Vigilar y reseñar

Kadírov es dueño de las vidas de sus compatriotas, corrupto hasta la médula, megalómano y brutal.

Vigilar y reseñar
24-08-2026 | 17:19

Me disponía a escribir sobre Chechenia, año III de Jonathan Littell cuando tropecé con unareseña del libro en la edición anterior de este suplemento firmada por Ezequiel Alemian. Como escostumbre cuando un escritor comenta la obra de otro, Alemián concentra sus elogios en el estilo.“El poder cautivante de Chechenia, año III”, exagera, “reside en el devenir de suprosa” que posee “una lógica de estructura, casi de fuga musical” y cuyasanécdotas “se deslizan en este fluir como si fuesen la cristalización de unaepifanía.”

Chechenia, año III es una obra menor del autor que con Las benévolas saltó sin escalas alfirmamento de las estrellas literarias y se ha ganado el derecho de publicar sobre cualquier tema yque su nombre figure en la tapa del libro en un tamaño muy superior al del título. En este caso setrata de un buen libro de no ficción, de un trabajo periodístico cuya prosa evita los ripioshabituales del género, pero frente a ciertos elogios conviene aclarar que no estamos frente a lasMemorias de ultratumba ni al Libro del desasosiego. Y que el final, que narra un sueño y comienzacon un lugar común del calibre de “sabido es que el inconsciente llega hasta la verdad de lascosas mucho más que la razón consciente” es menos “imperdible” –comosostiene Alemian– que innecesario.

¿Por qué me enoja tanto la reseña de Alemian, al punto de correr el riesgo de ser injusto con suautor? Me parece que su panegírico de la forma y el estilo de Littell contribuye a ocultar el temadel libro, como si ocuparse hoy de lo que ocurre en Chechenia requiriese de justificativosespeciales. Chechenia, año III es menos un libro “divulgador de un mapa de voces que seentrecruzan”, sino una pieza de periodismo de denuncia que parte de una confesióninfrecuente: la que hace Littell de que estuvo a punto de escribir un libro mucho más complacientecon la grotesca dictadura de Ramzán Kadírov hasta que una serie de asesinatos contra militantes porlos derechos humanos lo llevaron a ser mucho más crítico sobre el trasfondo oculto, tras lasmejoras económicas y la gobernabilidad política, que el régimen había introducido en el país luegode los largos años de una guerra salvaje como pocas, que llevó a cero el valor de la vidahumana.

Tutelado por el Kremlin, pero dueño de las vidas y haciendas de sus compatriotas, corrupto hastala médula, megalómano y brutal, Kadírov lleva a su país hacia un tipo de sistema político que se vaextendiendo en este siglo: el de dictaduras, cuyo signo ideológico es irrelevante, pero tienen comonúcleo un capitalismo concentrado (en manos de los amigos del gobierno o del gobierno mismo) y unavoluntad inquebrantable de eternizarse en el poder y de emplear los medios necesarios para destruircualquier signo de oposición y de pensamiento disidente. El sistema chino es el paradigmasupuestamente exitoso de ese destino, pero lo que allí se ejecuta bajo las banderas del socialismoes análogo a lo que en nombre del nacionalismo y el liberalismo sucede en Rusia.

La semana pasada visitó la Argentina Garry Kasparov, campeón de ajedrez y enconado opositor a lamaquillada dictadura rusa. Kasparov dejó una frase contundente: “Putin pretende gobernar comoStalin y hacer negocios como Abramovich (el archimillonario dueño del Chelsea)”. No es elúnico jerarca mundial con esas pretensiones de las que el checheno Kadírov, con sus fuerzasparapoliciales y su desprecio por las mujeres, resulta una versión especialmente siniestra ycaricatural. Y tampoco es Littell el único intelectual tentado a hacer la vista gorda frente a lasamenazas contra la democracia: acaso estuvo a punto de escribir que el régimen de los Kadírov(padre e hijo se sucedieron en el poder) fue el mejor que tuvo Chechenia en toda su historia.

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