La condena: nadar, flotar o hacer la plancha en el Riachuelo. O, como concesión menor, acercarlos pies o las patas, en homenaje al l7 de octubre del 45 en las fuentes de Plaza de Mayo, a esasaguas nauseabundas. Destino argentino o para muchos argentinos. Saldo inequívoco de las últimashoras transcurridas –por no requisar más atrás–, florecido al amparo de un controlpolicial manifiesto e indiscriminado sobre los ciudadanos (a través de escuchas telefónicas,interferencias de mails u otro tipo de persecusión), la procacidad impuesta por un zar del fútbolcomo representante del país, la impune contratación –o borocoteismo– de políticos deotra fracción y el avance de una reforma política que amenaza trasladar la elección del futuropresidente a un consejo privilegiado de 5 o 6 señores feudales que, luego, le trasladarán esemandato a un príncipe. O a su consorte. Felices entonces aquellos cuya única posibilidad essobrevivir en el líquido espeso y proceloso del Riachuelo, única parada permitida hacia elfuturo.
Trabajo fino
Casi anecdótico y de última página se ha vuelto el proceso investigativo sobre un ex yreciente colaborador de Mauricio Macri (el jefe de la Policía Metropolitanta Jorge“Fino” Palacios) que, sirviéndose en apariencia de una insólita y cómplice coberturajudicial, hurgaba en la vida secreta de un dirigente judío (Burstein, familiar de un caído en elatentado de la AMIA) y de un empresario vinculado al fútbol, Carlos Avila. Casi todas las miradas yexplicaciones periodísticas, mínimas, aluden al caso Burstein, se escandalizan con sordina. Altiempo que se olvidan de Avila.
Como si quisieran creer que un caso es grave y, el otro, apenas una nimiedad vinculada anegocios pretéritos de Avila con los contratos de TyC con la AFA. ¿Acaso alguien puede creer que aAvila lo espiaban por operaciones de hace un lustro? Ni siquiera hubo una pregunta sobre su últimaactividad, la seguramente fisgoneada, por intentar convertirse en titular del club River Plate.Allí, es público, hay grupos y empresas que pretenden adueñarse de la institución (tal vez consaludable intención, ya que difícilmente se le pueda hacer más daño a River) y que, en ese intento,no reparan en solventar espías, tecnologías clandestinas para impedir la llegada de otros yfavorecer a los propios. ¿O se puede pensar que las escuchas o interferencias se ejecutan gratis ypor el bien de una simpatía popular como la de la banda roja? Apartarse de esta guía de intereseses como desprenderse del propósito que, sin hilar fino, podía anidar en el ex funcionariocuestionado: erigir un sistema de control ciudadano desde el Gobierno de la Ciudad. Por lo tanto,imposible que fuese tarea de un solo hombre.
Pretendía ese sistema local competir con el nacional, el mismo que develó la maniobra conBurstein y Avila para que no haya otros participantes en el mercado (o sólo los que elloshabilitan), el que esta semana –con la lubricación de todo el aparato del Estado, sobre todoel de sus medios de difusión y de otros paraoficiales–, se congratuló en expandir unasupuesta complicación dineraria de un periodista del diario La Nación para publicar determinadasnotas pagas. Al margen del discutible armado del operativo, y sin apelar a una defensa corporativadel periodista afectado (Carlos Pagni), conviene repasar episodios previos en la búsquedagubernamental para enlodarlo. Larga historia, puedo dar testimonio de lo que ahora se escribe.
Pagni, como el Ambito Financiero de entonces, resultaban una molestia exasperante paradistintos funcionarios, inclusive para la pareja oficial. Por cumplir instrucciones o irritados porel fuego plutónico de ciertas notas, en particular clamaban Alberto Fernández, Aníbal Fernández yJulio De Vido. No sólo eran gritos u ofensas. Fui testigo entonces de que ciertos movimientospersonales eran rigurosamente vigilados, comprobé la observación ajena sobre mails, atendí conbonhomía las protestas individuales del Gobierno y módicamente me quejé por las interferencias.Pagni solía ser eje de esas circunstancias, también la responsabilidad del diario. No pude, sinembargo, salir del asombro cuando para advertir aviesamente al periodista con una amenazaexplícita, apareció su rostro como ejemplo de lo que sería la fotografía en la nueva cédula deidentidad o el pasaporte. El diario, Pagni en particular, había señalado incorrecciones en laadjudicación futura de esos documentos: la utilización de su rostro parecía una réplica a esasdenuncias. Podía parecer una diversión perversa de un funcionario si no fuera que los ojos de lafotografía aparecían tapados con una venda, símbolo común a la mafia. Se me prometió oficialmente,ante la protesta, una investigación que no prosperó por la simple razón de que nunca se intentó. Nohubo ningún medio –ni en el que hoy trabaja– que acompañara la queja a pesar de habersido publicada. Y eso que eran tiempos del periodismo libre, no amenazados por la inminencia deninguna ley reformista.
