Viajar o no viajar

Dicen que viajar le hace bien al alma, a las circunvoluciones cerebrales, al humor y a la cuota de benevolencia que cada una y cada uno tiene. Al alma y a las circunvoluciones no sé porque permanecen fuera de nuestras posibilidades de visión, tacto, aroma y demás sentidos.

Viajar o no viajar
24-08-2026 | 14:12

Dicen que viajar le hace bien al alma, a las circunvoluciones cerebrales, al humor y a la cuotade benevolencia que cada una y cada uno tiene. Al alma y a las circunvoluciones no sé porquepermanecen fuera de nuestras posibilidades de visión, tacto, aroma y demás sentidos. Al humor y ala benevolencia, nada porque: primer paso, hay que llenar valijas, cosa que es completamenteimposible. Una pone cosas adentro de la valija y siempre se olvida de aquello que no va a poderreponer así vaya a Venado Tuerto o a Sydney, de modo que durante todo el viaje va a andar comorenga de ese objeto útil y amado. Segundo paso, hay que levantarse a las cuatro de la mañana porqueel avión sale a las seis treinta y cinco o hay que tomar el bondi de las siete y media para estaren otra parte a las tres que ya es tarde o casi. Ninguna de esas experiencias es buena y por lotanto no despierta tendencias hacia la sonrisa o la beatitud. Tercer paso, cuando una llega adestino está entre deprimida y furiosa. Preferible estar furiosa porque así una toma decisiones yse pone en marcha, en cambio si está deprimida es seguro que lo que hacen los demás le impida todaacción o reacción. Cuarto paso, el extrañamiento del que mejor no hablemos. Quinto paso, o el viajeha sido demasiado corto en cuyo caso una se promete volver aun a sabiendas de que nunca volverá; oel viaje ha sido demasiado largo y una termina derrengada y hasta es capaz de andar lloriqueandopor los lugares históricos o culturales que tendría que estar visitando llena de alegría ycontento.

Se me dirá que hay viajes para los que no hace falta llenar valijas, pagar pasajes, tener elpasaporte al día y demás. Cierto, como que hay distintos tipos de viaje. Los grandes señores de laliteratura no se han puesto de acuerdo nunca acerca de este punto. Hay quienes abominan del viaje ycantan loor y gloria al sedentario amor por la poltrona que ya tiene los resortes ablandados y eltapizado hecho una débil sombra de la pana granate que alguna vez fue, a la alfombra que le esperaal salir de la cama, a la taza de café teñida por dentro de ese tenue rastro color marfil que lehan dejado años de desayuno y cafecito de media mañana, a lo que ve desde la ventana del comedorcuando levanta los ojos del diario ése que le deja el chico del kiosco en el umbral. Esos quecontemplan con cierto horror la posibilidad de hundirse y confundirse en las multitudes que pueblanlos aeropuertos o las terminales, prefieren el viaje inmóvil, el que proporcionan los libros o lamúsica o la nariz metida en los expedientes, pantalla de la computadora o lo que sea, ésos están alresguardo de los pasos ut supra mencionados y sienten que tienen la verdad en sus manos: no haycomo quedarse en casa, ahorrarse no sólo el dinero sino también las incomodidades, los cambios declima y de comida, la sensación, al abrir los ojos, de no saber en dónde está uno y por qué está enese ahí desconocido y seguramente hostil. No quiero ser demasiado rígida en mis apreciaciones yusted disculpará si le suena a eso lo que digo, pero me parece que con el paso del tiempo esaspersonas adquieren una sensatez abrumadora que se transparenta en sus siluetas no precisamentegráciles. Tal vez se sientan inclinados a dar consejos. Quizá sepan con sabiduría no muy frecuente,hacer buen uso de sus ratos de ocio. Y es posible que se sientan muy seguros de sí mismos y de suspreferencias y rechazos.

Y están los que aman eso de viajar. No saben hacer la valija (los otros son obsesivos ydetallistas y pueden preparar una valija con arte si no con amor) porque lo de la valija essecundario. Lo que quieren es irse. ¿Adónde? Pues a cualquier parte. Eso de Sydney no está nadamal. Las islas los atraen casi como ninguna otra cosa en este mundo, aunque hay que ver que si haya mano un destino exótico, extraño y amenazador, las islas pasan a segundo plano. La cosa es noacostarse siempre en la misma cama y tener en proyecto un viaje hacia alguna parte no por trabajosino por el viaje en sí. Esos no suelen ser muy sensatos y aman probar una comida desconocida yseguramente picantísima, en vez de añorar las milanesas con papas fritas. Lamento, o quizá no,decirle que yo pertenezco a ese segundo grupo pero que comparto algún rasgo con los del primero: séhacer valijas. Y me alegra poder contarle que acabo de llegar de un largo viaje por desiertos ymares, pero que me gustó volver a mi sillón, a mi mesa de trabajo, a mi computadora y a lo que veopor la ventana cuando tomando el café, levanto los ojos del diario.

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