•maradona, la derrota y el sindrome del triunfalismo

Un país donde muchos necesitan ídolos, aunque sean de cartón

Miles de argentinos fueron a Ezeiza a vivar a Diego Maradona y sus jugadores y muchos más quieren que siga al frente de la Selección de fútbol, a pesar de su desempeño en el Mundial, donde fue goleada por Alemania en cuartos de final. Para el sociólogo Manuel Mora y Araujo, se trata de un vivo ejemplo del síndrome del triunfalismo que afecta a nuestra sociedad desde hace mucho tiempo. “Hoy parece chiste, pero no hace tanto tiempo se hablaba de la ‘Argentina potencia’”, recuerda. En su opinión, esa actitud niega la realidad y se refugia en ficciones como creer que a Maradona le fue bien en Sudáfrica.

24-08-2026 | 14:56

El triunfalismo es un rasgo en el que los argentinos nos renocemos muy bien. Somos el país conpeor desempeño en el mundo en el último medio siglo –no sólo en lo macroeconómico, también enlo social, educacional y cultural–; pero muchos nos creemos en posición de dar consejos a losdemás. Esto no es sólo de ahora ni de este gobierno. Solo un triunfalismo rayano en la demenciapudo llevar a las Fuerzas Armadas y a gran parte de la sociedad y de su dirigencia política apensar que podíamos vencer militarmente a Inglaterra en las Malvinas.
Hoy parece chiste, pero no hace tanto tiempo se hablaba de la “Argentinapotencia”, en serio. En Brasil se dicen o melhor do mundo, pero es en broma, allí se ríencuando lo dicen; acá no lo decimos, pero lo creemos.
El triunfalismo desatado con el regreso de nuestro Seleccionado del Mundial de Sudáfrica esmenos dramático, pero por eso mismo más sorprendente.

Lo que se dice. Justificando el brote de triunfalismo negador que asomó en la sociedad el díadel regreso del plantel de Sudáfrica, se dice que estos muchachos, y su director técnico no tanmuchacho, dieron todo de sí y eso merece nuestro aplauso entusiasta. Los jugadores dieron todo desí; hasta quienes estuvieron en el banco dieron mucho –algunos de ellos bien pudieron estaren el campo–. Pero no obtuvieron buenos resultados.
Se dice que a Maradona hay que perdonarle todos sus errores estratégicos y tácticos en esteMundial –Eliminatorias incluidas– en mérito a las alegrías que nos brindó durante sucarrera de jugador activo. Y que en este Mundial demostró liderazgo y supo contener afectivamenteal equipo.
Se dice que el plantel dio todo de sí y no consiguió un buen resultado por factoresfortuitos. Se dice que una derrota por 4 a 0 puede ser producto de un mal día, de una contingenciadesafortunada. Se le pide a Maradona que por favor “aguante” y se le expresa gratitud;que vale más la intención que el resultado. Se dice que los jugadores están deprimidos pero cuandose les pase, comprenderán que se merecen una recompensa. Se dice que con sólo unos pocos retoquesdemostraremos lo que somos. (¡Hace dos años lo venimos demostrando! Y sólo hubo retoques).
También se dicen cosas negativas; muchas de ellas las dicen los comentaristas de la prensa;otras, distintos voceros. Por ejemplo, se dice que “acá hay muchos intereses en juego”.Se dice que Maradona está donde está porque es un negocio de Grondona.
Lo que se dice siempre es la otra cara de lo que no se dice. La otra cara del triunfalismo esque el desempeño argentino en el Mundial no es ejemplo de nada y no merece nuestro aplauso. Losjugadores son muy buenos y eso es mérito de ellos; pero perder como se perdió no es un mérito.
A Maradona hace tiempo que no hay que perdonarle nada, aunque no por eso habremos de olvidarsu trayectoria excepcional cuando jugaba en la cancha. Por esa trayectoria merece un sitial–de hecho, lo tiene en todo el mundo– pero no está para que admiremos su conducta ni suvida ni mucho menos para que se depositen en él desafíos y responsabilidades que no está encondiciones de ejercer.
Perder 4 a 0 en cuartos de final de una Copa del Mundo no es fortuito, no es producto decontingencias desafortunadas; es una evidencia de lo que no funciona, que se pone de manifiesto noante rivales de menor jerarquía sino en las situaciones más exigentes. El Seleccionado ya habíasufrido en las Eliminatorias goleadas bochornosas; tampoco demostró nada rescatable en losamistosos previos al Mundial. Haber sufrido esas derrotas es el resultado del pertinazmantenimiento de los errores y la falta de criterios razonables para armar un equipo ajustado a losrecursos con los que se cuenta. No son aspectos menores que se mejorarán con una pequeñacorrección.