Después, a Pagni lo involucraron levemente en una causa judicial (en la que debió declarar)por mails que había recibido con bagatelas de funcionarios que, a su vez, repartían entreperiodistas unos hackers a sueldo del propio gobierno (quienes defendían a un ministro en francaporfía, entonces, con otro ministro). Tuvo más fortuna que otros adjudicatarios de esa información:la causa sigue abierta, curiosamente le levantaron las imputaciones a uno de los hackers, pero otragente persiste bajo inspección judicial. También con ese caso hubo propaganda variada con sello deloficialismo. Había, en todo caso, que demostrar con ruido vano los meses de trabajo de un organismodel estado que alberga fracciones enfrentadas. Por esa época, también, como Pagni entrevistó yconversó en más de una oportunidad con el ex gobernador de Santa Cruz, Sergio Acevedo –aligual que otros periodistas, incluyéndome–, lo filmaron y grabaron para destacar esetestimonio por distintos blogs de Internet. Como si Acevedo, devenido un maldito para los Kirchner,fuera una fuente de inspiración para conspirar contra el Gobierno. Por supuesto, no se invocódelito ni compromiso espúrio del santacruceño con el periodista ni con el diario, sólo mostraban latertulia en un café para que supiera del control, de la mirada exigente, de que estaban al tantopor si “algo se había hecho”. Casi todo el mundo periodístico también se distrajo deesta evidencia. Por si no alcanzara esta disuasión, y obviamente no alcanzó, en esos años a Pagnitambién lo agraviaron con una sucesión de mails sin origen preciso en el que hablaban sobre su vidaprivada, le hacían cargos y la promesa de que pronto se iban a exhibir con filmaciones.
Después, por lo que sé –en rigor no he hablado con él desde que explotó esta cuestiónpropalada por Canal 7 y derivados, sin firma ni autoría–, atravesó Pagni otra peripecia: tuvoque declarar ante un juez por mails que había cruzado con Francisco de Narváez, como si ese diálogotuviera significación y, además, sirviese como elemento en la causa armada por la efedrina (de lacual, quizás, el juez Faggionatto ahora conceda alguna explicación).
Previo a las elecciones, todo parece permitido. Todo esto es parte de lo que conozco antesdel actual episodio, lo que abruptamente aparece en mi memoria: años de seguimiento, al igual que aotros ciudadanos, dirigidos desde el Estado y simplemente para dañar o embarrar a quien, quizás másantes que ahora, criticaba ciertas decisiones del régimen.
De ese acecho constante a esta nueva ocasión, tal vez, intervengan ahora participacionesempresarias –del sector petrolero y no del sector petrolero–, privadas, pero lafrutilla como el embrión corresponden al Estado (por la calidad de la tecnología y por la estupidezdel armado: nadie, salvo alguien asfixiado por el odio, hace gastar tanta plata en una cuestión quede plata no tiene importancia).
No creo que Pagni suponga que estos antecedentes lo protegen y demuestran que es un luchadorpor la libertad de expresión –ni siquiera los he citado en su propia defensa–, pero sinduda le lleva una distancia al Gobierno en materia de credibilidad.
El ocaso del dios
Prosigue entonces el oficialismo en encarnizar enemigos con una grosera metodologíasoviética, sólo para acallar voces, al tiempo que se exime de otras voces que lo copian en suvisión sectaria de la sociedad, influjo de quien no soporta una objeción y se multiplica parasometer con humillación al autor. Podría citar varios casos en Santa Cruz, será en otraoportunidad. ¿O de qué otro modo se puede interpretar a Diego Maradona y su vulgaridad oral, suodio cerril, su ignorancia, cuando al expresarse guardaba resentimiento y no la reaccióncondicionada por un shock?
