Cada tanto la mujer se sienta en una peluquería a arreglar sus uñas. Pero no es una cualquiera sino LA que extiende en espacios simbólicos los recuerdos de madres y abuelas terribles y mejillas mordidas. Los restos de la memoria erigen y derrumban las paredes de las subjetividad en Linaje caníbal de Alejandra Jalof, que invocan a una gran O. Porque este deseo hecho letra se escribe en la escucha de Olga, la manicura atenta que guarda secretos, y que esconde las dentelladas en un intento de civilizar, de verbalizar las pérdidas, de derribar mitos e instituciones. El monstruo sigue ahí.
Ese que sostiene una cuchilla afiladísima en la garganta, aunque Jalof le encuentra un pulso despiadadamente tierno para contar su novela familiar, y que ya había anticipado en Fotosíntesis (2021). La reconocida psicoanalista, de vasta experiencia en la clínica y experta lacaniana, en su segunda aventura literaria aceita más la maquinaria con un devenir que desplaza pasado en futuro, “pienso que debería existir un tiempo verbal para el futuro inminente”, reflexionaba en la anterior novela, llevándola a las epifanías “entre el humo mortal de nuestras cucarachas apocalípticas y el liberador del auto del L.” En este prosapia sangrienta, comida de las manos de las mujeres que a cada palabra transponen “el límite entre los muertos y los vivos a cuidar”, se cruzan anacondas que defienden sus territorios, Marías Marías que resisten el terror de la dictadura, y personajes de la noche de los setenta como L., que entre Núñez y Recoleta y polvos mágicos, tienen un sentido de premonición para la niña Alejandra, “hay muchos caminos para los destinos”.
“El tema del congreso es El Fantasma, ese espectro fiel que nos mortifica a lo largo de nuestra travesía vital. Pienso en mi lucha encarnizada contra las cutículas. Miro otras manos. Manos de uñas cortas o largas bien o mal arregladas. Todas a salvo de mi síntomas. Mi síntoma me identifica” aparece en el capítulo dedicado a una estancia parisina donde al analista se enfrenta a uno de ellos, su maestro, el Dios Galo. “Hasta amar el síntoma” sostiene su mentor frente a demarcar el fin de la sesión, y en esa tarea se enfrasca la novela que tiene varios puntos de contactos con el Roland Barthes de los Fragmentos de un discurso amoroso, que hace de lo material, sensible, y de lo sensible, material, en el fruncido de la reflexión y la imaginación.
Gombrowicz, que sostiene la mano de la autora en esta arqueología personal, que esconden citas furtivas también a Joyce y Charly García, señalaba que “el artificio le permite al artista el acercamiento a las verdades vergonzosas”. Divinos detalles que confunden la práctica psicoanalítica y el oficio de escritora en Linaje caníbal, que Alejandra Jalof rellena de significante como picadillo al significado. En el sillón del Dios Lacan, “pero sucede que lo que le enseñan a leer no tiene entonces absolutamente nada que ver, y en ningún caso, con los que ustedes de ello pueden escribir”. Después de él, usted.
Linaje caníbal
Autora: Alejandra Jalof
Género: novela
Otras obras del autora: Fotosíntesis
Editorial: Paradiso, $ 26.000








