Una sugerencia

Una sugerencia
24-08-2026 | 18:04

Dicen que hay gentes especialmente inclinadas a la superstición. Eso dicen. Que por ejemplo,actrices y actores y quienes se dedican al teatro son sin duda vulnerables a esas creencias de lascuales los racionalistas abominan indignados y despreciativos (por lo menos en público; allá en elfondo de sus almas, quién sabe). Parece que los escritores y las escritoras también. Recuerdo aCortázar hablando de sus propias supersticiones y me inclino a darle la razón porque yo misma soysupersticiosa pero no temerosa de los gatos ni de las escaleras ni del trece, sino de algunas cosasque me he andado imaginando yo misma personalmente en persona como diría el personaje deCamillieri. Ah, no; no pretenda que le devele mis secretos temores y esperanzas: creo que eso metraería mala suerte. Sólo le digo que cuando es necesario, toco madera sin disimulo ni pudor. Lodemás no me importa y hasta hay situaciones en las cuales le llevo la contra al destino cruel. Loque sí considero con mucho respeto es la influencia de los números, en lo que también les llevo lacontra a las creencias comunes y silvestres que florecen por ahí. Y no me diga que a usted no lepasa algo de eso, vamos. Aunque sea en pequeña pequeñísima medida. Aunque sea para burlarse yjactarse de que a usted todo eso le parece estupidez flagrante. Porque la cuestión es que usted(también) se ha ocupado del asunto. Ahora usted y yo podríamos dedicarnos a pensar en el porqué deesas creencias en la suerte, el destino, el azar, los dioses. Y, bueno, será que no nos gustapensar que estamos desamparados en la vida. Será que buscamos desesperadamente algo de queagarrarnos para no caer en el precipicio de la desdicha, la enfermedad, la muerte, la desgracia,la, el, qué sé yo, todo eso que podría llegar a hacernos intolerable la existencia. Ay. Porque losdioses y las diosas están demasiado lejos, ¿no? Son demasiado imponentes, importantes, sagrados,distantes, poderosos y entonces, ¿cómo van a andar ocupándose de nosotros que somos tan todo locontrario, pequeñitos, insignificantes, cotidianos? De modo que nos inventamos estas supersticionesque están más cerca de nosotros que las diosas de flamígeras cabelleras o los dioses de tonantesmandamientos, y resolvemos cuando somos niñas y niños que no tenemos que pisar las junturas de lasbaldosas, y cuando somos adultos y abominamos de esas tonterías, nos decimos a nosotros mismos que,como Cortázar, tenemos que dejar la birome a la derecha del cuaderno porque si la dejamos a laizquierda algo espantoso le va a pasar a alguien a quien amamos. Por eso quienes pisan losescenarios no pueden hablar de víboras o culebras ni ponerse algo amarillo a riesgo de que la obrase convierta en un engendro insoportable o la primera dama se caiga por la escalera y termine conuna fractura expuesta de tibia y peroné, qué horror.

Hablando de todo esto acabo de tener una ocurrencia genial. Y como soy generosa y solidaria lavoy a hacer constar aquí para que la aprovechen los que la necesitan que, por lo visto, son muchosmás de los que creíamos. Digo yo, ¿y si les proporcionamos a los encargados de vigilar nuestrasrutas un set (o un kit, que es lo que se usa) de reglas supersticiosas para que las practiquentodos los días de ocho a doce de la mañana y de tres a siete de la tarde? En esos horarios, porejemplo, tendrán que tener muchísimo cuidado para no pisar más que baldosas blancas, aia, ¡cuidadocon las negras!, saltearse los números trece estén donde estén (piso de edificio, habitación dehotel, número de butaca en el teatro, lo que sea), huir de los gatos negros si se les cruzan en elcamino de izquierda a derecha (si aparecen de derecha a izquierda no son peligrosos), jamás pasarbajo una escalera, cuidado con perder las llaves, levantarse de la cama (o del sillón o la hamacaparaguaya o de donde uno esté descansando) siempre con el pie derecho, no abrir nunca un paraguasdentro de la casa o la oficina, no poner sombrero o boina o gorra encima de la cama, no derramarsal, no romper espejos, más todas las otras prohibiciones sombrías que a cada uno y a cada una seles ocurran. Sería estupendo, porque por lo visto, como no existen otros medios tipo control ovigilancia para evitar accidentes, las supersticiones pueden convertirse en salvaguarda de lasvidas de las gentes y gracias a ellas no tendremos que llorar, lamentarnos, deplorar y gemir porlas muertes en las rutas. Espero que esta contribución a la seguridad vial que ofrezcodesinteresadamente sea aceptada y puesta en práctica cuanto antes. De nada.

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