Hace tiempo que una lectura no me producía una mezcla de asombro, perplejidad e indignación comola del penúltimo capítulo de La cena de los notables (Editorial Periférica, Cáceres, 2008), unlibro de Constantino Bértolo que el autor me hizo llegar gentilmente, acaso para producirme unataque de urticaria. Hasta ese momento, el libro venía bastante bien. Bértolo escribe desde“la posición de combate de quien no está conforme con la narración dominante en la vidasocial ni con las narraciones dominantes en los medios culturales”, una premisa simpática,aunque el abuso del concepto de “narración” se ha extendido a los órdenes más banalesde la vida pública (así, hasta la queja por el precio de la lechuga se considera “unrelato”).
Bértolo va tejiendo sus argumentos a lo largo del libro –que se ocupa de la lectura, laescritura y la crítica literaria en su momento actual– como para preparar el escándalo.Durante los capítulos previos se dedica a clasificar, calificar y descalificar distintas formas delecturas y de críticos, en especial a la que ejerce el “catador”, personaje quefundamenta su tarea en la disyuntiva “me gusta/no me gusta”. Bértolo señala con agudezaque estos críticos son mayoría (ni hablar en el cine) y que: “El gusto de estos críticoscoincide, casi siempre, con el gusto dominante. Abundan y sobreviven bien en el mercado, sobre todosi logran apropiarse de un tono radical que, al mismo tiempo, no cuestione el gustohegemónico”. Bértolo no aprueba tampoco a los “custodios”, que “miden,calibran y homologan” en nombre de un saber elitista del que se asumen como depositarios. Encambio, añora la existencia del extinguido “tribuno”, que “juzga aquello que sehace público en nombre del bien común, con lo que es o sería bueno para la salud de la sociedad, ypor lo tanto evalúa y juzga la salud literaria de las obras que se ofertan desde esaperspectiva”.
Desde esa figura que recuerda a la del comisario político, Bértolo proclama su conclusiónfinal: que la crítica se ha vuelto imposible en un mundo dominado por el mercado y en el que“en el espacio de la literatura, sólo ofrecen resistencia los restos de aristocratismoestético reaccionario”. Para demostrarlo, imagina una reseña de La isla del tesoro queanaliza la novela de Stevenson desde la lucha de clases, la describe como una novela“deshonesta narrativamente, mal escrita, mal estructurada, engañosa literariamente hablando,manipuladora e ideológicamente tramposa” y afirma que tal crítica no encontraría cabida enuna publicación actual y representaría el suicidio profesional del autor.
¡Maldito Bértolo! Su provocación me obligó a leer La isla del tesoro para corroborar que susobjeciones ideológicas son absurdas: lejos de ser un canto al empresariado y un ataque a las clasesproletarias, la novela permite leer con claridad (sin un final cambiado ni el espíritu didácticoque reclama Bértolo) hasta qué punto el conocimiento y aun la noción del honor son una ventaja delas clases dominantes, mientras que la primitiva democracia de los piratas, que deliberan, eligen asus jefes y reparten el botín en partes iguales, contrasta con las jerarquías de los burguesesbasadas en el dinero y la posición. Pero Stevenson –el autor de Moral laica– no sólohace del más rico el más inútil de su bando, sino que permite deducir que en el incipientecapitalismo es mucho más práctico para el criminal fundar un banco que robarlo. También se equivocaBértolo en otro punto: reivindicar la dictadura del proletariado como fundamento de la crítica esuna extravagancia más y defenestrar a Stevenson es tan aceptable como liquidar a Kafka o a Borges.Pero hay más. La cena de los notables es estimulante porque muestra que lo difícil para un críticono es atacar a Stevenson sino defenderlo y, sobre todo, que a alguien le importe.







