Una palabra

El domingo pasado leí cuatro diarios. En todos, en algún pasaje de la sección Política aparecía la palabra crispación (en un diario se la mencionaba en más de una nota).

Una palabra
24-08-2026 | 04:12

El domingo pasado leí cuatro diarios. En todos, en algún pasaje de la sección Política aparecíala palabra crispación (en un diario se la mencionaba en más de una nota). Crispación parece ser lapalabra de moda de este momento político, e incluso su uso ya atravesó las fronteras, como en unarecordada editorial de El País de Madrid, de junio de 2008, llamada Crispación argentina. Puesbien, debo hacer una confesión: si algo me crispa, es el uso repetitivo de la palabra crispación.Pocos términos tienen menos densidad política, menos vuelo teórico, más chatura cultural paradefinir la situación de una sociedad que ese. Especie de introducción beata al estado de ánimocolectivo, propia de un manual de autoayuda (“Cómo dejar atrás la crispación y llegar a serexitoso”) revela también mucho sobre las dificultades para pensar críticamente nuestrotiempo. Revisando su definición –o mejor dicho, la de su verbo de origen, crispar– enel diccionario María Moliner (el diccionario de referencia del uso del español) luego de su primeraacepción (“poner tensos o rígidos los músculos, nervios o miembros”) sobreviene unasegunda definición –la más usada– en la que se emparenta con “Irritar(se)”o “Exasperar(se)”. Y allí, el María Moliner da un ejemplo de su uso que de tanparadójico se vuelve perfecto: “¡Me crispa verlo tan tranquilo!” El diccionario acepta,o más aún, propone la posibilidad de que alguien se crispe no por la acción del otro, sino alcontrario, por su pasividad, su calma, su inoperancia. Sin embargo, en la época del sereno De laRúa nadie hablaba de crispación. Maestro del inmovilismo, se lo criticaba por muchas cosas, pero nopor crispar a la sociedad.

Hace poco, hablando con un intelectual que integra Carta Abierta, me señalaba ciertassimilitudes entre el Gobierno actual y el alfonsinismo. No estoy demasiado de acuerdo, alcontrario, muchas son las diferencias. Y una, precisamente, es la relación con los intelectuales.Mientras que los intelectuales kirchneristas son bastante pocos y no demasiado orgánicos, duranteel alfonsinismo hubo un grupo muy numeroso de intelectuales que se incorporó al estado, algunoscomo funcionarios públicos y otros como asesores con capacidad de influir en el discurso –enel sentido fuerte del término– del gobierno. Y por afuera de la gestión, en papers académicosy en revistas culturales publicaron un muy compacto corpus de ensayos donde se discutían losfundamentos mismos de la democracia. Es siempre interesante volver sobre esos viejos –perocruciales– artículos de autores como Portantiero, De Ipola, Nun, entre otros. Uno de lostemas que los atraviesan es el pasaje, en la democracia, de una lógica de las contradicciones aotra de los conflictos. Mientras que el totalitarismo se piensa bajo del modelo de la contradicciónúltima entre amigo/enemigo, la democracia se define como un conjunto de reglas que normatizan losconflictos, sin llegar a la supresión del otro (que ya no es visto como un enemigo sino como unadversario).

Entonces, ¿por qué tanto temor frente a la conflictividad actual? Por supuesto que luego cadauno hace su evaluación política sobre el sentido de los conflictos en juego: sobre si losconflictos existentes hoy en día expresan algo sustantivo o no, sobre si las discusiones recientesson propiciadoras del cambio social o no, sobre si el nivel intelectual de la clase política espenoso o no, sobre si las formas de la conflictividad del presente son enriquecedoras oconservadoras. Pero aquellos que se crispan tanto ante la idea misma de conflicto, olvidan que elconflicto es el motor de todo pensamiento crítico. Porque si hay algo que me crispa en laliteratura, en la cultura e incluso en la política, como al María Moliner, es la tranquilidad.

También en Perfil