Vivió cuarenta años en la misma casa de siempre, y no obstante le decían “Gitano”.Basta esta referencia, amén de otras tantas posibles, para notar hasta qué punto podían conjugarseen él la potencia de lo que es con la potencia de lo que se significa. Mantuvo intacto el brillo dela aventura nómade incluso quieto allí, en ese palacio para sedentarios que erigió en algún lugarde Banfield. El país por estos días se divide claramente en dos partes: la de aquellos que le dicen“Sandro” y la de aquellos que le dicen “Roberto”. Porque, como bien haseñalado Matilde Sánchez en Clarín, hay muchas mujeres que lo nombran diciendo Roberto, y esoporque lo conocieron bien de cerca; esto es, desde la fila uno de sucesivas plateas en sucesivosteatros, mirando embelesadas hacia distintos escenarios donde cantaba él.
Otras figuras, para situarse, han tenido que optar por uno de dos papeles: el de espososejemplares o el de mujeriegos empedernidos. Sandro lograba representar las dos cosas al mismotiempo: perfectamente nómade y perfectamente sedentario también en lo atinente al amor. Porque escierto lo que señaló Jorge Fernández Díaz en La Nación, y es que el sentido de su trayectoriapareció llevarlo del pecado de la pelvis meneada al equilibrio de la redención en lo correcto. Perono es menos cierto, creo yo, que su singularidad en buena parte consistió en haber impregnadosiempre una cosa con la otra. No tuvo que optar, como otros, entre el recato y la disponibilidad:combinarlos fue su hallazgo y su destreza.
Presiento que este aspecto habrá tenido una fuerte significación allá por los años sesenta.Porque el lastre de las represiones religiosas escindían como siempre en mundos tremendamenteopuestos el amor sentido por un lado y la libertad sexual por el otro; pero a la vez los férreosmandatos de la liberación sexual podían a menudo sugerir oposiciones finalmente análogas, aunquecon valoraciones contrarias. Y Sandro en cambio sumaba lascivia con sentimentalidad, romanticismo ycalentura. Esas señoras a las que él llamaba “nenas” acaso le agradecían la revelaciónde esta combinatoria cuando, madres y esposas y a la vez desenfrenadas, le tiraban febriles susbombachas al escenario. ¿Qué le pedían, que se acostara con ellas? Sí, y también que se casara. Leagradecían, y todavía le agradecen, la superación de la dicotomía cultural entre el atildamientodel marido asexuado y la fiereza del varón indomable (la dicotomía entre Palito Ortega y CachoCastaña, para decirlo brevemente) y les ofrecía a cambio la dicha sensorial de una síntesissuperadora.
Como tiende a suceder con las expresiones de la historia y de la cultura argentinas, Sandro seconstituyó en un juego doble de importación y exportación: fue primero “el Elvis Presleyargentino” para poder después ser “Sandro de América”. Y a eso le agregó, de unamanera también muy característica, una dosis proporcional de cultura popular de suburbio, y fue unloco lindo de la zona sur. Esta articulación específica de incorporación de lo ajeno, expansión delo propio y un aire de mitología barrial, que está por caso en el tango y está también en el fútboly está también en Borges, aparece por fin, a su manera, en la consagración mediática de Sandro.
Su muerte en nada se parece a la de Carlos Gardel. Esa confusión la alentaron dos que basan supopularidad en el intento de anular quirúrgicamente toda huella de paso del tiempo (hablo de Mirtay de Susana, por supuesto). Gardel murió joven, congelado en su esplendor y su apogeo y sin nuncaincurrir en decadencia. Sandro tramó en cambió una hazaña bien distinta, que fue lograr que ladecadencia pasara de algún modo a formar parte del esplendor y del apogeo. Descubrió que el sacudónde pelvis no perdía su eficacia si incluía también algún sacudón de panza; que la agitación sensualde otrora podía continuarse y resolverse en la agitación contemporánea por el déficit en elsuministro pulmonar. También en eso fue el Elvis Presley argentino, y no un Gardel: sumó canas alas patillas y varios kilos al contoneo y demostró que podía superar también la dicotomía entre lacumbre eterna y el declive, colmando de cumbres el declive, inscribiendo la eternidad del mito enel propio paso del tiempo, y no más allá.
Volcado al género melódico, saturó como corresponde las metáforas del corazón, y vino a morircon el corazón de otro, víctima final de la literalidad. Su muerte determinó la inmediata sensaciónde que el resto de la realidad había menguado, o que importaba un poco menos.





