•la mirada DE ROBERTO GARCIA

‘Voyeurs’

¿Hubiese sido procesado –y eventualmente encarcelado– Carlos Menem si, en lugar de advertir que votaría en contra de la ley Kirchner sobre medios de comunicación, se hubiera pronunciado a favor?

23-08-2026 | 15:51

Hubiese sido procesado –y eventualmente encarcelado– Carlos Menem si, en lugar deadvertir que votaría en contra de la ley Kirchner sobre medios de comunicación, se hubierapronunciado a favor?

Dificil saberlo, pero una encuesta superficial indicaría un “no” rotundo por partede una abrumadora mayoría. Sin embargo, ni los propios lastimados por la norma se detuvieron en esedetalle, obvio, ya que fue pública la intervención oficial sobre el ex presidente para queacompañara con el voto, del mismo modo que fue público el desaire de éste sobre esa pretensión.

También, quizás, el castigo. Más bien, los afectados por la ley, en su ciega estrategia,prefirieron apelar y enlodar a otros presuntos extorsionados, senadores de Corrientes y Tucumán,como si fueran los únicos que viraron de un color a otro –sin distinguirse ciertamente lacausa–, desatendiendo en el juego a aquellos que desde el oficialismo desertaban, burlaban laobediencia debida K, nada más que por poseer intereses en medios de comunicación. La Argentina desiempre.

La vieja política

Un grosero diría que estos episodios son parte de la “vieja política” del país,cuando en rigor el transfuguismo legislativo es una condición común a otras tierras.

Quizás con menos esmero y mayor discreción. Son parte de un ejercicio nauseabundo que norequiere edades y que crece o se extiende con pasmosa negligencia de la sociedad, a menos que aésta se la sacuda como en el caso de la Banelco, por obra y gracia de una furia mediática que–más tarde– demostró que perseguía más una infradevaluación, un recambio institucional,que la transparencia de una actividad.

Si uno tomara protagonistas de entonces, sus roles posteriores y ventajas obtenidas, hastapodría configurar una conspirativa e interesante novela de ficción. O material para la Justiciaque, utilizando una levedad evidente, se preocupa por inculpar radicales en los disturbios queepilogaron con Fernando de la Rúa y ha desatendido responsabilidades previas no sólo en desórdenessino también en voltear a un gobierno. La sociedad acompaña en su desaprensión, igual que lafrancesa parece aceptar las explicaciones del ministro de Cultura Miterrand, quien –vaya asaber la razón– decidió confesarse y consentir que había concurrido en el sudeste asiático,donde su país hizo cuantiosos destrozos en el pasado, a un lupanar para tener sexo con niños.

Lo maravilloso del político, para colmo sobrino de un ex presidente, es su explicación:participaba de una pesquisa, de un desafío investigativo para “conocer y acercarse a loinfernal”. Ni Proust, Gide o Céline se atrevieron a esas figuras imaginativas para describirel estupro. Con la “nueva política” local, esas imperfecciones de la vieja parecenrepetirse y con inquietud superior: si se comprueba que el ex comisario Fino Palaciosverdaderamente aparece tras las escuchas telefónicas a un hombre de la comunidad judia y alempresario Carlos Avila, más que esa práctica nefasta se puede sospechar que otro tipo de tramadiscrecional estaba en marcha.

Pues si Palacios fue designado a cargo de la Policía capitalina creada por Mauricio Macri–debió renunciar por presiones que nunca fueron aclaradas–, parece natural que entrelos objetivos de esa Policía en una nueva repartición estaba la secreta creación de un departamentodedicado a menesteres de pinchadura y hackers. Igual que sus colegas del orden nacional. A menosque uno quiera creer que si es jarra y blanco no es leche.

Te escucho

Se puede alegar que “en el país todo el mundo –con poder– escucha a quienquiere”. Es cierto, sólo cuesta dinero, mensualidades, el costo difiere según los servicios ylos atendidos (para conocer secretos del espectáculo, dicen, las cuotas son menores que el costosobre políticos o empresarios). Eso, en lo privado. En cuanto al Estado, nadie ignora que abrumacon escuchas, interferencias de mails o de otras comunicaciones. También es cierto. Pero, ilusos alfin, se contemplaba que en la “nueva política” lo dedicado al área de seguridad delGobierno porteño se remitía a mayor personal especializado, tranquilidad en las calles y, porsupuesto, complicadas y controvertidas licitaciones (léase camaritas, uniformes, vehículos). No,claro, a que se pudiera apuntar a una SIDE paralela, envidiosa de la que sirve a Néstor y CristinaKirchner con una devoción que ni la cheka de Beria le prestaba al compañero Stalin. Eso, por lo queuno sabe, no estaba en la plataforma electoral, más allá de que alguien finalmente encuentre unrecurso explicativo más racional y pedestre que el del ministro Miterrand (se podría decir: siellos nos escuchan, también nosotros los vamos a escuchar a ellos).

