Hace 35 años que murió y yo me lo acuerdo todos los días”, dice Horacio Ferrer y la emoción, esa misma que mecha y trasmite cada vez que recita,lo ratifica. Con una calidez que invita a volver a aquellos años de oro de la vida de Pichuco,Ferrer, exponente indiscutible de la poesía de arrabal, repasa y recuerda la vida de Aníbal Troilo,“ El bandoneón mayor de Buenos Aires”, a 35 años de su adiós.
Lo conocía muy bien. El “gordo” lo veía como ese hijo que nunca tuvo. Y Horacio, quea principios de la década del cincuenta le gustaba andar por los camarines tomando notas de lahistoria del teatro y del tango, lo conquistó con su compañía y su forma de recitar. Tanto fue loque compartieron, que Ferrer escribió y publicó el año pasado El gran Troilo, un libro -“una gran tomografía”, dirá él- queincluye 100 capítulos, dos CD’s y un álbum de 121 fotos e ilustraciones.
Un legado espiritual. Querible, sereno, ético, entrañable y generoso. Un artistanato, surgido del mismísimo corazón de Buenos Aires, de su centro y del Abasto, de donde nunca legustaba alejarse. Así era Troilo, y así lo repasa Ferrer. “Siempre era tan grato él, tanmuelle y tan sereno. Nunca le escuché una mala palabra. ¡Nunca! Ni un insulto. Lo peor que leescuché decir fue ‘brócoli’, el nombre de una verdura. “¡Es unbrócoli!”.
Como buen porteño, Troilo amaba su barrio y por sobre todas las cosas ese Buenos Aires que a élle gustaba recorrer: la calle Corrientes entre Florida y Callao, la esquina de su casa de lainfancia, en Soler y Gallo, Paraná y Lavalle, Paraguay y Talcahuano. Por eso, cuando se alejó unpoco de su ámbito, no lo pudo soportar. “Un día se mudaron a un departamento en la avenidaBelgrano y Entre Ríos. Me contó Zita Troilo, la señora, que un día volvió a la casa y se loencontró a Troilo en el umbral de la calle llorando. ‘¿Que te pasa pichuquito?’, ledijo. ‘ Quiero volver a Buenos Aires’. Porque Buenos Aires, para él, era Corrientesy Paraná”.
Al rescatar al Pichuco amigo, Ferrer no duda: “Era un hombre de una bondad, de una derechura y de una ética fenomenal. El respeto que tenía por todos los demás. Laconsideración hasta por el mediocre. El siempre tenía una palabra de encomio para todos losmúsicos, para la gente”. Puro corazón, el “Gordo” no sabía de chistes, pero eraun hábil rematador. Cerraba las discusiones con clase, mezcla de ingenuidad y espíritu. Una vez,rememora Ferrer, Pichuco, fanático de River, lo invitó a ver al equipo de sus amores a la cancha deChacarita.
“Compró unas entradas carísimas. Había hecho River un gol antes de que llegáramos.Vimos el partido y entonces de pronto empezó a lloviznar. Ahí, Troilo dijo “vámonos que nosva a hacer mal”. Cuando salimos, hace otro gol River, así que no vimos ninguno de los dosgoles. Un amigo que estaba con nosotros le dice a Pichuco “Viste, la plata que gastaste porlas plateas y no vimos ninguno de los dos goles”. “ Pero vimos atajar a Amadeo Carrizo. Eso vale mucho más que una fortuna”.
Quizá por su alma, sobre todo por su persona, tantos fueron los que se acercaron haceexactamente 35 años al teatro San Martín para despedirlo. “Cuando murió, lo velamos en elhall, y había una fila de cuatro en el fondo que daba toda la vuelta a la manzana. Todos habíansido motivo de una caricia, de una invitación para tomar una copa, de una palabra cariñosa, de unagratitud”.
Legado musical. Para Ferrer, “ Troilo fue el que cambió el tango. El tango moderno lo inventó él con sus pocosconocimientos musicales pero con su condición de gran músico”. “Tenía la sensibilidad yla capacidad de ser un director con todas las de la ley. Nació para eso. Evidentemente, dirigíatodo. Él estaba en un escenario y ya tenía la idea de cómo debía que estar la orquesta, cómovestirla y cómo tratar a los músicos”.
A Troilo, cuando se mimetizaba con el bandoneón, se lo podía ver con los ojos cerrados, comoviajando por su interior, de donde salían las más exquisitas melodías. Esa imagen, tan típica,tenía una explicación. “ Hay que saber el repertorio de memoria. Mis músicos saben 120 tangos, lasorquestaciones de memoria. Porque cuando se lee la música se hacen dos trabajos: leer y expresarse.Cuando se sabe de memoria, se hace uno solo, que es expresarse”, decía Pichuco, al recordarde Ferrer.
Troilo, que también gustaba del jazz y del flamenco, que vestía con gran elegancia y que seapasionaba los juegos de garito y el turf, siempre se rodeó de los mejores. Sabía lo que quería, yno se encasillaba nunca. Ayudaba a los jóvenes letrista y compositores estrenando obras de ellosantes que las suyas. Se dio el gusto de hacer obras de teatro, especies de revistas tangueras querecorrieron teatros como el Odeon, el Dante, el Astral y el Alvear. Trabajó incansablemente y nuncadudó ni se desvió de la meta. Para Ferrer, Troilo fue –y sigue siendo- el gran sucesor de Gardel.
(*) De la redacción de Perfil.com




