•EL PAiS DRAMaTICO DE MARADONA

Una libra de fútbol

La loca pasión por el juego de la pelota resultó fatal para Felipe el Hermoso, habilidoso monarca de Castilla que en una tarde gris de otoño de 1506 e inmediatamente después de disputar un ardoroso partido en un patio de Burgos bebió de un solo trago un jarro de agua bien helada, se pescó flor de pulmonía y dejó viuda a Juana, su amada, a la que notoriamente le faltaban un par de jugadores.

Una libra de fútbol
23-08-2026 | 06:32

Tu no ignoras, Antonio,
hasta dónde he arruinado
mi fortuna por haber
mostrado, hasta cierto
punto, un porte más
fastuoso de lo que mis
escasos recursos permitían.”
De Bassanio a Antonio, Acto I,
Escena I, “El mercader de Venecia”,
William Shakespeare (1564-1616)

La loca pasión por el juego de la pelota resultó fatal para Felipe el Hermoso, habilidosomonarca de Castilla que en una tarde gris de otoño de 1506 e inmediatamente después de disputar unardoroso partido en un patio de Burgos bebió de un solo trago un jarro de agua bien helada, sepescó flor de pulmonía y dejó viuda a Juana, su amada, a la que notoriamente le faltaban un par dejugadores. Un siglo más tarde y en Londres, William Shakespeare, que trabajaba en el Teatro delGlobo pero lejos estaba de inmolarse por la redonda, escribía para su King Lear una líneafrancamente descalificadora para ese extraño pasatiempo medieval: “¡Oh, vil jugador defútbol!”. Uf. La actividad ya tenía mala prensa siglos antes de estas ásperas disputas entreclubes y vacas lecheras, por tarifas, derechos de televisación y codificados.
Don Willy prefería ahondar en la trágica existencia de sus torturados príncipes, los amoresimposibles o pasiones tan innobles como la avaricia. Ese era, justamente, el leitmotiv de Elmercader de Venecia, una de sus obras más polémicas y perturbadoras: una deuda de tres mil ducadosque el prestamista Shylock pretendía asegurarse mediante una cláusula original pero... excesiva.“La indemnización –le advierte a Antonio su deudor– se fijará en una libra exactade vuestra hermosa carne, para ser cortada y quitada de la parte de vuestro cuerpo que meplazca.” ¡Wow! ¿A qué viene todo esto? A nada en especial, muchachos. Clásicos que uno releecada tanto y mucho más en tiempos de receso futbolero. Trucos del travieso inconsciente. Cualquiersimilitud con hechos reales, actuales o pasados es sólo una casualidad.
“Este país sin fútbol es dramático”, reflexionó nuestro trágico nacional DiegoMaradona, sin duda conmovido por esta cruel sequía futbolera que amenaza con extenderse más allá delo tolerable. Los clubes ponen el grito en el cielo porque reciben migajas y deben fortunas, latelevisión se queja porque la torta publicitaria es cada vez más chica, los jugadores firman paraclubes del fin del mundo con tal de ganar en divisa fuerte, algunos técnicos arman planteles contropa propia, diezmo incluido, y los representantes son capaces de vender hasta a la madre pararenegociar los contratos y mejorar sus porcentajes. Todos ellos se quejan amargamente detrás de losvidrios polarizados de sus camionetas, mientras los que llenan las canchas se resisten a pagar elgas a precio de Beverly Hills y don Julio (Grondona, no De Vido) fantasea con sumarle 12 pesitos albásico del cable para que la clase media salve la ropa una vez más y ponga en funcionamiento lafábrica de picar carne y balones. Un caos.


La lógica de las empresas televisivas es clara y no se aleja de la dura lex del mercado: larentabilidad, antes que nada. Si el negocio da, adelante; y si no... a otra cosa butterfly.Distinto es el caso de aquellos que dirigen los destinos de nuestras amadas asociaciones civilessin fines de lucro, hoy vivas de milagro. Su compromiso moral debería ser mayor, sí, pero su manerade actuar, salvando honrosas excepciones, ha sido una verdadera desgracia. “Lo que pasa esque nosotros administramos pasión”, se justifican antes, durante y después de firmarcontratos que nunca podrán pagar, de engordar pasivos hasta lo ridículo y mostrarse como primatesfrente a las cámaras en los momentos de dulce festejo o amarga derrota. Tenía razón don JulioPorta, antiguo director de Siete Días, quien un día, en medio de la redacción, me advirtiópaternalmente: “Entérese, Asch: tenga la edad que tenga y pase lo que le pase, un boludosiempre será un boludo y un hijo de puta siempre será un hijo de puta”. Tá claro.
Lo diré una vez más, colegas: en un país vaciado de líderes, partidos, ideas y proyectocomún, el fútbol pasa a ser dramáticamente importante. A eso se refiere –auninvoluntariamente– Maradona. Es la bandera con los colores amados, la identificación tribalmás primaria, lo que aún sostiene la frágil ilusión de la multitud. El fútbol se convirtió en unatotalidad. Une, alivia, libera, convoca, narcotiza. Nosotros, sus adictos, lo exigimos, locelebramos y lo necesitamos para seguir soñando, más allá de lo oculto o lo evidente. Y esto,claro, es muy bueno y muy malo, como casi todo.
En la literatura policial conviven dos estilos clásicos y opuestos: el inglés, donde elasesinato se plantea como un enigma matemático, un misterio que será develado elegantemente, sinpasión y con racionalidad científica; y la novela negra norteamericana, historias de ambientesturbios, ambiguos, crueles; donde el detective, la víctima, el asesino, los personajes secundariosy hasta los lectores pueden ser cualquier cosa... menos inocentes.
Que Dios no lo permita, muchachos, pero si alguna vez nuestro fútbol pasa a ser tema para unpolicial, no lo duden: ¡será pura novela negra! Con la pelota manchada y
sin huellas.

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