Algunas de las conductas por los pases o trasvasamientos de diputados y senadores a la hora devotar seguramente se justifican, sin dudas, por la obra de quienes los siguen y fisgonean para,luego, amedrentarlos por las debilidades que les descubren. Esa metodología se ha expandido como unreguero hacia y en contra de otros personajes, empresarios, periodistas, jueces, propios y ajenos,incluyéndose ministros. Porque la naturaleza perversa de la cuestión no reside en el exclusivo celopor los opositores, sino también en la consolidación del poder propio: a mi aliado lo conservo nosólo por el amor que me dispensa, sino por el temor que le infundo.

Bajo la excusa maquiavélica de la protección o la burda frase “te estoy cuidando, sé quete acostás con Susanita o con Carlos” (por señalar la picaresca sexual que envuelve a muchoscasos, cuando otra parte se vincula a enredos y transgresiones económicas). Hay multitud deejemplos actuales, relatados inclusive por las víctimas. Sólo así puede entenderse lo que ocurrióentre colegas, antes de la llegada de Cristina Fernández a la Casa de Gobierno, cuando las disputaspor posicionamientos entre el Ministerio de Justicia y el de Defensa se dirimían en áreas comunes,con personal que vigilaba a autoridades del mismo gobierno por mandato de otras autoridades, casitodos provenientes del mismo gremio que por cantidad merecería una representación en la CGT ypresidido el gremio por algún hijo de Hugo Moyano (al respecto, éste no debería ignorar que AugustoTimoteo Vandor, en épocas de escasez de la Unión Obrera Metalúrgica, invertía en una flota de taxisque aguardaba la salida de distintas casas de funcionarios del gobierno de Lanusse para capturarpasajeros a los cuales los conductores les realizaban inteligencia en la charla mundana delvehículo).

Ese enfrentamiento entre ministros, la utilización de servicios públicos en tareas non sanctasparece la apoteosis de la estupidez humana. Más cuando todos siguen. Y, si es destestable elmalgasto creciente del Gobierno en estas prácticas de escuchas y controles sobre los ciudadanos,debe admitirse que su multiplicación en otros sectores alcanza ribetes extraordinarios. Al creadorde Torneos y Competencias, hoy empresario aéreo, Carlos Avila, en verdad lo escuchaban –segúnrezan los mentideros– por su declarada aspiración de convertirse en presidente de RiverPlate, para saber con quién se vinculaba, qué posibles sponsors podría lograr, asociaciones ovínculos, inclusive descubrirle confesiones que más tarde podrían comprometerlo al hacerlaspúblicas y, de ese modo, apartarlo la competencia por la titularidad de un club de fútbol. Obvio:alguien interesado en el patrimonio de River, participante hoy de otra candidatura, solventaba enapariencia ese trabajo investigativo sobre Avila.

El pistolero

Quien puede lo máximo puede poder la pequeñez de esa tontería, a menos que en River se escondaun tesoro desconocido. Más cuando escuchar al negro Avila no requiere de ningún fundamento, debidoa que suele contar en exceso lo que protagoniza y lo que no protagoniza y a quien, sus amigos máscariñosos, hasta podrían pagar para que dejara de contar todo lo que hace. En este episodio, comose sabe, también participó el permiso de un juez de la nación, el que habilitó –¡desdeMisiones!– las escuchas telefónicas bajo la excusa de que Avila podría integrar una banda depistoleros del asfalto. Pistolero sí, diría el risueño Avila, pero no del asfalto. Aunque el casono es un chiste.

Como lo que atañe a Burstein, habitual acusador por lo no resuelto de la AMIA, quien pareceademás envuelto en un viejo y durísimo pleito entre Palacios y la estructura dominante de la SIDE,la cual entre otros ejercicios se permitió impedir en estos años que el ex comisario pudieraconseguir trabajo en empresas privadas (por orden de ministros, además) y cuestionarle a Macri y suálter ego Montenegro la decisión de nombrarlo en un cargo del Gobierno de la Ciudad por elagradecimiento y el respeto que el ingeniero boquense le debe al policía (fue quien descubrió a losautores de su secuestro, otras autoridades policiales, en tiempos de Carlos Menem). Esa es unarealidad.

