Doctor en Relaciones Internacionales y profesor plenario de la Universidad Torcuato Di Tella, Juan Gabriel Tokatlian es el mayor referente de esta disciplina en la Argentina. Autor de una extensa obra, se ha convertido en uno de los investigadores locales más citados en el mundo. Su último trabajo se titula Consejos no solicitados sobre política internacional, un ensayo que parte de un diagnóstico inquietante: el mundo se ha vuelto un lugar desconcertante, emergen líderes antisistema que amenazan los límites de la democracia, la tercera guerra mundial parece alejarse, pero aumenta el riesgo nuclear, y el presente distópico sugiere que el futuro solo puede encontrarse en el pasado.
Desde la asunción de Javier Milei, Tokatlian ha sido muy crítico de la diplomacia de La Libertad Avanza. Bautizó la política exterior actual con dos conceptos. El primero es el hiperoccidentalismo: una superideologización de la política exterior volcada por completo a Occidente. Su base teórica proviene del trabajo conjunto con otro gran teórico de las relaciones internacionales, Roberto Russell, en el que describen la tendencia de los últimos gobiernos conservadores y neoliberales de la Argentina a acoplarse automáticamente a Estados Unidos. La novedad de Milei es que radicaliza esa aquiescencia y la vuelve activa y asertiva. El segundo concepto es el de la antidiplomacia libertaria: calificar a otros países como “enemigos” no solo es inédito, sino también contrario a la diplomacia, y puede tener consecuencias devastadoras. Tokatlian admite que esa postura rinde dividendos internos, pero advierte que convierte a la Argentina en un actor que despierta desconfianza en el mundo y pierde reputación. La visita de Milei a las Naciones Unidas esta semana confirma sus preocupaciones.
Los dos principales aliados de Milei en Nueva York fueron Donald Trump y Benjamin Netanyahu, los dos líderes con peor imagen en el mundo. El último sondeo global del Pew Research Center, que entrevistó a 42.151 personas en 36 países entre febrero y mayo de 2026, arrojó un resultado devastador para los referentes de Estados Unidos e Israel. Apenas un 23% confía en que Trump tome decisiones correctas en asuntos internacionales, por detrás de Macron, Zelenski, Xi Jinping y Putin. Solo Netanyahu quedó más abajo, con 18%. En la mayoría de los países encuestados predomina una visión desfavorable de Israel y poca o ninguna confianza en su primer ministro. La confianza en Trump, en tanto, cayó respecto del año pasado en 16 de 24 países, y en ninguno mejoró.
Trump llega, además, a las elecciones legislativas del 3 de noviembre en Estados Unidos en su peor momento. Según Reuters/Ipsos, su aprobación cayó al 32%, la más baja de su carrera; al asumir, en enero de 2025, era del 47%. El dato más grave está dentro de su partido: la aprobación entre los republicanos bajó del 82% al 73% en una semana. Por primera vez, además, son más los republicanos que desaprueban su manejo de la inflación que los que lo aprueban: 51% contra 44%.
Milei fue a Nueva York a buscar una foto con Trump, pero no la consiguió: no hubo bilateral. En la cumbre del Escudo de las Américas se llevó un elogio público del presidente estadounidense, pero no hubo apretón de manos ni sonrisas para las cámaras. El premio consuelo fue Marco Rubio, que lo recibió de pie en un pasillo. En la jerga diplomática, eso se llama pull-aside: un contacto breve e informal, muy por debajo de una reunión bilateral. En cambio, Trump sí recibió al primer ministro británico, Andy Burnham, y abordó con él la cuestión Malvinas. Londres se aseguró de que el presidente estadounidense escuchara su postura antes que la de la Argentina. Y el supuesto respaldo de Trump al reclamo argentino de soberanía sobre las islas no se tradujo en ninguna definición pública.
El seguidismo acrítico tampoco le sirvió al ministro de Economía, Luis Caputo. Ante unos cincuenta inversores en JPMorgan, defendió el superávit y prometió cubrir los compromisos de este año. Para 2027, año en que las consultoras estiman vencimientos de entre US$ 24.900 y 30.700 millones, su respuesta fue que, si no lograba renovar la deuda, recurriría a los swaps con China y con el Tesoro estadounidense. El Gobierno intentó compensar el tropezón con un anuncio: el lanzamiento del Corredor Andes-Atlántico, presentado por el canciller Pablo Quirno y el subsecretario de Estado, Christopher Landau, con financiamiento estadounidense de hasta US$ 7.000 millones hacia 2027 para minerales críticos y energía. Pero la letra chica cuenta otra historia: por ahora, es más una promesa que un desembolso real.
La única bilateral de Milei con un jefe de Estado o de Gobierno en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas fue con Netanyahu. Se reunieron pocas horas después de que decenas de delegaciones abandonaran el recinto, cuando el primer ministro israelí empezó a hablar, en clara señal de rechazo a su política en Gaza. Desde el atril, Netanyahu desafió a los que se iban: los llamó “cobardes morales”. Lo cierto es que el líder israelí también está preocupado por su frente interno: el 27 de octubre enfrentará una elección reñida que podría marcar el final de su carrera. Netanyahu agradeció el apoyo de Milei y lo llamó uno de los “grandes líderes” de la actualidad. Un día antes, en su discurso ante la Asamblea, Milei había denunciado que el proyecto Sea Lion avanzaba hacia la extracción de petróleo en la plataforma continental argentina con licencias británicas ilegítimas. La operadora es Navitas Petroleum, de capitales israelíes, que controla el 65% del proyecto. Pero Netanyahu no dijo nada de Malvinas ni de Navitas, y Sea Lion sigue a paso firme. En Los orígenes ideológicos de la política de las grandes potencias, Mark Haas, profesor de la Universidad Duquesne, analizó cómo la distancia ideológica entre gobiernos moldea la forma en que sus líderes perciben amenazas y aliados. Haas sostiene que quienes comparten ideología tienden a verse mutuamente como socios confiables, y que ocurre lo contrario entre quienes están en las antípodas. Pero advierte que esa lente puede distorsionar la lectura de la realidad, porque confunde afinidad con compromiso. Los pasos en falso de Milei en Nueva York así lo reflejan. Supuso que la cercanía ideológica con Trump y Netanyahu se traduciría en respaldo sobre Malvinas y en apoyo a su plan económico. Pero nada de eso ocurrió. Una política exterior atada a ideologías y no a intereses de Estado corre el riesgo de caer en un dogmatismo que conduce al fracaso.









