Un maestro del pasado

24-08-2026 | 14:57

Basta hojear cualquier suplemento cultural para advertir que el canon literario en el que nosmovemos fuera del castellano es abrumadoramente anglosajón, con una minoritaria presencia francesa.En ese contexto –que no es sólo argentino– la literatura en lengua alemana es un objetoextraño: parcialmente sepultada, no se sabe bien qué pensar de ella. El caso de Leo Perutz esparadigmático. Si uno mira la contratapa de su novela El maestro del juicio final en la edición de2004, descubre una serie de elogios desconcertantes que intentan vender el libro como un policial,una obra de suspenso, un relato fantástico, una proeza de transparencia narrativa y como “unacombinación entre Agatha Christie y Kafka”.

Leopold Perutz, descendiente de judíos españoles, nació en Praga en 1882, un año antes queKafka. Ambos trabajaron como empleados de la Assicurazioni Generali a partir de octubre de 2007,aunque Perutz lo hizo en la sucursal de la empresa en Trieste y en carácter de actuario, ya que eraun destacado matemático. Con el tiempo, Perutz se transformó en vienés, en asiduo concurrente delos cafés y en escritor. Su carrera incluye quince novelas, además de relatos y obras de teatro. Laanexión de Austria al Tercer Reich lo obligó a emigrar a Palestina, de donde volvió desencantadoante la expulsión de los árabes por parte de los judíos. “No sirvo a ningún príncipe, y nopertenezco a ninguna ciudad, ningún país, ningún reino”, le haría decir Perutz a Da Vinci enEl Judas de Leonardo, terminada pocos días antes de morir, en 1957. Perutz había sido un escritorpopular antes de la guerra, pero después de ella su nombre fue cayendo en el olvido salvo en BuenosAires, donde el elogio de Borges facilitó la publicación de algunos de sus libros.

Aunque Perutz volvió a ser leído y estudiado en décadas recientes, la perplejidad crítica frentea su obra persiste. En todo caso, Perutz tenía muy poco que ver con Kafka y nada con AgathaChristie. Alguna vez Walter Benjamin dijo que sus libros eran “buen material para leer en lostrenes”, lo que provocó la ira del escritor, acaso mucho más contento con la opinión deTheodor Adorno, que hablaba de El maestro del juicio final como una genialidad, una calificaciónque no resulta exagerada. La novela, que podría haber sido escrita por Stevenson después de leer aFreud, es una obra maestra en el uso de la falsa conciencia del narrador y no debe haberledisgustado a Nabokov. Pero si uno quiere agregar más motivos de desconcierto al retrato literariode Perutz, debe consignar la opinión de Robert Musil en sus Diarios, en el sentido de que Perutz esuno de los creadores de la “literatura periodística”, lo que hace pensar en esascrónicas sin sustancia embellecidas por el oficio de la escritura. Pero Musil lo decía en elsentido exactamente opuesto: “Un estilo narrativo sobrio, exacto, que desplaza a losfolletines y tiene un gran mérito del que puede vanagloriarse con razón”.
Si algo queda desmentido al leer a Perutz es su afiliación banal al género, ya sea elpolicial, el terror fantástico o la novela histórica. Por un lado, sus libros están documentadoscon un rigor que asombra (es muy curioso que este personaje civil, urbano y contemporáneo parecierasaberlo todo sobre las técnicas agrícolas y los asuntos militares del pasado). Por el otro, seestructuran a partir del choque entre ese mundo material cuyo funcionamiento económico, social ysexual es retratado con precisión maníaca y un orden espiritual de naturaleza indefinida, pero deuna ferocidad implacable. El dualismo de Perutz recuerda al de Jacques Tourneur, cineasta oculto ysingular con el que compartió cierto tratamiento de la culpa, la memoria, la identidad y elestremecedor tema del doble, autor de Out of the past, un título que bien podría describir la obrade Perutz.

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