Cristina Fernández de Kirchner nunca imaginó que el Bicentenario chileno le depararía tantoprotagonismo. A su llegada a Santiago de Chile, los flashes de los fotógrafos y las preguntas delos cronistas estuvieron ayer monopolizados por una sola cuestión: qué sucederá con el exguerrillero chileno Galvarino Apablaza Guerra, caso que tensó durante las últimas horas lasrelaciones diplomáticas entre los dos gobiernos y se convirtió en un dolor de cabeza para ladelegación argentina.
En una intervención que realizó ante la prensa por la mañana en medio de los festejos patrios, elpresidente Sebastián Piñera se refirió a la reunión bilateral que tuvo unas horas más tarde, enel Palacio de La Moneda. “Una persona que cometió un crimen tan grave, que le costó la vida aun senador y lo cometió en Chile, debería ser juzgado por los tribunales chilenos”, asegurócon tono calmo y cauteloso el primer mandatario trasandino.
Lo cierto es que el caso Apablaza dejó a ambos gobiernos en un delicado equilibrio en susrespectivos frentes políticos internos. El ex guerrillero chileno, acusado de ser el autorintelectual del asesinato del senador de la Unión Demócrata Independiente (UDI) Jaime Guzmán y delsecuestro del directivo del diario El Mercurio, Christian Edwards del Río, motivó que la derechachilena se movilizara y reclamara que el “comandante salvador” sea extraditado yjuzgado en Santiago. En tanto, en Buenos Aires organismos de derechos humanos, entre los que sedestacaron Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, le pidieron al gobierno argentino que proteja al exguerrillero.
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