La otra: el grado de desparpajo en la actuación judicial y en quienes desde el sector privadopagan operaciones como la de Avila o Burstein descubriendo en ese ejercicio no sólo un mundoparalelo a la impudicia del Gobierno, también habilitando a otras consideraciones negras sobre labúsqueda de control inherentes a otros gobiernos y a empresarios con fuertes aspiraciones. Ya no setrata de quién resiste o no un archivo, sino de que le construyan un archivo (la elaborada yaparente ficción sobre las conexiones de Francisco de Narváez con la efedrina fue productoexclusivo de la investigación del prestanombre judicial de turno, el juez Faggionatto, casisospechosamente defendido por el Gobierno en el último cónclave del Consejo de la Magistratura conla no menos sospechosa ausencia de otros magistrados que quizás debían botarlo del cargo).

Y esas felonías no sabe hoy de distinciones a menos que cándidamente uno se permita aceptar loque algunos manifiestan con ardor. Por ejemplo, asimilar sin digestión que Alberto Fernández (acargo de discernir sobre los fondos secretos que le otorgaba el presidente Kirchner y su sucesoraen el primer año, entre otras facilidades) se queje ante el público de que lo espían desde que élrenunció y, de paso, añadir que él jamás se enteró, participó o sabía de la papelería o caseteríaaportada por la SIDE a quienes son sus mandantes sobre la vida privada de las personas. Hayelementos de sobra para contrariar esa opinión. Por citar a alguien, preguntar por EnriqueOlivera.

Puede con razón también Eduardo Duhalde enfadarse y protestar porque lo siguen o escuchan,constituye una afrenta y una presión intolerable ese encono del Estado contra ciertas personasutilizando el dinero de los contribuyentes. Del mismo modo, la construcción de carpetas parasometer luego al elegido personaje con infidencias, perlas o secretos. Una labor destructiva,premeditada, en la cual se persigue un daño personal para salvaguardar el poder existente. Excusasnazis, fascistas, comunistas, chinas. También, argentinas. Pero, también obliga no exactamente lanobleza, a otra pregunta: ¿acaso cuando fue gobernador Duhalde no se compraron máquinas especialesen su entorno para tareas de espionaje tetefónico? ¿O habrá que pensar, seriamente, en que fue–por ejemplo– un rabdomante el que hizo encontrar una prueba en un caso de nota?Porque, claro, las escuchas también sirven –como la delación– para el esclarecimientodel 90% de los delitos, no para develar pormenores de la vida privada de la gente. Y, cuando fuepresidente, quizás Duhalde tampoco se apartó de esa premisa: ¿no hubo en su cercanía tremendasdisputas por la supremacía de la SIDE, no fue uno de sus titulares quien cargó con acusaciones detodo tipo, incluyendo la injerencia en la Justicia, luego reemplazado por otro al que los propiosKirchner le imputaron que se inmiscuía en sus vidas con las escuchas e interferencias?

Desde siempre

No es sólo de peronistas esta maraña en que se involucran los dirigentes políticos, quizásaprovechando esa curiosidad de voyeur que existe en el ser humano, en esa doble personalidad,geminiana, de quien dice ser uno y a la vez es otro. Hubo escuchas en los tiempos de Raúl Alfonsín,más módicas seguramente –herencia de las actividades que al respecto realizaban losmilitares, que tal vez lamentaba Facundo Suárez pero no impedía–, ni hablar cuando Fernandode la Rúa estuvo en la Casa Rosada, tiempos en que hubo de desatarse un revuelo interno porque elamigo del mandatario colocado al frente de la SIDE decidió despedir a más de mil agentes paradisminuir el deficit fiscal. Con una mirada posterior, quizás haya que anotar ese hecho en el puntode partida de la decadencia provocada –al margen de sus propias fallas–, ladesestabilización que sufrió el gobierno y su caída (de ese período quedan funcionarios ocolaboradores de alta graduación en ese cuerpo especial de inteligencia, lo que revela laabstracción partidaria –o el acomodo al poder de turno– de quienes se dedican a esatarea). Las genéricas menciones a este proceso vivido en la democracia, con olvidos sin dudaenormes de otros participantes, indican el avance progresivo de ese poder subterráneo, envolvente,que por fin domina hasta el mismo autor que lo engendra, como aquel jefe de inteligencianorteamericano que se comió a cuanto presidente le tocara servir, republicano o demócrata, (J.Edgar Hoover, a cargo del FBI de l907 hasta después de los Kennedy, de quien en su mandato no seconocieron las escuchas con su novio). Tenía, la carpeta de cada uno: con ellas se valía para lasupervivencia. Pero Venecia no se hizo importante por la habilidad ducal para revisarcorrespondencia sin que el receptor lo advirtiera, ni Napoleón fue grande por el sórdido espionajede Fouché. Tampoco la Iglesia debe creer que Torquemada debía ser Papa.

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