Viaje de invierno

24-08-2026 | 15:38

El paisaje urbano se vuelve más opresivo. Las torres siguen tapando los resquicios de cielo.Igual, la gente no tiene dónde vivir dignamente. La calidad de vida se reduce en la megalópolis.¿Por qué tengo que ver eternamente la gigantografía de este legislador en la esquina de mi casa?¿Se compró el espacio aéreo de Rivadavia y Castro Barros? ¿Con qué derecho, con qué fin? ¿Se puede?Las estaciones se suceden y el cartelón que me impide ver el cielo va mutando con frases huecas, nopor su contenido, sino por su manera de no convocar a práctica política alguna. En el verano,esperando el verde para cruzar, me vi obligado a leer millones de veces: “Manejá sólo tuauto, no la vida de los demás”. En otoño, este señor abrió un botón de la camisa y me obligóa meterme en la cabeza que “Estar verde puede significar también madurar”, mientraspara decirlo seguía tapándome el cielo.
Que las ideas necesiten esos envases me incita a callada rebelión. ¿Por qué se promocionancomo si fueran productos? ¿Una especie de cartón pensante, un dedo moral de colosales dimensiones,que en vez de usar algo de esos metros cuadrados para indicar cómo se logra una ciudad mássustentable, más segura, o con menos accidentes de tránsito sólo se limita a proponer los títulos,como si fueran logos para comprar esa cara? Es la retórica de la publicidad, claro. Peroresidualmente, y no siendo época de elecciones, me empieza a resultar un poco prepotente que elseñor de nobles intenciones ponga la trucha al lado del eslogan de turno de su grupo de creativos.
Alejandro Tantanian y Diego Penelas acaban de estrenar Viaje de invierno. Supuestamentebasado en el Winterreise de Schubert, el espectáculo es un delirio. Y lo es fundamentalmente poruna sencilla o complicada razón: Tantanian es un intelectual. O, al menos, un señor lleno de ideasque, muy al revés de toda actitud publicitaria, en vez de mencionar los títulos y ofrecer lascáscaras, ofrece frutos estrambóticos surgidos de colisiones dialécticas imposibles, puréspeligrosos para las mentes dogmáticas: la retórica maciza de Paco Ibáñez estalla contra elmusic-hall yanqui a puro glamour; la contundente sencillez de Idea Vilariño se pule contra ladelirante insolencia de los Tiger Lillies; el exagerado dramatismo aporteñado de Carlos Gardelhierve frente al lirismo cosmopolita de un Schubert. En este viaje musical (como en cualquierviaje) poco importa la canción (o la estación) elegida para la parada y mucho la voluntad deviajar, de estar en otras partes y no en las de siempre. No en esas a las que las ideas (noblescomo eslóganes) nos tienen tan fastidiosamente acostumbrados.

El intelectual que solió escribir alguna que otra pieza de milimétricas sílabas agarra unmicrófono y se fornica (literalmente) el escenario. Obliga al público –mediante solapadasamenazas– a corear las más rastreras líneas escritas en clave de rockanrol. Sólo parademostrar que la relación entre las cosas es un viaje incierto, un cierto pacto. El personaje delcantor prepotente y un poco aterrorizado de estar convocando toda esta “culturasobrante” es tan desopilante como su velocidad para increpar al público e improvisar que loque está ocurriendo es raro. Y es su autoridad intelectual, su compromiso con las ideas(estalladas), lo que hace convivir lo bizarro con lo sublime.
En una obra que escribí hace un tiempo, un personaje dice más o menos que “elsufrimiento de un mortal no significa nada, carece de significación, pero cuando un dios sufre, elmundo deja de ser”. Viendo a Tantanian, tengo una sensación análoga: la actitud irreverentede un cantor que hace vibrar el aire no significa nada, pero cuando el que canta así,desfachatadamente, es un intelectual, es el mundo entero el que puede colapsar.
Salgo del concierto y allí, en plena calle Corrientes (¿pero qué hace Tantanian en la calleCorrientes?), me sorprende una trama site-specific del sempiterno señor de los afiches: “Paradrama ya tenemos esta calle”. Y después agrega algo sobre la seguridad. El oportunismo de lalocación, ligado a la oquedad de la frase, me produce un especial rechazo, no tanto por este señorque hace campaña promoviendo el cuidado de gatos y perros o la periodicidad de la revisación médicaen los natatorios, sino por la suposición amuñecada de lo que es el drama: una cosa sencilla de lacual exprimir una publicidad que sume meses de permanencia de la cara del candidato.
El drama no es esa cosa sencilla. El drama no es amigo del eslogan. Y por suerte Tantanianestuvo al pie del cañón para recordárnoslo.

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