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La crucifixión de Maradona, por Omar Bello

El filósofo anticipó, antes de la derrota con Alemania, que el DT sería sacrificado ante la sociedad argentina. La lección de Fausto.

13-10-2026 | 18:06

Ni escrúpulo ni duda me atormentan; ni demonio ni infierno me intimidan; y así, de sombras y deespantos libre, huyó todo el encanto de mi vida”. La frase pertenece a Fausto de Goethe ysirve para esquivar uno de los clichés más difundidos a la hora de analizar el fenómeno Maradona ysus consecuencias en el comportamiento de nuestra sociedad: la presunción de inocencia que leconcedemos de entrada. Ya sea que lo consideremos una metáfora argentina o la víctima de un sistemaperverso que crea dioses con pies de barro y los conduce a la locura, el Diez siempre termina librede culpa y cargo; exonerado gracias al accionar de un ejército de exitistas enfermizos que loconvirtieron en una especie de creación colectiva sobre la que depositan todas sus miserias y buenaparte de sus esperanzas.

Según esta mirada, los pases constantes del amor al odio que caracterizan la relación quetenemos con él, son un problema nuestro. Si Jorge Rial, hombre que fue ofendido hasta loinaceptable (Diego lo llamó “huevo duro”), escribe en twitter: “Ustedes saben queno me banco a Maradona, pero en esta estoy a muerte con él. Todo por la Selección”, se debe aque forma parte de una comunidad capaz de rifar la honra con tal de obtener una copa. Peor aún, quepiensa que sólo la obtendrá si le reza y le pide perdón a ese Dios que en algún momento pudo haberofendido; importa poco que la ofensa haya sido proferida con justa causa. ¿Será tan así? Es decir,además de los gobernantes, ¿los pueblos también tendrán los deportistas que se merecen y el precioa pagar serán las tensiones de un vínculo histérico que se sacude entre extremos? Porque si lalectura es correcta, el jugador más grande de la historia no tardará mucho en volver a ser odiado.Y cuidado que el cambio de humor puede no estar relacionado con su performance en el Mundial. Bastaque diga alguna barbaridad frente al micrófono para que consideremos que no está a “nuestraaltura”, y le peguemos duro y parejo aunque nos regale el tercer campeonato del mundo. Nadieen su sano juicio castiga a 40 millones de personas con el objetivo de salvar a una, y si lo hacees probable que reaccione frente a semejante irracionalidad con constantes cambios de humor.Después de todo, intentar deshacerse de ese individuo al que cuesta tanto
“salvar” es lo más parecido a un mecanismo defensivo. Es él o nosotros, y porahora va ganando él.

¿Síntesis? La idea instalada de que Diego representa una síntesis de laargentinidad resulta cualquier cosa menos inocente. Incluso si fuera verdad, no nos convienealimentarla con tanta devoción. En su rol de chivo expiatorio, Maradona exhibe una resistenciainsoportable. Los dioses deben sentirse hartos de recibir siempre la misma ofrenda. Lo sacrificamosy el dueño de la mano divina, lejos de entender el mensaje, resucita y vuelve con renovados bríos aofrecer sus servicios en una nueva ceremonia. Este Mundial nos enfrenta a una disyuntiva cruel queno le desearíamos al más odiado de nuestros enemigos: la gloria futbolística parece depender de unafigura complicada que nos convendría “archivar”; especie de dictadura deportiva que, encierta forma, es heredera de todas las demás dictaduras que tuvimos.

Julio Grondona es otro que se apoltronó en el cargo, claro que es apenas un funcionario sintrascendencia popular. Dudo que la idea de inyectarle una dosis alta de Maradona a las nuevasgeneraciones sea lo más inteligente que podamos hacer. Una cosa es moldearlo, pulirlo y reciclarlocomo mito nacional, y otra muy distinta renovarle el contrato de espejo en el cual reflejarnos afuturo. En ese sentido parecerían ir quienes lo consideran el jugador número doce de la Selección.El resultado de semejante comportamiento es una relación panqueque que no sabe de términos medios.Está varada en un punto crítico donde no existe posibilidad alguna de progresar.

