El 20 de marzo de 2010, por la mañana, el volcán Eyjafjallajokull, ubicado bajo un glaciar alsur de Islandia, se despertó por primera vez desde 1821 y generó alarma entre los habitantes de lazona. Menos de un mes después, el 14 de abril, lo que había sido una señal de humo se transformó enuna enorme erupción que derritió los hielos de alrededor y obligó a evacuar a unos 800 vecinos. Unacolumna de cenizas se elevó luego por sobre las nubes, a 11 kilómetros del nivel del mar y comenzóa desplazarse hacia el continente europeo. Originó un caos sin precedentes en el tráfico aéreo quetodavía continúa y pérdidas multimillonarias. Unas ocho millones de personas fueron afectadas ycerca de un millón quedaron varadas, sin poder volver a casa, entre ellos dos cronistas de PERFIL.Esta es su historia.
l Viernes 16
Brande, Dinamarca.
El viento aquí sopla más fuerte, pero el aire parece no traer nada malo del Noroeste, dedonde vienen, desde Islandia, las cenizas del volcán, según el tartamudo “breakingnews” que la CNN lanza desde la mañana. No es una ceniza cualquiera, es una nube invisibleque daña las turbinas del avión, nos dice en inglés un operario de Siemens a unos 86 metros dealtura, mientras muestra in situ cómo funciona una turbina de energía eólica. Es un espacio pequeñoy la erupción del volcán no nos preocupa, aunque tan sólo nos separan dos mil kilómetros delglaciar, algo similar a la distancia entre Buenos Aires y Misiones. Desde el molino y camino aBillund, el pequeño pueblo sin estación de tren que nos hospeda desde hace unos días, las noticiasparecen lejanas, al igual que nuestro regreso a Buenos Aires, en 48 horas.
Cuarenta y ocho horas es justamente lo que estimaba Eurocontrol, el ente regulador delespacio aéreo del Viejo Continente, cuando regresamos al hotel por la tarde, en donde a estasalturas ya había el doble de personas que durante la mañana y todos hablando del mismo tema: cómoescapar hacia el sur. Los germanos alquilaban autos y se despedían diciendo la primera palabra queuno aprende en Dinamarca: tac (gracias), pero había grupos más numerosos provenientes de zonas másremotas, que elegían el tren. Dos irlandeses eligieron irse en barco, al igual que un británico yun escocés, que habían venido de la misma forma. Otros, simplemente esperaban.
l Sábado 17
Copenhague, Dinamarca.
La nube siguió avanzando mientras se anunciaba una pronta mejora. Pero los números no locorroboraban: cinco mil vuelos habían sido afectados el jueves y para el viernes la cifra habíaascendido a 17 mil. A los cierres de aeropuertos en Reino Unido, los países nórdicos, Holanda yBélgica luego se les sumó el nuestro, Copenhague. Hacia la tarde, para cuando la vía de escape aArgentina, Frankfurt, anunció su cierre, ya teníamos pensados una decena de planes B, copiados oadaptados de los que se decidían en el lobby del hotel, en donde frente a un televisor o a un mozo,un italiano que hablaba español intentaba debatir con un inglés que sabía algo de francés. Todosbuscaban el mismo objetivo: volver a casa.
No eran nuestras historias, claro; “no les va a pasar”, nos decía un ecuatorianofanático de Leo Messi mientras nos mostraba su carné de socio del Barcelona FC y atendía unrestaurante italiano. Hasta las ocho u ocho y media, cuando la recepcionista del hotel actualizó unsugerente y pequeño cartel con dibujos de un helicóptero escapando de una explosión volcánica quetenía la leyenda “aeropuerto cerrado hasta las 8 am”. Salíamos 9 y media.“Salíamos”. La CNN o BBC World mostraba que la mancha de cenizas invisible se extendíacomo en una película sobre todo el continente. Parecía el final. El caos a esta altura era total.La gente nerviosa en las estaciones de tren, buses y aeropuertos, y la TV insistía en mostrar unestallido inminente, en el que los buenos modales se desvanecían incapaces de soportar más de 72horas de aeropuerto. Un robot gigante en el lobby del hotel nos acompañaba en la posición deespera.
l Domingo 18
Copenhague, Dinamarca.
A esta altura, unas dos mil personas deben estar en la misma lista de espera por el mismovuelo o similar de Lufthansa que nos regresará a la Argentina. Formadas en fila india serían unahilera de un kilómetro de largo, demasiado para esperar; desde el final no se vería el principio.No hay fecha de apertura del aeropuerto y, en su página web, la aerolínea nos ofrece devolvernos eldinero. Nos miramos, serios, dejamos de hablar; nos declaramos oficialmente varados.