Lo que subyace. La abnegación, el espíritu de lucha, el esfuerzo sin límites buscando unresultado o un objetivo son conductas que a veces mueven a la admiración. El triunfalismo no eseso, es negación; y la negación de lo que sucede no es admirable, como tampoco lo es no pelearhasta el final, no rectificar el rumbo cuando se advierten errores, no estar a la altura de lascircunstancias.
El triunfalismo después de la derrota es un reflejo de una sociedad que no premia losresultados sino la picardía y las ventajitas; que no recompensa a sus estudiantes esforzados nicastiga a los haraganes; que no exige a sus docentes ni los evalúa, que convive con ñoquis en laadministración pública porque finalmente ellos engrosan los ingresos de muchas familias; que nojerarquiza a sus empleados; que no considera esperable que lo que la gente cobra por su trabajoesté asociado a su productividad. Muchos argentinos vivimos de apariencias e ilusiones. Muchos,muchísimos argentinos, necesitan ídolos, aunque sean ídolos de cartón. No buscan personajesparadigmáticos de algunas virtudes sobresalientes, sino prototipos exagerados de la viveza criolla,de la seducción, del carisma, de la transgresión y de algunos virtuosismos individuales. En lalínea de nuestros héroes frecuentemente semimarginales –al menos en el plano de los valoresmorales y cívicos– hoy está Diego Maradona. Fue un futbolista excepcional, pero tanto como suvirtuosismo en el juego se recuerda su memorable gol con la mano de Dios, su episodio en el Mundialde Estados Unidos, sus arrebatos con armas de fuego ante periodistas que lo molestaban, sus variosperíodos de cura con pronóstico reservado, sus reacciones inamistosas y muchas veces groseras enlas conferencias de prensa.
Lo que subyace es un patrón recurrente en la conducta colectiva de los argentinos: el vaivénsin límites, de exageración a exageración entre los extremos, que llevó a que gran parte de lapoblación abjurase de Maradona a partir de su insólita designación al frente del Seleccionado, aque maltratase a Messi por su desempeño declarado inefectivo, a perder toda estima en el equipo queparecía encaminado a no clasificarse, y llevó luego, ya en Sudáfrica, a que por unos partidosdeslucidos pero con buenos resultados se restituyese el triunfalismo y de nuevo la exaltación delsupremo conductor Maradona. Hasta el punto –tan incomprensible que justifica este tipo deanálisis– de ensalzar su fracaso y reclamar su coronación virtual como rey de… La“derrota honrosa”.

La vuelta del Mundial y la política. Muchos piensan que esas cosas se justifican o toleran porrazones políticas. La intervención de la Presidenta sin duda politizó esta historia. Pero una cosaes lo que dice o hace la Presidenta y otra, lo que piensan y dicen los demás. Hay quienes creenpercibir una historia lineal: parten de una premisa anterior, que si la Argentina hubiese terminadoeste Mundial más dignamente, eso habría beneficiado políticamente al Gobierno. Algo que está lejosde ser evidente. Cierto, muchos imaginaban la escena culminante de la película: Cristina yMaradona, saludando desde un balcón de la Casa Rosada a las masas desbordantes de exitismo; y,después, el final –feliz para el oficialismo, dramático para los opositores– de unacosecha de votos en octubre de 2011, proporcional a ese brote de entusiasmo desbordante. Esahistoria que algunos perciben no tiene fundamento. ¿De dónde se concluye que millones de personasque hoy no están predispuestas a votar al oficialismo cambiarían sus propias percepciones y susvaloraciones de este gobierno porque al Seleccionado le hubiera ido bien en Sudáfrica? ¿Mejoró enalgo la imagen del gobierno de Alfonsín cuando la Argentina ganó el Mundial de México? ¿Mejoraronlas perspectivas del gobierno militar en 1978, campeones jugando de locales, multitudesenfervorizadas –y aquellas sí eran multitudes espontáneas–?
Los éxitos y los fracasos deportivos producen fuertes impactos en el ánimo colectivo–generalmente, por poco tiempo–. Que influyen en los procesos políticos es unaconjetura muy difundida pero poco plausible. Que el Gobierno argentino, que todavía no encuentra elcamino para consolidar su posición electoral –hasta ahora insuficiente para aspirar a untriunfo seguro en 2011– pueda haber imaginado que el Mundial le caería como un regalo delcielo, sobreestimando sus eventuales efectos, es posible; y que, en ese camino, haya tenido unfugaz destello de ilusión en que, contribuyendo a la idealización de Maradona, también la derrotapodría ayudarlo. Pero si en el Gobierno se pensó así, se pensó mal. No hay evidencias de que esosuceda. Y en sectores opositores al Gobierno se pensó lo mismo.
Parece evidente que la mayor parte de los jugadores que integraron la Selección nacionalvolvieron desanimados y no se sienten triunfadores de nada. Posiblemente muchos argentinos estángenuinamente convencidos de que perder 4 a 0 en los cuartos de final es encomiable, que jugar maltodos los partidos es digno de admiración y que la penosa –y casi milagrosa–clasificación en las Eliminatorias es algo memorable. Son argentinos que padecen el síndrome deltriunfalismo, como tantos los ha habido. La Presidenta, por lo que parece, busca capitalizar lossentimientos de esa parte de la Argentina. Los barrabravas que fueron a Sudáfrica y fueronexpulsados de allá, los que fueron a Ezeiza a esperar el regreso con estrépito, son parte de esaArgentina.
Pero nada de eso alcanza para anular la realidad: la Argentina fracasó estrepitosamente enSudáfrica, no tiene nada que celebrar. Y muchísimos argentinos lo ven de esa manera.

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