Ahora bien, ¿es inmadurez en estado puro o una forma peculiar de resistencia? Voy a hacer unaafirmación que en pleno Mundial va a caer pésimo: Diego Maradona no nos hace bien. Gane o pierda,la conexión que nos une a ese jugador inigualable, tarde o temprano, estallará igual que una olla apresión. Quizá esta vez, el mismo exitismo que nos conduce a endiosarlo en exceso funcione a manerade tabla de salvación. Imitando al obeso que toma conciencia de su condición después de unacomilona que lo deja al borde de la muerte, es probable (sólo probable y con eso alcanza) que lasociedad haya decidido darse una panzada definitiva y descomunal que la libere de la tiranía delDiego.

La sobreactuación que deposita todo en sus manos puede ser el pasaporte que nos permitadestruirlo si falla, o entronizarlo en el cielo si las cosas le salen bien. En ambos casos noslibraríamos de él. Sepultado bajo tierra por sus errores o parado arriba de una nube debido a susaciertos, iniciaría el trayecto tantas veces postergado: su necesaria transformación en leyenda. Vasiendo hora de que uno de los hombres más amados del planeta saque los pies del plato.

¿Por qué? En la obra de Goethe, Fausto asegura haber perdido el “encanto por lavida” a consecuencia de un exceso de conocimiento: “Filosofía, ¡ay, Dios!,jurisprudencia, medicina además, y teología, por desgracia también, lo estudié todo, todo loescudriñé con ansia viva, y hoy ¡pobre loco!, tras afanes tantos, ¿qué es lo que sé? Lo mismo quesabía”. Diego Maradona es un Fausto contemporáneo que, a diferencia del personaje creado porel escritor alemán, no está desencantado por el exceso de saber, sino por esa otra droga que elmundo moderno ofrece a unos pocos elegidos: fama sin límite. El drama es que mientras en labúsqueda de la verdad se llega a adquirir cierta sabiduría que, de mínima, advierte acerca de lasprofundidades del precipicio que se tiene por delante (por eso Fausto termina buscando respuestasen la magia), la gloria que los seres humanos ofrecemos por estos días, aún en los nivelesdescomunales que recibe el Diez, es una sustancia torpe, sin la consistencia necesaria paraalertarnos de nada ni enseñarnos una lección menor; enferma al que la porta y confunde a quienes laentregan.

La enorme angustia que el jugador debe sentir en su alma, y pretende exorcizar cargándose elMundial sobre los hombros, es al mismo tiempo un agujero negro que lo destruye a él y nos traga anosotros. Primeros en la línea de “deglución” están los propios jugadores que, por másesfuerzo que hagan, si ganan la copa quedarán en un discreto segundo plano. Más adelante venimostodos los demás en fila india. Lo que para los argentinos es un Mundial más de los tantos que vamosa tener, para Maradona es un punto sin retorno cuyas consecuencias le costará esquivar. Desde elbeso de Estela de Carlotto hasta Susana Giménez que dice tener “su corazón con Diego”,pasando por la mencionada agachada de Rial y la corte de adulones que se va sumando con cadapartido, los besuqueiros de la mano de Dios son una corte agorera cuyo oscuro mensaje podríaresumirse así: engordamos el chivo con el fin de sacrificarlo nuevamente. Y las chances de que estaceremonia sea la definitiva son altas. Obvio que si gana la copa el proceso resultará menosevidente y estruendoso. Pero las cartas ya están echadas.

Seguro que Diego no lo ve y la sociedad no lo percibe. Sin embargo, la violencia creciente delos cambios de conducta hacia la personalidad más famosa parida en suelo argentino, la inéditabrusquedad que exhiben, son un indicador de que la relación entre los argentinos y su ídolo máximono anda bien. En una de esas nos cansamos de sentir culpa y pagamos todas las deudas de golpe.“Promover para remover”, enseña un viejo dicho, ¿habrá sido esa la razón por la quenecesitábamos tenerlo comandando un campeonato del mundo? Si los otros sacrificios se llevaron acabo en los escalones medios de la pirámide, el que cocinamos a fuerza de adulaciones excesivasparece destinado a la mismísima punta.

Mefistófeles canceló los devaneos de Fausto con un simple: “¡Tú, conmigo!”. No esdescabellado pensar que, independientemente de su responsabilidad (a favor o en contra), losMefistófeles criollos estemos cocinando un pragmático: “La culpa es tuya”; acusaciónque excede cualquier resultado futbolístico y puede abarcar un sinnúmero abrumador de lecturas.

Publicado en la revista Noticias del 3 de julio de 2010.

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