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Una obra en cuatro ruedas

24-08-2026 | 14:57

La cultura skater tuvo uno de sus grandes momentos en la Argentina entre mediados y fines de los80. Luego prácticamente desapareció, y recién veinte años después volvió a hacerse visible, con lahabilidad que tiene la moda y el consumo para calar en el ánimo adolescente, y la fuerza de lanostalgia en los que fueran skaters en aquellos tiempos lejanos. Hoy hay locales donde se consiguenequipos importados con facilidad, existen circuitos y lugares de encuentro, y una fuerte tendenciadel marketing (no sólo en la Argentina, sino en todo el mundo) a explotar los deseos y las marcasde pertenencia de una cultura urbana para convertirlos en un objeto de consumo generacional. Hayquien es skater, quien quiere ser skater, quien sólo se viste como skater, y casi todos compran lasremeras, los pantalones y las zapatillas en los mismos lugares. Como es una cultura asociada a lacalle, la rebeldía, el juego y la libertad, las marcas están atentas ya que se trata de un segmentode consumo fuerte, un nicho de mercado en el que caben desde niños de diez años a adultos decuarenta.
Así y todo, Buenos Aires está lejos de ser una ciudad skater: las veredas rotas, el asfaltopoceado y el caos del tránsito atentan contra buena parte del sentido de la práctica. Por lasrazones contrarias no es raro notar el crecimiento del skate en muchas ciudades europeas, dondeincluso fue adoptado por la gente joven como medio de transporte cotidiano. Barcelona es, porejemplo, la ciudad skater de Europa, pero vive una contradicción permanente: todo el mundo patina,pero la práctica en las calles fue prohibida hace algunos años. La Guardia Urbana que patrulla laciudad suele detener a los skaters mientras patinan, les incauta las tablas y les impone fianzasque superan el precio real del equipo. Cuando aparece la policía, los cientos de skaters quepractican todos los días frente al Macba catalán dejan de patinar, se sientan sobre sus tablas y seponen a conversar: como no están patinando no hay delito, y por lo tanto están a salvo.

En 2009 el premio literario Indio Rico convocó a un concurso de epinicios: un subgénero dentrode la poesía lírica, muy común en la Grecia clásica, utilizado para honrar las victorias de losatletas en los juegos olímpicos. El ganador fue Jonás Gómez (Buenos Aires, 1977) con el libro depoemas Equilibrio en las tablas. No es el primer libro escrito sobre o desde el skate (el mismoNick Hornby convirtió en skater al personaje de su última novela, Slam), pero debe ser el únicocompuesto en verso y en la Argentina. Gómez, que jamás se subió a una tabla, conoce de primera manolo que fue la cultura skater y la movida de los 80 porque es de Munro, lugar donde existía uncircuito skater mítico con sus rampas y ollas gigantes y donde transcurre buena parte de su libro.“Otros deportes tienen sus campos de juego delimitados/nosotros tenemos la calle/o los pocoscircuitos que hay en los barrios”, escribe y es cierto: si el terreno natural de la mayoríade los deportes son las canchas o los estadios, el del skate es el espacio público, del que haceuso y al que reinterpreta a cada momento (lo mismo hace el graffiti dentro de las artes plásticas).En estos versos, Gómez capta la frescura y el espíritu hormonal intrínseco del skate, y construyeasí uno de los homenajes más originales de la literatura argentina.

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