamos a conocer un libro? ¿Cómo damos con un autor, un texto, una obra? Es una buena pregunta para la sociología de la literatura y de hecho, en la herencia de Bourdieu, hay más de un escrito sobre el tema.

Un escritor serbio
23-08-2026 | 06:32

Cómo llegamos a conocer un libro? ¿Cómo damos con un autor, un texto, una obra? Es una buenapregunta para la sociología de la literatura y de hecho, en la herencia de Bourdieu, hay más de unescrito sobre el tema. Recuerdo alguna vez haber leído una tesis de doctorado (de una estudiantedirigida por un profesor que a su vez había sido discípulo del propio Bourdieu… ¡Ah, lareproducción!) en la que trazaba una impresionante tipología de las formas de acceder un libro: apartir de una reseña en un diario, por el atractivo de la tapa, por haber sido publicado en unaeditorial prestigiosa, por el precio, por el título, por el tema, por recomendación de alguien (asu vez este punto se dividía en nuevas subtipologías sobre las distintas modos de legitimidad deacto de recomendar: por un librero, por un amigo, por un profesor) y muchos otros modos más, hastacompletar las casi 500 páginas que el sistema universitario francés exige contra entrega de unatesis de doctorado. Es curioso, pero en ningún lado aparecía “por azar” (la ilusiónúltima de la sociología es abolir el azar, lo que la pone en conflicto con la literatura, con elacertijo de Mallarmé: “Ningún golpe de dados abolirá jamás el azar”).

Lo cierto es que yo conocí la obra de Svetislav Basara un poco de casualidad (la influencia delazar siempre es así, un poco…). Hace unos meses, tenía una cita con Brigitte Bouchard,editora de la muy buena editorial canadiense de lengua francesa Les Alusifs, que estaba de pasajeen Buenos Aires. Mi intención era recomendarle a un autor argentino que extrañamente aún no estátraducido, siendo que aquí es casi celebridad entre lectores, críticos y admiradoras. La cita erapara un día (digamos un martes). El día anterior (el lunes) yo me encontraba por azar en el bar deuna librería, cuando de repente apareció un grupo de editores extranjeros, entre los que estabaBouchard. Así que, imprevistamente, nos pusimos a charlar, y antes de irse, sacó del bolso Perdudans un supermarché, de Basara, y me dijo algo así como “era para otra persona, pero meparece que a vos te puede llegar a interesar”. Efectivamente, me interesó.
Svetislav Basara nació en 1953 en Bajina Basta, Serbia, y es una de los más agudos novelistascontemporáneos. Hasta donde sé, se mantiene aún inédito en castellano, aunque fue traducido a otrosidiomas como el inglés y el alemán. En francés, Les Alusifs publicó tres novelas: la ya mencionadaPerdu dans un supermarché, Guide de Mongolie y Le miroir fêlê. Hay en Basara un pensamiento sobreel humor, el absurdo, y el vacío que recuerda a Kakfa, pero en clave posmoderna: Kafka cruzado conSeinfeld, con las sitcom de enredos. En Guide de Mongolie un escritor –que viene de un“país de mierda”– reflexiona sobre el exotismo en el límite entre la parodia y laautoayuda (en eso se parece a Levrero). Y en Le miroir fêlê postula que el hombre no desciende delmono, sino de la nada. Y así se podrían seguir dando ejemplos, muestras de una ironía donde elcentro de la narración –y del sentido– es un inmenso Big Bang, un agujero por el que secuela toda intención positiva, cualquier vocación bienpensante. Instalado en el borde del romanphilosophique, jugando siempre del lado de la farsa y lo risueño, si hay algo que caracteriza aBasara es obviamente el estilo. Una escritura zumbona, distanciada, casi fría, como si ya estuvierade vuelta de todo, como si el texto estuviera guiado por una secreta arbitrariedad. Así empiezaPerdu dans un supermarché: “¿Qué sentido tiene la cronología una vez que ya pasaron lascosas? Por eso comienzo por cualquier parte: Gruber tenía tres hermanos. Ninguno de ellos tieneimportancia en esta historia”. Es que la escritura de Basara se pregunta, como pocos en laliteratura actual, sobre lo que es importante en un relato y lo que no. Como escribe en esa mismaprimera página: “Los hechos no tienen nunca importancia”.

También en Perfil