•asuntos internos

Una historia de narcotráfico

24-08-2026 | 14:15

Si lo cuento como realmente sucedió nadie me va a creer, pero voy a hacer el intento. El sábado5 de junio me subí a un avión de Lufthansa que debía dejarme, después de 13 horas de vuelo y unacombinación, en Ginebra, en la mañana del domingo 6. A poco de despegar comencé a leer el nuevolibro de Cristian Alarcón, Si me querés, quereme transa, un relato del establecimiento y desarrollode las redes narcos peruanas en la Argentina. Conozco a Alarcón desde hace más de diez años y suprimer libro (Cuando me muera quiero que me toquen cumbia), como a muchos, me había sorprendido porsu velocidad narrativa enloquecida, por su enorme talento para contar la violencia desde el centromismo del lugar desde donde se la ejerce, por ser capaz de describir el mundo de los jóvenesdelincuentes sin dejar de señalar el origen del conflicto, de denunciar a las fuerzas que losreprimían, tanto o más corruptas que ellos. Así que podía abrir el libro con confianza, ysumergirme en esta nueva investigación que le había llevado a su autor más de cinco años detrabajo. A las dos horas de vuelo, antes de la cena, había leído las primeras setenta páginas y yaestaba metido de lleno en la historia de los clanes de Alcira, de los Reyes, de los Chaparro. Mástarde leí algunas páginas más, y cuando empezábamos a cruzar el Atlántico cerré el libro, puse unapelícula y al rato me quedé dormido con los auriculares puestos.

Me despertó la voz en inglés del capitán que pedía a los gritos un médico. Vi los bultos negrosde las azafatas en la oscuridad del avión pasar una y otra vez a la carrera por los pasillos. Nadiesabía muy bien qué sucedía, hasta que el capitán informó que teníamos que volver al continente yaterrizar de emergencia en Recife, Brasil. Que había un pasajero con problemas cardíacos y estabantratando de salvarle la vida. Minutos después me dormí, resignado, para despertarme cuando el avióntocó tierra brasileña. Al rato la voz del capitán dijo que el pasajero había muerto, y que teníamosque esperar a la policía forense, que debía hacer la autopsia y retirar el cuerpo: el hombre habíamuerto porque le había estallado una de las cápsulas de cocaína que traía en el estómago. La muertehabía sido una de las peores que se pueda imaginar: la sustancia diluyéndose pura en el torrentesanguíneo, colapsando los órganos internos del pasajero en medio de violentas convulsiones.Llegamos a Frankfurt con siete horas de retraso, conexiones perdidas, nervios, sueño, calor,desmayos y un pasajero menos.

Como no podía dormirme, la noche que pasé en Alemania seguí leyendo el libro de Alarcón, conrenovado interés. Allí, en la página 188, escribe: “Tomar cápsulas de látex rellenas declorhidrato de cocaína es peligroso. Si una de ellas estalla, si el material cede a los jugosgástricos y deja filtrar el contenido de los dedales, la muerte es casi segura”. Alarcón vanarrando la conformación de los clanes narcos en la Argentina: cómo y por qué cada uno de loslíderes, casi todos ellos peruanos, llegó a Buenos Aires. La transformación de amas de casa,albañiles, campesinos, ex militantes y guerrilleros en jefes de pequeños ejércitos que comprabanseguridad, hombres y la complicidad de la policía, jueces y políticos con los dólares frescos de lacocaína y su expansión durante los años 90. La apasionante trama de un mundo tan peligroso comodesconocido que terminó, el 29 de octubre de 2005 y en el Bajo Flores, entre la villa 1.11.14 y elbarrio Rivadavia, en un enfrentamiento de varias de esas bandas que acabó en una sangrientamasacre.

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