•consenso

Yo tuve un sueño

Como Luther King, tuve un sueño. Pero no fue como el sueño de Luther King. No tan importante, al menos. Soñé que los Kirchner recuperaban la cordura política. El sueño era así. Después de haber soñado dentro del sueño que los Kirchner seguían como siempre, un día me despertaba y descubría en el diario debajo de la puerta un enorme titular que anunciaba el despido de Guillermo Moreno y la expulsión de su patota del INDEC.

23-08-2026 | 03:20

Como Luther King, tuve un sueño. Pero no fue como el sueño de Luther King. No tan importante, almenos. Soñé que los Kirchner recuperaban la cordura política. El sueño era así. Después de habersoñado dentro del sueño que los Kirchner seguían como siempre, un día me despertaba y descubría enel diario debajo de la puerta un enorme titular que anunciaba el despido de Guillermo Moreno y laexpulsión de su patota del INDEC. También decía el diario que la presidenta Cristina había resueltoenviar al Congreso una ley para crear la asignación universal a la infancia y otras para derogarlos superpoderes ministeriales, reformar el Consejo de la Magistratura y aumentar lacoparticipación al mismo tiempo que el Parlamento discutía con los dirigentes rurales un planagropecuario.
Bien pensadas, no eran medidas demasiado espectaculares sino elementales en algún caso yhasta simbólicas en otros. Sin embargo, aunque nadie suponía que esas decisiones por sí mismasharían salir al país de la recesión ni mejorarían de manera decisiva la vida de sus habitantes, losanuncios habían producido alivio y esperanza. Por primera vez en mucho tiempo, a pesar de lasdificultades materiales, reinaba el buen humor en todos los estratos de la población. En laspáginas interiores del diario, un trascendido aseguraba que el ex presidente y la actual presidentales habrían transmitido a sus colaboradores más cercanos una directiva: “Esta vez vamos haciaun cambio de verdad. Olvídense del diálogo para perder tiempo y sacar alguna ventaja. Haremos lascosas como corresponde y buscaremos el consenso”. Efectivamente, al poco tiempo se anuncióque quedaban suspendidas la invitaciones a la Casa de Gobierno porque los temas importantes seestaban tratando en el Parlamento, al que los ministros acudirían con frecuencia.


Luego ocurría algo muy extraño. En lugar de convocar a políticos y representantescorporativos, los Kirchner me llamaban a mí. No es que yo tuviera algo importante para decirles,pero ellos querían descargarse, contarle la verdad a alguien. Así fue como terminé cenando en laquinta de Olivos. Allí, el matrimonio presidencial se atropellaba para hablar primero, paraexplicarme cómo fue que se habían equivocado tanto. “Nosotros éramos demócratas, peronistasde centroizquierda. No sé qué nos pasó, pero terminamos desconfiando de todo el mundo, despidiendoa los que nos podían ayudar y rodeados de obsecuentes, inútiles y ladrones. Nuestra agenda pasó aestar orientada por Chávez en política exterior y por el más mezquino cálculo electoral en lointerno. Peor aun, cuando nuestra gestión comenzó a fallar ostensiblemente, empezamos a creer quetodo cambio era un signo de debilidad inadmisible y que, por lo tanto, la estrategia indicabaredoblar nuestras peores apuestas. Los intelectuales de Carta Abierta, bajo la excusa de la luchacontra la oligarquía, eran los únicos que festejaban cada uno de nuestros despropósitos, nosalentaban a perseverar en el chantaje, la humillación y el apriete y nos daban letra para acusar anuestros adversarios de fachos y golpistas.” “¿Y qué ocurrió, por quérecapacitaron?”, les pregunté. “Muy simple. Llegaron las elecciones. Aunque alprincipio no entendíamos lo ocurrido, finalmente comprendimos que no sólo nos habíamos dedicado aenemistarnos con demasiada gente, sino que el pueblo estaba harto de nuestras políticas y denuestros métodos. Descubrimos lo que todo el mundo sabía: que personajes como Moreno estabanhundiendo la economía y nos desacreditaban como dirigentes y que, por otra parte, no es gritandocontra la traición que se hace patria. Nos estábamos estrellando contra la pared.”
Me sentía contento. Al final, el cambio que todo el mundo suponía imposible estaba al alcancede la mano. Continuó Néstor: “En cambio, ahora corregiremos los errores cometidos, haremosfeliz al pueblo y volveremos renovados para ganar las elecciones en 2011”. Allí me despertéangustiado. Pero, en realidad, seguía soñando. Lo terrible fue dame cuenta de que no había soñadoun sueño mío sino uno de Alberto Fernández. Desesperado, logré finalmente salir de lapesadilla.

*Periodista y escritor.

También en Perfil