Entonces, aparecen soluciones místicas. Una simple asociación de ideas –un llamado deun amigo italiano, un conductor iraquí escuchando a Eros Ramazzotti, una mujer que nos confunde connapolitanos, un mozo que nos habla en florentino– nos devuelve a la estación de tren en buscade la odisea: un viaje de 30 horas a Italia. Cinco horas de espera y ninguna decisión. Nos dicenahora que Fiumicino está cerrado, o casi.
Ya son las cinco de la tarde y todo el mundo está volviendo a sus hogares. Nos disponemos aalmorzar cuando el resto ya está cenando, y entonces es que decidimos hacer un último intentopatriótico: ir por autoridades argentinas. Como a cualquier lado en Copenhague, caminando llegamosa la embajada de Argentina en Dinamarca, ubicada en un barrio descuidado de esta capital, en dondelas mesas de los cafés a la calle son en cambio estaciones de carga para autos eléctricos, y endonde los carteles de Rolex o Tag Heuer son reemplazados por ropa interior colgada de un cordel.Hace frío.
Tocamos el timbre justo al lado del cartel que dice “Embajada de la Rep.Argentina” como si hubiese faltado bronce para no poner el nombre completo. Nadie del otrolado. Ninguna bandera, sólo un escudo detrás de un pasillo con menos estética que una señal detránsito. Nuestra compañera de El Cronista llama al número de emergencia: ahora nos atiende laseñora Georgina Clotilde Fernández Destéfano, encargada de negocios y máxima autoridad de laembajada. “Ah, claro, se quedaron por la fumarola, escuché que se está dispersando”.Enseguida aclara: “No hay argentinos varados pero si quieren, los espero mañana a las 11,pero no después, tengo un compromiso a las doce”. Verónica, una argentina que atiende un barno muy lejos de ahí dice que Georgina Clotilde es “buena onda”. Pero nos vamos, otravez, sin soluciones a la vista, sabiendo que no volveremos a aquel lugar. De paso, nos cruzamos porla también cerrada Casa del Periodista.
l Lunes 19
Estación de Copenhague, Dinamarca.
Cinco días de pérdidas económicas ya habrían costado casi mil millones de dólares a laslíneas aéreas, dice la Asociación Internacional del Transporte Aéreo (IATA). Si hubiera algunachance de volar, las empresas la habrían aprovechado. Pero no, los aeropuertos siguen cerrados(ahora se suman los de países de Europa del Este y la nube se dirige a Norteamérica) y estamoshaciendo la interminable fila paran conseguir nuestros pasajes ferroviarios a la ciudad de lassiete colinas. De los nervios, la tarjeta rígida del hotel termina siendo doblada en más de cienpedazos y las informaciones que nos llegan son que Iberia traslada en buses a sus pasajeros y queLufthansa realiza infructuosos vuelos de prueba. Para cuando el paciente Nicholas, de los trenesDSB, nos dice que “el sistema se ha caído de Suiza a Italia”, algunas lágrimas empiezana asomar en más de una cara en la estación. Salimos. Como en la verdadera La Sirenita, el relatodel más conocido escritor danés, Hans Christian Andersen, esta historia parece terminar mal.
Afuera, algunos muestran con alegría su ansiado billete. Otros miran hacia arriba, intentandover algo. Huelen el aire como queriendo saber a qué sabe un volcán, pero el cielo sólo les devuelveun éter insípido. Fuera lo que fuese, lo que es no puede verse. Y entonces uno empieza a pensar enteorías conspirativas. Pero no mucho, porque ante un descuido, en Copenhague, cualquiera puedepisarte: una bicicleta –aquí hay más de una por habitante– o bien un carrito de bebé,grandotes y de cuatro ruedas, que se multiplican porque tener un hijo da un año de licencia paga ymuchos descuentos en el impuesto a las ganancias, que hace que toda mujer que no tenga hijos encarritos o en la panza quiera llevar uno, tal vez a partir del próximo fin de semana, si es que elfrío sigue tan fuerte como ahora, y el aguanieve sigue cayendo por más que la primavera estéavanzada.
Ahora con sistemas habilitados, volvemos con Nicholas, que nos recuerda y no nos hace hacerde nuevo la fila. Finalmente, tenemos en nuestras manos el boleto y un viaje en el porvenir decinco escalas y cambios de tren: Copenhague, Fredericia y Padborg (Dinamarca), Hamburgo (Alemania),Basilea (Suiza) y finalmente en Milán y Roma (Italia).
l Martes 20
En un café argentino de Copenhague, Dinamarca.
