Zoo

Fui con mi hijo al zoológico Temaikén, en Escobar. Un lugar “lindo”, bien hecho, prolijo, con un acuario con tiburones, hipopótamos y muchos etcéteras. Pero la verdadera fauna era la clase media argentina. “Gente con auto”, digamos.

Zoo
22-08-2026 | 10:47

Fui con mi hijo al zoológico Temaikén, en Escobar. Un lugar “lindo”, bien hecho,prolijo, con un acuario con tiburones, hipopótamos y muchos etcéteras. Pero la verdadera fauna erala clase media argentina. “Gente con auto”, digamos. Porque el 99% de los presenteshabía llegado en auto. En la entrada había tres playas de estacionamiento llenas, del tamaño de SanTelmo. Esta fauna, a la cual parece que pertenezco, es difícil de clasificar. Gente casada conhijos, básicamente. Muchas parejas de mal humor, peleándose, hartos de arrastrar y pelotearse losberrinches de los niños. Hombres de bermudas, zapatillas, remera y celular. Mujeres que no terminande estar buenas, que se pusieron tetas y se nota que lo intentan, con jeans ajustados, gimnasio ypelo platinado, pero que de cerca tienen una cosa medio descangayada, sobre todo vistas a la luzdel sol de las dos de la tarde.
Mucha, demasiada gente real. Padres cascando hijos, madres persiguiendo bebés de un año ymedio que ya corren. Gente buscándose, entrecruzando planes: vamos a los flamencos, no, a losmurciélagos, pa, Gerardo estos chicos tienen que comer. Colas de servicio militar con la bandeja dela cafetería en la mano. Colas para sacar entrada. Colas para el helado. Y hay una parte de uno quese va limando y limando. Yo atravesé todas las faunas con placidez budista, decidí hacer un granommm, y crucé por el día de sol bastante bien. Disfruté algunas cosas: la cara de mi hijo cuando lepasaba cerca el tiburón... Así se fue el día.
Y sin embargo no termino de explicarlo bien. Creo que lo que se veía hoy era una aglomeraciónde gente feliz. Feliz en el peor sentido posible. No una felicidad musical, por ejemplo, unafelicidad de cantar juntos o bailar, no, para nada. Era más bien como un espacio donde no existíala amistad, más bien como un shopping de imágenes animales, una sensación de “yo salvo a mihijo y que al de al lado se lo coman los cocodrilos”. Las familias, las células de lasociedad finalmente inmunizadas frente a todo. Una felicidad de industria automotriz, encapsulada,no compartida. Sin fraternidad, sólo lazos conyugales y filiaciones. Crías. Protección de lascrías. Y lo único verdadero que pasó en toda la tarde fue el rato en que mi hijo se hizo un amigoen los toboganes. Lo demás era de plástico. Todo. Incluso los animales traídos de quién sabe quépobre y exótico rincón del mundo.
(O quizá hubo otro momento real: cuando se abrió un instante una empalizada perimetral y sevieron unos motores y un depósito –la parte de afuera del Truman Show– y un empleadoapurado con uniforme de guardaparque de Disney, queriendo pasar unas cajas, le dijo a otro“agarrá boludo”.)
Supongo que estoy con la mirada insoportable del burgués con culpa que no puede disfrutar dela felicidad burguesa y que le da horror verse caricaturizado en sus semejantes. Me asumo, o trato.No reniego plenamente de esa felicidad monstruosa de la familia; la necesito tanto como lafelicidad musical de los amigos. Pero me pregunto qué nos impulsa a buscar esas imágenes, esaproximidad con los animales en este zoológico inoloro de bestias tranquilizadas en jaulasimpecables, como si fueran una continuación del jardín del country (ver nota al pie). ¿La familiahumana acude para verse reflejada en la familia animal? La mamá tigre, el papá tigre, el bebétigre... Un espacio donde ejercer el narcisismo familiar, la confirmación de que la familia esnatural, importante, imprescindible, la estructura básica de la supervivencia mamífera, lascondiciones necesarias para la perpetuación de los genes. Animales que hacen lo mismo que losvisitantes: comen y se reproducen en espacios verdes.
El mundo se simplifica así. Y la familia avanza ensordecida, embrutecida, como si noexistieran los otros, como si no necesitara nada más, deambulando con el mismo autismo con quepastan las cabras recién llegadas del Himalaya. No sé. Me impresiona un poco. En la nariz del tapirdormido, aplastado contra el vidrio, había algo demasiado parecido a la mano aplastada contra elvidrio de la nena en el auto de adelante cuando nos íbamos.
(Nota al pie: Ese césped tan bien cuidado continúa también en el verde de las canchas de golfy los cementerios privados. Habría que escribir el cuento de un golfista viejo que sale a jugarsolo y ve gente rodeando el green del último hoyo, como si fuera un torneo. Extrañado sale igual.Cuando llega al green, el hoyo es su propia tumba. Los que lo esperan son sus familiares. Loaplauden, lo palmean, él se mete en el cajón y lo bajan a tierra.)

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