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Una búsqueda disparatada

Todo buen crítico o periodista cultural debería dejar en claro, de manera explícita o implícita, desde qué lugar escribe o comenta un libro.

23-08-2026 | 00:08

Todo buen crítico o periodista cultural debería dejar en claro, de manera explícita o implícita,desde qué lugar escribe o comenta un libro. En este sentido, resulta ejemplar el comienzo de lareseña que el escritor Jordi Carrión publicó hace un tiempo en el diario ABC sobre el libro decuentos La fe ciega de Gustavo Nielsen. El artículo empezaba con una declaración de principios:“La posición del lector es fundamental: de ella depende todo. Mi posición tiene coordenadaspreviamente delimitadas, que cuentan no obstante con un margen de flexibilidad, el necesario paraajustarse a una perspectiva que permita enfocar la cartografía propuesta por el otro creador, elautor del libro que se está leyendo. Mis coordenadas se podrían resumir así: la literatura que meinteresa construye herramientas de conocimiento, es exigente con el lenguaje y se plantea como un apriori fundacional la consecución de lo nuevo”.

Más aún si, como en este caso, el autor del libro a comentar es un amigo. Conocí a HernánBrienza (Buenos Aires, 1971) en la redacción del viejo diario PERFIL, en 1998. Los dos trabajábamosen la sección Policiales de aquel diario. El venía con alguna experiencia previa y paseaba por lospasillos su eterna figura de antihéroe: era un tipo que ya hacía gala de cierta erudición librescay de una notable porción de saber barrial. En los pocos meses que duró aquella aventura editorial,Brienza se hizo tiempo para escribir un ejemplo de lo que debe ser cualquier gran notaperiodística: la noche que se coló en la morgue y vio el cadáver de Alfredo Yabrán. Diez añosatrás, Brienza no había publicado libros: hoy tiene más de una decena. El último se llama Losbuscadores del Santo Grial en la Argentina.

No creo que Jorge Lanata acierte, al escribir en el prólogo del libro, que el tono de Brienza“evoca las novelas de aventuras de Osvaldo Soriano o Jorge Fernández Díaz”. Básicamenteporque lo atractivo de este relato disparatado es que las teorías y los personajes que desfilan enél son reales. Brienza no es escritor, es periodista, y lo que aquí construye es la crónica (o laanticrónica, para ser más precisos) de una persecución: la de una historia que se resiste a sercontada, por lo inverosímil de sus argumentos, y por el fastidio de un cronista que a mitad decamino decide abandonar la búsqueda. Se trata del origen y el peregrinar (¿mítico, legendario,histórico?) del Santo Grial, el cáliz que Jesucristo utilizó en la Ultima Cena y donde José deArimatea recogió su sangre al ser crucificado (que, según algunas hipótesis, podría estar escondidoen algún rincón de la Argentina).

Brienza descree de sus fuentes, es seducido por su ayudante en la investigación, a quienconvierte en personaje, se refugia en el conocimiento enciclopédico por sobre el trabajo de campo,que lo agota. Por momentos el libro se torna farragoso, al reproducir las divagaciones esotéricasque desde hace siglos se tejen alrededor del Santo Grial. Pero cada vez que se pone a narrar, lahistoria levanta vuelo una vez más. Tal vez su punto más alto esté en la construcción elegida paracontar esta historia, fragmentaria y digresiva: Brienza incorpora aquí de buena manera las formasdel discurso tecnológico (el chat, el msn, los mails), ya ensayadas por otros autores en obras deficción, pero no explotadas en todo su potencial, hasta ahora, por la crónica periodística.

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