Las cenizas del volcán destronan los beneficios de pertenecer al “sistema danés”;una circunstancia de la que se jactan todos en Dinamarca y que consiste en “pagar 85 porciento de impuesto en los autos; 65, en las ganancias” y que hace “que pobres existanpocos, los ricos no se noten tanto y que todo el mundo sea feliz, casi como sin clasessociales”, según nos cuentan. Pues bien, si bien no existen estadísticas oficiales alrespecto, un cálculo a ojo daría una estimación de que cada dos días de permanecer varado en unaciudad tan costosa como ésta, se pierde una categoría de hotel por día y se les quita un atributo alas comidas. Ya han pasado dos días y hemos eliminado el café, compartimos el postre y elrestaurante de autor ha pasado a ser una trattoria y luego una rotisería en donde ya hablan ingléscon menor fluidez.
Lo hemos hecho por propia voluntad, ya que costeaban los gastos nuestros anfitriones. Peronos imaginamos a las mareas de personas cayendo de clase social como de una escalera, pasando dehotel cinco estrellas al de cuatro, y así sucesivamente hacia el motel y al sándwich de mortadelapreparado arriba de las frazadas. Por la noche, vamos a la estación por nuestras 29 horas y 23minutos de tren. La travesía empieza a las 2 de la mañana.
l Miércoles 21
Fredericia y Padborg, Dinamarca.
Lo único que vemos en Fredericia es una estación de tren congelada, decorada con luces conforma de guirnaldas, con una sala de espera de treinta por treinta metros y con unas cien personasque casi con seguridad no hablan español. Gringos con sombreros, chinos en masa, alemanes que comenunas galletas crocantes y la música en los oídos de Tiesto, el DJ más importante del mundo que amanlos daneses, y cuyo cartel anunciando su último show todavía sigue pegado en la cartelera pública.Llegamos a Fredericia a las 4.36. Salimos de nuevo a las 5.41, con dos minutos de retraso.
A las 7.35 el conductor del tren que nos lleva a Padborg, en la frontera sur con Alemania,dice por tercera vez que estamos por llegar, y desde el lado opuesto del andén al que llegaremossale el próximo hacia Hamburgo, previsto para las 7.33. Por suerte, esta vez para calmar nuestrosnervios agrega un dato más: The train is waiting us. Cuando la formación se detiene, todos corrende un tren a otro para conseguir mejores lugares y para aminorar el impacto de esta aguanieve que aesta altura nos llueve casi en horizontal. Ahora hace más frío que antes, y un campo pequeño convacas peludas se transforma en la última postal de Dinamarca.
l Miércoles 21
Hamburgo, Alemania. Basilea, Suiza. Milán, Italia.
Este tren a Basilea es una especie de “descanso”. Por siete horas no necesitamoscorrer para hacer combinación. Nos acompañan el empresario que tuvo que reprogramar su agenda porla cancelación de los vuelos, trabaja en su computadora portátil; la solitaria que busca contar dedónde viene y a dónde va; el que aprovecha para disfrutar su vaso de cerveza (¡a las 11 de lamañana!) y quien hace todo lo posible para entretener a sus hijos con crayones y autitos dejuguete.
17.28. De Basilea a Milán reemplazamos la ropa de abrigo por mangas cortas. Los campos verdesy trabajados contrastan con las montañas de cumbres nevadas. Junto con animales pastando, hay casassin más murallas que persianas o la ventana, sin rejas ni sensaciones de inseguridad. El tren quenos lleva a Italia de repente se mete en las montañas. Mientras sólo la luz artificial nos ilumina,un anticipo de nuestro porvenir: el idioma italiano entre los pasillos.
23.20. Con dos horas hasta salir para Roma, en Milán, nada mejor que honrar a nuestrosabuelos en un restaurante cerca de la estación al ritmo de la incansable “parla” de lostanos. Gentiles, los mozos del lugar nos reciben y comparten nuestra travesía de ya varios días.Con lemoncello al final, por supuesto. Ya en el tren, el guarda se saca una foto con nosotroscuando le mostramos los pasajes, y luego nos dirigirá a las “habitaciones”. Con pintade camarotes, nos espera un cuarto pequeño con olor a los 60, con dos cuchetas para dormir hastalas 6.45, cuando el guarda vuelve a la carga con dieci minuti a Roma.
l Jueves 22
Fiumicino-Ezeiza.
Después de hacer los trámites de embarque y despachar las valijas, queda encontrarnos conotros turistas y latinos varados; con el pasaporte azul y con el escudo nacional argento o conotros. Las instrucciones son ahora en castellano. Las azafatas nos indican que ya nos podemosdesabrochar los cinturones de seguridad.






