Desde hace algunas semanas escucho a gente confiable recomendarme El hombre de al lado, la nuevapelícula de Mariano Cohn y Gastón Duprat. La dupla Cohn-Duprat viene mostrando, desde sus inicios,una sana voluntad de renovar formatos televisivos y cinematográficos, aunque con suerte dispar.Muchos recordamos ese objeto visual no identificado que nos deslumbró y se llamaba Televisiónabierta, esa suerte de reality freak guionado que llevaba el nombre de Cupido o, ya con un formatomás convencional, los Cuentos de terror en los que Alberto Laiseca leía a cámara clásicos delgénero, con sus bigotes teñidos de amarillo por la nicotina. Ya dentro del campo cinematográfico,Cohn y Duprat estrenaron en 2006 el documental Yo presidente, una buena idea no del todo lograda, yla película El artista, con Laiseca, Rodolfo Fogwill, Horacio González y Sergio Pángaro comoprotagonistas. Pero con El hombre de al lado acaba de suceder algo que la dupla no había logradoantes: saltar el mercado de nicho, seducir a un público amplio y ser reconocidos, al mismo tiempo,en festivales como el de Mar del Plata (mejor película), Sundance (mejor fotografía), Lleida (mejordirector) y Toulouse (premio del público). Es decir: la venia del público y la crítica al mismotiempo, algo que no suele suceder seguido.
La historia es sencilla: Leonardo (Rafael Spregelburd) es un prestigioso diseñador que vive enla Casa Curutchet de La Plata, la única que Le Corbusier construyó en América latina. Víctor(Daniel Aráoz) es el vecino que comparte medianera con él. Víctor decide de un día para otro que sudepartamento necesita un poco de sol, y no tiene mejor idea que abrir un agujero en la pared que dadirectamente al living de Leonardo. Todo lo que vendrá después es fruto de la colisión de dosmundos antagónicos: el confort, la ironía, el jazz, los autos de lujo, las cenas gourmet y lainfelicidad doméstica (una vida sexual nula, una hija adolescente con la que es imposiblecomunicarse) de Leonardo, frente a la música popular, la ropa de cuero, la decoración chillona y lasexualidad desenfrenada de Víctor. Una historia que, a priori, podría adaptarse sin problemas alcostumbrismo de un Campanella o un Suar, pero que Cohn y Duprat convierten en otra cosa a través dela fotografía (ese placer de espiar la Casa Curutchet en cada plano), la música (a cargo dePángaro) y, sobre todo, el guión y la construcción de los personajes.
El de Spregelburd es un hipster de manual: adulto joven de clase media alta, culto, de gustossofisticados, tan talentoso como banal. Pero si bien su actuación es destacable, sus intervencionesdesde el guión son un poco hiperbólicas. A veces es demasiado desagradable, demasiado cobarde,demasiado superfluo. El de Aráoz, en cambio, parece sencillo pero resulta mucho más complejo.Víctor es la pesadilla de cualquier propietario. Tiene frases tan ingeniosas e hilarantes que no esimprobable que queden en el imaginario del cine nacional. Y la interpretación de Aráoz, siempremedida (contenida y al borde de la explosión al mismo tiempo), da como resultado un personaje tanodioso como empático, mostrando una faceta desconocida del actor cordobés. En síntesis: una comedianegra que, por diversos motivos, se está convirtiendo en una de las sorpresas del año.




