Hay una novela de Daniel Guebel llamada El terrorista, en la que el protagonista es un verduleroque también vende huevos. Habitualmente los envuelve con diarios viejos, mientras aprovecha lalectura de esas viejas páginas para mantener conversación con los clientes. Pero, como los diariosson antiguos, hablan de noticias que ya sucedieron, hechos que ya se desencadenaron hace mucho, eincluso olvidados –de tan olvidados, que parecen nuevos– como una especie deanacronismo de la noticia que remite al eterno presente de la información. Un día el verduleroenvuelve unos huevos con un folleto de un grupo de izquierda y, de repente, adquiere concienciasocial y se lanza a hacer la revolución. Por detrás de la ironía, hay una aguda reflexión sobre elestado de la lengua, de la relación entre periodismo y contemporaneidad, y también sobre escrituray política.
Pues algo relativamente similar me sucedió a mí esta semana. ¿La realidad supera a laficción? Por supuesto que no. ¿Envolví huevos? Mucho menos. ¿Recibí un panfleto y descubrí laexplotación del mundo? Tampoco. Simplemente, ahora sí, por azar, leí esta semana, en un viejosuplemento de Espectáculos de este diario, una nota sobre una telenovela llamada Botineras, de laque apenas si había escuchado hablar. Todo lo que yo sabía sobre esa telenovela–prácticamente, nada– era que, en algún momento del año, se había estrenado una tirasobre el mundo de las chicas y el fútbol, pero no podía decir nada más: ni quienes actuaban, ni suhorario, ni siquiera en el canal (un amigo extranjero me preguntó en qué canal estaba Tinelli.Respondí… “no sé… ¡en todos!”). Pero leyendo la nota publicada hace mesesen PERFIL me enteré de una serie de cuestiones muy interesantes. Parece ser que la telenovela ibadirecto al fracaso, tenía muy baja audiencia. Pero, a punto de sucumbir, cambiaron el argumento,cambiaron la trama, e incluso cambiaron al equipo de guionistas. Y la tira terminó siendo un éxito.¿Cómo funcionó ese pasaje? ¿Se habrá corrido un boca en boca entre los telespectadores, para quevolvieran a ver la serie? ¿Hubo una formidable campaña de marketing anunciando el cambio? ¿Serealizaron focus groups para testear los nuevos contenidos? La nota –que, por cierto, era muybuena– no lo cuenta, seguramente porque da por supuesto que los lectores de Espectáculos yalo saben (cada suplemento de un diario se dirige a un público interesado en su tema, especializado,muy informado en esos asuntos; pero los suplementos culturales son los únicos que siempre parecentener que pedir disculpas por eso). Sin embargo, en verdad, poco me importa la respuesta. Meinteresan, sí, las implicancias literarias y editoriales que se pueden extraer del affaireBotineras. ¿Cómo a nadie se le ocurrió antes? Propongo entonces, que sigamos el mismo camino en elmercado editorial. Por ejemplo: en una novela lanzada con mucha promoción que, como la mayoría deese tipo, a las treinta páginas ya nos dimos cuenta de que la trama es lineal, los personajesobvios, los temas triviales; una de esas novelas cuyos autores son entrevistados por todos lossuplementos culturales (menos este), con preguntas calcadas y respuestas ídem (“¿Qué aparececomo disparador de tus relatos?” “Parto desde cierto sentido común…”) puesbien, a este tipo de literatura, ¿por qué no aplicarle el método Botineras? Si la cosa no marcha,si el holding editorial está perdiendo mucha plata… ¡un cambio radical de rumbo en la mitad ylisto! Por supuesto, quedarían algunas cuestiones operativas a resolver (cómo retirar el libro dela librería, como reimprimirlo con la nueva escritura, cómo calcular las regalías al autor y losdescuentos a las librerías, etcétera). Pero ese es un problema de los editores. Yo sólo sugiero laidea.

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