Tal como viene medido el tiempo, parece que se está por terminar la década. Frente a talesnúmeros redondos, se fuerzan los balances, se piensa en generaciones, se cruzan acusaciones entrelos 90, los 70, los 2000. Se labran estadísticas. Y todo esto hace que, inevitablemente, uno sediga: ¿qué tengo que ver yo con estas mediciones que imponen las urgencias catastrales?
Fuere como fuere, no es ni un mal ni un buen momento para que el mundillo del teatro pretendasaldar una pesada cuenta pendiente: si los 90 fueron el enemigo de todo lo que es decente, ¿quévinieron a aportar los 2000? Varias revistas especializadas se dan cita alrededor de esta fogata.Veo mi nombre, mezclado con el de colegas, y disiento con casi todo lo que se dice que pasó o quepasa. No me refiero sólo a revistas locales (de las que destaco a la ultraindependienteFunámbulos), sino también a las más remotas: la revista alemana Humboldt, por ejemplo, movida porel mismo afán, se pregunta –y me preguntan– cómo es escribir teatro en épocas decrisis. Sonrío de costado. ¡Claro, los 2000 han sido para el mundo central, los años de la crisis!No saben que aquí, entre nosotros, el teatro de los 70, de los 80, de los 90 y por qué no de los2000 es un teatro de crisis. Descubro con refrescante lucidez algo muy elemental: hay culturas paralas que el teatro a veces, no es representación de un tiempo de crisis. ¿Cómo será eso? ¿De quécosas hablará esa representación que no ocurre en crisis? ¿Del bienestar? ¿De la confianza en lahumanidad? ¿De lo perenne?
¿Será ésta la maldita diferencia, siempre perseguida y nunca nombrada, entre el teatro argentinoy el de los otros? Aquí todo intento de representación obedece a la tácita obligación de hablar delo contrario: del malestar, de los fracasos del proyecto humano, de lo transitorio, de la vejez delo moderno, de la utopía negativa, del desastre que nos espera. Me pregunto si será característicadel arte de la representación, o si simplemente es porque vivimos de crisis en crisis.
No tengo espíritu estadístico. No me interesan las cartografías encuestables que retratanalgunas falsas oposiciones: teatro de arte vs. comercial, generación filicida vs generaciónparricida, teatro independiente vs. teatro oficial. También desconfío de las tomografías computadasdel estado del teatro porteño. No me interesa mucho saber cuál es la tendencia y –porende– señalar cuáles son los artistas excepcionales: los que, fieles a sí mismos, intentanofrecerse como antena orgánica de un tiempo que habla en ellos, más en sus contradicciones que ensus posibles especulaciones para inscribirse en la historia. Creo recordar que los espectáculos mássingulares de las tres últimas décadas (como los de los tres últimos milenios) han sido los queiban a contrapelo del statu quo. Y éste incluye, lamentablemente, las categorizaciones críticas(incluso estas pobres mías). En todo caso celebro aún, mientras pasan los años y el teatro se tornauna cosa más vieja, que algunas personas (creadores y espectadores) hayan construido este estatutomítico de nuestra modesta actividad. Muchos críticos del área pura y dura de la literaturacomienzan a aceptar que en el teatro (como en cierto cine), se están ensayando experienciasnarrativas y de relato (literal e histórico) que parecen estar en huelga en la narrativatradicional de la prosa. Muchos estudiosos extranjeros dirigen aquí su mirada: ¿cómo funciona, cuáles el secreto por el cual a los públicos argentinos les gusta tanto el teatro argentino?, ¿por quéestán tan llenas las salitas independientes, incómodas y minúsculas?, ¿qué se juega en esepacto?
Más allá de cualquier evaluación forzosa, el teatro está aquí. Ahora. Tal vez, no por muchotiempo más. Las discotecas se caen, y –con una lógica sofística– los teatros sonperseguidos por el gobierno de la Ciudad. El mismo que pretende apropiarse de la idea loca de queBuenos Aires sea capital del teatro hispanoparlante. ¿Cómo puede ser? Si ésa es la merecida famaque se ha ganado la ciudad, no es precisamente por las políticas de los teatros estatales, que sonpocos y hacen lo que pueden, sino por el hormiguero de personas que han pensado –más o menosestructuralmente– que en el teatro las crisis son combustible para producir otra cosa. Otracosa que –digan lo que digan, quienes pretenden discutir la utilidad concreta de lasartes– se llama de una manera muy simple: placer. El placer viejísimo de reunirse en el ágoraa hacer de lo íntimo lo público, de lo innombrable lo comunicado.