Cubierto de la gloria de antaño, como la etapa de crecimiento de la Argentina, a ese ídolo–por genial como jugador–, se le admitían delaciones por las que tiene adicción,agravios por la gracia de Dios, cambios repentinos y acomodaticios de camiseta (¿o nadie recuerdacuando se colocó una t-shirt a favor de Domingo Cavallo y luego lo repudió?).
Pero hoy, su rol se ha modificado: es uno más de la colectividad de los directores técnicosdel fútbol, no demasiado afortunado además (por su contumacia defensiva e inoperante habría queemparejarlo con Carusso Lombardi) y, por lo tanto, sus exageraciones orales (y actitudes, gritar elgol como el que que gritó luego de convertirlo el día que después expulsaron a la Argentina delMundial por consumo de estimulantes) se vuelven insoportables. Casi un calco de otro hombre.
Podrá pedir perdón, típico en estos casos –sí, la maté, pero no me di cuenta–pero esa desmesura parece inconcebible al frente de un instituto que representa al país, aunque laAFA sea un organismo con Justicia propia y se permita firmar contratos escandalosos y también luegono cumplirlos.
Desmesura comparable a la de los organismos de inteligencia que escuchan, persiguen, dominane imponen. Aún, si es necesario, a sus propios amos.
Así se respiró en las últimas horas, se vive, así se condena al Riachuelo a quienes enmayoría no quieren ver y al resto que, estupefacto, ve.
Hasta la complicidad decadente, la renovada imbecilidad de una oposición que por disfrutardel partido de la Selección permitió que el Gobierno aprobara en Diputados no sólo un presupuestoficticio, tambien el aumento de impuestos que no se coparticipan, incluyendo en ese ejercicio de laperinola (llevo todo) la captación de nuevos adherentes.
El borocoteismo por mil, aunque a esta altura ya resulta un exceso acosarlo almédico-legislador con esa imputación.
Pues si Reutemann perdió a Latorre, De Narváez ni se dio cuenta de la deserción del exdirigente mercantil y puntero de La Matanza, Julio Ledesma, quien ya se pasó al kirchnerismo con sucolección de votos de última temporada.
No es sorprendente en Ledesma, él ya anduvo en una vereda y en otra, cualquier bus lo dejasiempre en la misma boletería, y el menos imaginativo diría que es un tarambana. Salvo que detarambana no tiene nada.
Este episodio de trasvasamiento (tan caro al peronismo de la lealtad) podría indicar que, deseguir así con las incorporaciones, el Gobierno en marzo, en lugar de perder la mayoría comodeterminó la pasada elección, quizás se afirme en número más que antes.
Debe pensar, inclusive, que para alcanzar esa distorsión de la realidad hasta puede forzarlacon el respaldo de los radicales. Al menos, para determinados proyectos, como la ley de reformapolítica ya anunciada y en algún sentido, lanzados sus lineamientos por el hijo de un prósperoproductor bonaerense, al menos hasta hace poco dueño de espléndidas y fecundas tierras, obviamentemontonero en otros tiempos.
Ese proyecto consagrará –junto con los beneficiados radicales que, en ese aspecto,podrán apoyar jurando por la democracia, algo así a lo que hicieron para favorecer al partidocuando cambiaron la Constitución– la postergación de agrupaciones políticas, la no apariciónde nuevas, el bipartidismo exclusivo, el opacamiento o desaparición de otras como expresiones deizquierda, el mismo De Narváez, Mauricio Macri, quizás y la hegemonía de 5 o 6 gobernadores ogerontes, para citar a los griegos (ya que habrá internas por regiones y éstas propiciarán a unconsejo), quienes a la postre deberán consensuar, por elegir un verbo liviano, a favor de un sololíder.
Nestor Kirchner empuja este proyecto con su destino manifiesto, para sí o para su señora,mientras la UCR quizás arrogue la creencia de que en el último metro le ganará al PJ.
Sin importar el proceso intermedio, los enjuagues, las permisividades y violaciones, mínimoslamentos que no tiene en cuenta el pobre gentío que se agrupará en las aguas del Riachuelo pararefrescarse. Creyendo, tal vez, que es el mejor lugar de veraneo.




